La danza es cultura, no deporte

Cada vez encuentro más profesores de danza en redes sociales que hablan de entrenamientos. Creo que el ensayo pertenece al proceso artístico; el entrenamiento pertenece al deporte.

El auge de las competiciones de danza me provoca reservas y objeciones. Cuando hoy tantas coreografías acaban pareciéndose entre sí, la creación sigue siendo el verdadero sello del profesor. La coreografía demuestra su talento y su personalidad artística. El alumno tiene el mérito de exponerse, interpretarla y defenderla.

Al final, el alumno se lleva un diploma sin validez educativa y el centro se queda el trofeo. Ambos premios se financian con las propias inscripciones. ¿Qué menos que llevárselos?
Con los años, las vitrinas se llenan de copas y medallas que tampoco indican, rigurosamente, que se sea mejor. El alumno cambia; el trofeo permanece.

Aplaudo los conocimientos de muchos docentes totalmente entregados. Han dedicado su vida a las aulas, a los cursos y a las clases especializadas.

Estas competiciones generan desplazamientos, hoteles, inscripciones, vestuario específico, cuotas… gastos y más gastos para alimentar la idea de que competir es progresar. Pero la danza es cultura, no deporte.
Y, sin embargo, es mucho más dura e ingrata para quien decide convertirla en su profesión, especialmente lejos de las corrientes de moda.

El modelo procede de Estados Unidos, donde estos circuitos cumplen una función concreta: elevar la visibilidad del centro educativo y detectar talento individual, abriendo puertas hacia universidades, compañías o programas profesionales, igual que sucede en los ámbitos deportivos.
Aquí se ha adoptado esa fórmula, pero no la estructura que le da sentido ni las oportunidades que justifican ese recorrido.

Este tipo de eventos puede ser un aliciente para mostrarse, para viajar, pero también responde a una estrategia comercial tomada del deporte: crear comunidad e identidad.
Todo comienza con una equipación, una marca y un sentimiento de pertenencia. Después llegan las fotografías y los premios.

Nunca sentí la necesidad de llevar a mis alumnos a competir y, por eso, jamás lo hice. Tampoco organicé festivales de fin de curso. Cuando presenté espectáculos fue siempre en beneficio de causas sociales o de las fiestas locales, al servicio de la ciudadanía.
Como ejemplo, además de los actos benéficos y las fiestas populares, creé el festival DANSA-LOU durante varias ediciones para reunir a escuelas de distintos lugares en un escenario feliz, sin presión. Sin clasificaciones.
Fue una iniciativa solidaria por la que nunca cobré y en la que la Concejalía de Cultura asumió el coste del desplazamiento de los grupos participantes. Acudieron escuelas de Asturias, Valencia, Barcelona, Reus, Tarragona, Andorra y otros lugares.
Era mi forma de entender la comunidad artística: compartir en lugar de enfrentarnos.

Finalmente, la mayoría de los adolescentes que estudian danza, aunque sea como hobby, acaba diciendo: «Debo seguir mis estudios» o «Tengo que ponerme a trabajar». Entonces empieza la vida real.
Los diplomas acabarán olvidados en un cajón. Las copas seguirán en la vitrina del centro, esperando a la siguiente generación.

Eso es lo que me apena.
Porque la vida ya nos enfrenta a suficientes exámenes y puntuaciones desde que nacemos hasta que morimos. No creo que la danza, que es cultura y arte, deba convertirse en uno más.


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Publicado por Carolina Figueras Pijuán

Directora artística. Coreógrafa & Creadora. Educadora. Experta senior. Autora del libro 'Memorias de una corista'.

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