Veteranía

Hay espectáculos que no son los mejores, pero son los que algunas personas necesitan.

Y esta reflexión me viene al observar la cola de entrada a un teatro, donde se agolpan personas mayores. Muchas más que jóvenes. El cartel promete lo que ofrece: un viaje al pasado, tanto cultural como sentimental, de buena parte del público.

Y no es precisamente el título de la obra lo que me lleva allí.

Es la pertenencia a un teatro importante en mi vida profesional. Es mi rewind de cinta de vídeo, ese que me permite comprender quién soy. Y una amiga que actúa, cuya ilusión me mueve a hacer el esfuerzo que antes era un capricho: coger un tren de ida y otro de vuelta que son ya, entre viajes y esperas, unas seis horas de un sábado.

Me da tal subidón que la gente debe pensar que llevo unas cuantas líneas blancas encima.

Pero yo no tomo. No bebo ni necesito entonarme para estar eufórica. Llevo las endorfinas de escena y de serie.

Precisamente el argumento de la obra es lo que menos me atrae. Los asuntos entre piernas pertenecen al siglo pasado. Pero, al fin y al cabo, una pluma es una pluma y un escenario es mi templo.

Y allá fue la parroquiana de los tacones de nueve centímetros, dispuesta a dejarse llevar por un sentimiento muy familiar:

«Aquí no eres una extraña».

Porque yo vivo en otra provincia donde un artista profesional de fuera es extraño. Sin una red establecida en la confianza del vecindario, ya sea académico o del circuito escénico. Me relaciono poco, aunque lo haya intentado.

Y ser expansiva, un poco diferente, sin someterme a toda la liturgia social, paga la cuota de la suspicacia mal entendida.

Quizá por eso, cuando entro en un teatro donde sé quién soy y de dónde vengo, algo dentro de mí se relaja.

Aunque sea para empezar a mirar lo que ocurre sobre el escenario con el ojo que no sabe quedarse quieto.

Mientras recuerdo esa sensación de pertenencia, todavía tengo tiempo de analizar por qué no hay dos focos emparejados.

Existe una importante zona oscura lateral que nadie soluciona en toda la obra. Un brillo del atrezzo compite con los actores. Y ese foco en la primera caja, detrás del bastidor, colocado a tal altura, convierte la cabeza de un actor en una bola de discoteca y proyecta sombras sobre los demás actores.

Demasiadas para los buenos recursos de los que disponen, como los cenitales.

De hecho, la primera incursión del ballet, para un cambio de decorado a la vista, se realiza así. Hay que adivinar que bailan, aunque este ojo no puede evitar las diferencias en las piernas elevadas ni la falta de limpieza en algunos pasos, como si faltara ensayo.

Incluso se percibe el descompás de un cuerpo de baile que no alcanza la técnica del coreógrafo y deja a los bailarines vendidos.

Y eso que el propio ciclorama ofrece un efecto bueno, pero se desmerece con la mínima iluminación del proscenio. Repito: descompensada.

También están mal secuenciadas las apariciones por el pasillo de platea. La acción se come a sí misma, pues la mitad de la platea no la percibe.

Y pienso en todo esto mientras vuelvo a mirar al público.

Puede que aquella sea su última oportunidad de revivir una vida joven a través de una obra que le resuena.

Y entonces recuerdo algo que les decía a mis bailarines en Antalya: que dieran siempre lo mejor de sí mismos.

Primero, porque tenían techo, comida y sueldo garantizado.

Segundo, porque nunca se sabía quién podía estar oteando.

Y tercero, porque a lo mejor alguien de la platea tiene un infarto, sufre un accidente o está viviendo los últimos meses de su vida y todavía no lo sabe.

Porque todos nosotros lo hacemos: en los cumpleaños, en las bodas, en cualquier ocasión que pida alegría.

Precisamente por eso nunca he entendido demasiado bien esa idea de que el escenario puede permitirse el piloto automático.

En Antalya tampoco.

Por cierto, allí prohibí a Vladan, el otro coreógrafo, presenciar mis ensayos. Y así se lo hice saber a mi jefe: si uno pretende quedarse a cotillear y criticar porque yo dirijo a cuatro y él solo a uno, lo menos que puede hacer es presentarse y pedir permiso.

Hay cierto protocolo no escrito tanto en invitar a alguien a quedarse como en pedirle que salga sin siquiera cruzar palabra, por el correcto mensajero dentro de la jerarquía.

Vladan había estado al mando de los espectáculos de cinco resorts antes de que yo llegara y, en aquel momento, residía únicamente en Bodrum. Era una persona muy preparada, pero sus propuestas, copias de Broadway y de vídeos, no funcionaron. El público se iba de los anfiteatros con aforo de 900 personas.

Yo dirigía cuatro, dos de ellos buques insignia de MNG Holding. Ese era el motivo de mi contratación: solucionar un problema inadmisible para complejos de cinco estrellas, desde otra mirada.

Y pasé una selección con otros tres candidatos a ocupar mi sitio.

Pero es que yo asumí, con ello, el trabajo de cuatro cargos distintos.

Quizá por eso sigo mirando un escenario como quien mira un territorio que conoce demasiado bien.

No para presumir de saber, sino porque sé lo que cuesta que algo parezca fácil.

De vuelta en el tren, sigo meditando todo lo observado mientras acepto que he perdido un día más de playa.

Una playa que ya no me apetece tanto como antes y que sé que, algún día, desde una cama, lamentaré no haber disfrutado ahora.

Pero ese saber que estás con los tuyos, entre vidas conocidas y reencontradas, me importa más que la perfección de la obra.

Después de todo, nadie conoce las dificultades de levantarla.

Estamos ante generaciones preparadas en escuelas, pero marcadas por la falta de compromiso. De lealtad. Y de sueldos seguros.

Y aquí estoy, contemplando el mar sin bañarme, escribiendo sin arrepentirme y creyendo que aún tengo edad para seguir luchando por mis objetivos.

Siempre que el telón final no me caiga encima…

Porque la nostalgia, esa, no tiene espacio aquí.

Elegí Tarragona, a pesar de la soledad artística que a veces me mata.

Y hablando de plumas, lejos de cualquier frivolidad, a veces se me llena la boca de ellas porque sé muy bien lo que quiero expresar y, más aún, quién cree que puede atragantarme con moralinas provincianas.

Para llevar una pluma por derecho propio también aprendí ballet.

Ocho años.

No le doy lecciones a nadie. Ni vendo credenciales que no tengo.

Quizá las suspicacias deberían apuntar en otra dirección y no hacia quien trae un bagaje que se ha ganado con un cuerpo machacado, que no tendrá jubilación por exceso de oficio y por demasiado pirateo de empresas de fanfarria.

Nacida en la capital, acostumbrada a una profesión tan simpática como cruel, nada corporativista —y así nos va—, elegí un lugar tranquilo, pero no una tumba donde enterrar la fuerza y el entusiasmo de mi naturaleza.

Cada vez más medidos, eso sí.

Créame: en el concurso de levantamiento de cejas siempre obtendré un premio mayor.

Puede que porque, cuando te has aventurado a salir quinientos metros a la redonda de tu zona de confort, de tu familia, de tu barrio y de tus expertos no solicitados en tu vida, te espabilas.

Sabes que hay un mundo por conquistar y otro que dejar irremediablemente atrás.

Y después de pasar por más de veinticinco domicilios, esa pertenencia ya no está hacia un lugar ni hacia una sociedad.

Está hacia una misma.

Una vez, un jefe, cuando yo tenía treinta y un años, me dijo que era una «gata vieja».

Me pareció feo.

Me pregunto qué me diría ahora.

Esto tiene un nombre:

Veteranía.

Pero no hay medalla que la pague.


Descubre más desde Memorias de una corista

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Publicado por Carolina Figueras Pijuán

Directora artística. Coreógrafa & Creadora. Educadora. Experta senior. Autora del libro 'Memorias de una corista'.

Deja una respuesta

Descubre más desde Memorias de una corista

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo