Precisamente, tú

Precisamente tú no vas a sermonearme sobre profesionalidad.

No sabes nada de mi trabajo porque nunca me lo has preguntado.

Y lo que recuerdas es de hace tanto que yo todavía estaba buena, bailaba, coreografiaba, acarreaba baúles y no me compraba caprichos para poder producir el vestuario y el calzado de once personas.

Todo eso daba igual si el espectáculo se realizaba en envelats sin lavabo, en televisión o en un teatro prestigioso. Si había un escenario, la dignidad la poníamos nosotros.

Y después de toda esa inversión en trabajo y más trabajo, me gané lo que tuve como artista y pagué un precio como persona: perder dos relaciones sentimentales. Quedar hastiada de los piropos cutres y de proposiciones elocuentes como «podríamos escaparnos a París». De cenas que se suponía que eran de producción y de proyectos futuros y acababan en intentos de acoso silenciado.

Y, claro, mi trabajo fuera de la ecuación, en un contrato que ya no lo fue.

Dejarme los ojos trasnochados en la carretera y la piel, literalmente, con el sueño y el cansancio, aunque la recuperé con productos caros como mínimo durante un año. Ahora no lucho contra mis arrugas, me relatan.

Así que no. Juicios, los justos.

Nunca me preguntaste qué hacía ni con quién.

Y por eso comencé mi rosario de CV portable en algunas conversaciones: para no estar de cuerpo presente en el funeral de la ignorancia ajena.

No es soberbia. Es presencia. Es mi derecho.

Porque si el público es cruel y te olvida, y yo no era un nombre propio para ellos, la profesión te ignora cuando te vas cien kilómetros. Resulta que luego saltas a otro continente donde te valoran —qué raro— más que en casa por lo que piensas y creas.

Todo esto para volver, abandonar mi pasión turca por lealtad a un jefe después de dos años y encontrarme en una empresa donde la dirección me recibe con respeto mientras mi inmediata superior lanza flores del tipo:

«Esta es una fracasada».

Esta que borra de un plumazo los viejos sketches copiados de Med, con animadores desnudos y un bombín en aquella parte.

Esta que retira bailecitos y numeritos sin estructura y crea espectáculos de concepto con gente que no sabe bailar.

Y el día del estreno, esa coreógrafa está en el ensayo, en el Hospital Joan XXIII, con su padre saliendo de una cirugía de cáncer, su madre en urgencias por un cólico biliar y su hermano en el quirófano después de haber sido atropellado.

Estrena con éxito. Aplausos de 900 personas, ganancia de bar a reventar y los cuestionarios de calidad lo corroboran. Faltaría más.

Y vuelve al hospital a esperar en la UCI a que salga su hermano y a llevarse a su madre a casa a las tres de la madrugada. Y a las 9 de la mañana, a trabajar.

A mí nadie me llama fracasada, ni siquiera por miedo a que lo haga bien.

A aquella jefa de animación, la despidieron al año siguiente, con un juicio que perdió.

¿Lo siento? ¿Me importa?

Después de sufrirla durante toda la temporada como si yo fuera su máximo objetivo, no.

Sin que esta sea la tragedia griega mejor contada, sigo trabajando lesionada, prácticamente coja, por un accidente laboral. Hasta que la mutua —la primera de mi vida— me obliga a escayolarme y a tramitar la baja —también la primera de mi vida—. Y ahí, con un mobbing y coja, viene la rotura del alma y meses de terapia. Lo supero. Continúo sola.

Y sí, a mí me han traicionado los míos.

El bailarín por quien perdí un casino por no dejarlo fuera.

La asistente que «se aburría» cuando dije: «No se monta nada más hasta que no se sepa qué pasa con los billetes de avión que se deben a los compañeros». La misma que después puso en su CV «coreógrafa asistente de tal sitio», sin nombrarme. Porque se es asistente de alguien, no de algo. Y no es lo mismo asistente de coreógrafo —repetidor— que coreógrafo asistente.

Pues eso.

Uno baila con coreógrafos que le visten y le enseñan una profesión, no con edificios de nombres bonitos como Palace, Galas o Moulin Rouge.

Por cierto: 142 € la entrada al Moulin Rouge. 60 € la cena en Galas en 1993. No hagas números.

O quien puso en su CV que había estado conmigo en un espectáculo solo para ganar prestigio, aunque nunca trabajó allí.

La bailarina que iba de víctima de otros coreógrafos y después me dinamitaba el equipo y en su web pone que bailó donde, pero no quién le dio esa oportunidad.

El bailarín que les decía a las chicas nuevas todo lo que él habría hecho mejor que yo en el Arnau, después de haberle dado meses de trabajo. Y más tarde me gritó delante de todos en Galas:

«¡La primera bailarina soy yo!»

O aquel que nunca puso que había empezado conmigo cobrando como profesional desde el primer día.

Así que aquí hay para todos.

Sin acritud te lo digo.

Por todo esto y por más historias de madera, cortinas y focos que no caben aquí.

Como el día que planteé el ensayo de un estreno por un accidente con una persona del espectáculo, un accidente que ya había previsto al ordenar que todo el set debía estar listo a las 15 horas. Y no lo estaba.

Y temblaron los cimientos de todo el sistema cuando le dije al director:

—Como tu jefe de decorados no me respeta porque soy mujer, esta noche puedes estrenar tú. Así, de hombre a hombre. Tenemos una persona herida en urgencias.

Por lo de siempre: por ego.

Lo mejor que puedes hacer es decir que no sabes nada de mí y seguir viviendo en la fantasía de que queda algo de aquella que conociste, todavía inocente.

La ilusión es toda mía. El oficio que nadie me ha regalado, también.

Y si fuera regalado, oiga, lo diría. Pero no.

Y que salga el primero a decir que no me ha visto trabajar o ganármelo.

Algunos no tenéis vergüenza y tenéis que inventar vidas.

La mía ya está escrita.

Y prefiero que se sepa, ahora, a que desaparezca conmigo y con los compañeros que hicimos posible aquello teniendo todo en contra.


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Publicado por Carolina Figueras Pijuán

Directora artística. Coreógrafa & Creadora. Educadora. Experta senior. Autora del libro 'Memorias de una corista'.

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