Era uno de los primeros años del parque temático y lo visité con un ánimo positivo que se me vino abajo en el Saloon del Far West.
Por entonces yo escribía un billete de veinte líneas en el *Salou Setmana*, dirigía mi escuela de danza y, además, llevaba mis propios espectáculos con un representante de Barcelona.
Cometí, señores, la tremenda osadía de opinar sobre aquel Saloon, que, por mucho que viniera avalado por Roseland de Barcelona, tampoco era ninguna garantía de éxito.
Quiero decir que la puesta en escena no era ni remotamente la de un can-can de la época y, claro, si un bailarín hubiera aparecido en el escenario, situándonos en el contexto temático, lo más probable es que los machos de aquellos tiempos le hubieran pegado un tiro porque… los hombres no bailaban y mucho menos el can-can.
Después, ya que en las cantinas no había bailarinas de este baile francés, sino señoritas de vida alegre, le tocó el turno al calzado. No llevaban botines y eso suponía el principio de todos los males: las lesiones. Que las hubo, y muchas.
Y, además, tampoco deberían haber llevado bragas de licra, sino calzones o pololos.
Con esto quiero decir que había demasiadas cosas que chirriaban como para poder valorar positivamente el resultado final.
Aunque, por otro lado, tengo que decir, en justicia, que el Saloon lo salvaban Jaume Ciurana y Deborah Palfreyman.
Creo que en la sección de China estaba LuisMi, que había formado parte de Belle Époque, de Dolly Van Doll, en Barcelona.
Elena A; Mireia C; Paca P; Paul, Yolanda G.
Los conocía y merecían más respeto.
Así que profesionales, los había.
Pero la dirección brillaba por su ausencia.
Y posiblemente fuera por el sistema, en el que una asistente de escena con un walkie-talkie —que eso da mucha autoridad— le decía a una amiga mía:
«Tú, levanta más la pierna».
¿Era esa su función?
Absolutamente no.
Tampoco es ninguna leyenda que los artistas no tenían ningún suplente para los días libres o las emergencias y que la ropa sudada iba pasando de unos cuerpos a otros.
Claro.
Cuando escribí mi humilde billete, mis amigos me explicaron que lo habían recortado, subrayado con fluorescente y pinchado en un tablón en la zona de camerinos.
Nunca entendí cuál era su mensaje dentro de la botella porque no cambió nada. Quiero decir: la dirección continuaba sin ser la adecuada.
Porque las chicas siguieron lesionándose haciendo el can-can, sin botines.
Las bajas se fueron sucediendo sin suplentes.
Y empezaron a pasar por allí muy buenos artistas que salían, nunca mejor dicho, más quemados que la pipa de un indio.

Os lo cuento porque la crítica tiene un precio.
Yo no necesité trabajar allí. Pero, ¿por qué no, si lo tenía al lado de casa y tenía más oficio que la directora general?
Pues eso.
Mis artistas han llevado el calzado correspondiente. La ropa limpia y de su talla. Y podéis estar seguros de que defiendo nuestro trabajo sin descuidar la empresa.
Por eso han ido cayendo Terra Mítica… y otros parques que no pueden soportar las expectativas de negocio.
Los *stunts* se lesionan.
Los artistas que hacen seis espectáculos diarios saben de sobra que el espectáculo no es bueno ni medianamente exigente.
Y los hay que se ahogan bajo una máscara y tienen miedo de hablar.
Es un salario seguro durante unos meses y nada más.
El día que entiendan que el interlocutor de los artistas no es un señor con un máster en finanzas, quizá les funcionará.
No importa el resultado, pero sí la pérdida.
No he vuelto a entrar desde 2003.
No puedo opinar, pero no hay ocasión de causar una primera impresión una tercera vez.
ACTUALIZACIÓN: Corre un vídeo con un animador intentando bailar con dos robots que le fallan en medio del show.
No hay leña que hacer.
Mientras tanto:
«Usted, que nos critica, gracias por la información gratuita».
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