Hace muchos años que no estaba en una feria. La bocina de los autos de choque funciona como un activador sensorial, al menos en mi caso. Lejos de ser un reclamo, me ha traído a la mente potentes imágenes que, de alguna manera, han entrado en tromba por el único canal que me queda para recordar cómo, cuándo y dónde estuve.
De aquella feria de Poble Nou, en Barcelona, aparecen las manzanas caramelizadas de rojo y los algodones de azúcar, posiblemente el objeto más deseado a los cuatro años, cuando la constante familiar es que no te van a dar todo lo que pides. Pero eso sí.
Y una figura de cartón piedra de un hombre orondo y sonriente sobre un tonel de vino. Era el monumento del pueblo llano a la llamada de la fiesta de calendario.
De aquella ensoñación infantil paso, abruptamente, a adulta, con varios años de gira, encontrándome siempre con los mismos feriantes en las mismas ciudades. Cenando a las dos de la madrugada por 300 pesetas el plato de pollo a l’ast con patatas.
El aroma dulzón del caramelo deja paso a las brasas con pimientos y chorizos, mientras mis compañeras y yo recibimos tickets de regalo para subir a todas las atracciones. Feriantes que habían conocido a Lina Morgan, a Juanito Navarro, a Tania Doris y a Colsada, a Manolita Chen, a Esteso y Pajares; que habían convivido con la carpa del Lido y con otros inventos del empresario Juan Ruiz.
En una de esas carpas de Juan Ruiz estuve trabajando con mis queridos hermanos Calatrava, finalizando la temporada en Jaén y Zaragoza. Tres funciones. Había quienes hacían seis.
Nunca más.
Y luego, la feria de Salou, en el puerto, unos años más tarde. Ahí, a los 32 años, la fiesta de la calle termina de repente con la mala puntería. Habiendo gastado más de lo que vale el oso de peluche, el feriante me lo ofrece aunque no haya acertado ni un solo tiro.
Se me acaba la feria para siempre.
Yo, que estaba acostumbrada a Montjuïc y al Tibidabo… Todo se va al fondo de una vida cuyas emociones recuerdo, pero ya no reconozco.
Pero, aun así, al escuchar la bocina, es la memoria la que me hace un guiño con un salto sentimental: el chico precioso que hacía de bruja. Aquel que daba golpes de escoba de paja con un disfraz sin demasiado tino. Al quitarse la careta para refrescarse, me alargaba un par de tickets mientras me apretaba la mano con cierta ternura, mirándome a los ojos. Allí, en Sant Martí, junto a las viviendas de la Santa Fe. Las luces, los colores, el ruido humano en su máxima expresión se detenían un segundo, junto con la respiración, porque no hay nada más deseable que subirse al tren y esperar que el chico se acuerde de ti.
Y se acordaba, reíamos, y yo aprendí que no todos los golpes hacen daño.
A pesar de todas las ferias visitadas, ni volvió a mi barrio ni lo encontré en ninguna otra feria. Desapareció con el mismo candor con que apareció.
Desde entonces comprendí aquel romanticismo de aquellos que se largaron con un circo de paso, de allí donde no pasaba nada, o era demasiado pequeño para un espíritu libre.

Y aquellos chavales que se apostaban sobre las barras-asiento de los autos de choque, todos como pajaritos, ojo avizor, mientras nosotras, al otro lado, contemplábamos la llegada de la atracción por la ley invisible del vuelco en el corazón. Ese latido que adelanta más idealización que aventura y más hormona revuelta que poesía.
Qué lástima que todo eso, aunque miles de niños y adolescentes lo vivan como su primera vez, pase a ser el despropósito de una calle de barra libre, donde, de madrugada, vasos medio llenos han quedado como basura en los muros de las fincas. El bar del precario equilibrio, no sea que padezcan una hernia si se acercan al contenedor. Las patatas fritas, los recipientes de cartón, las latas, los trozos de bocadillo por el suelo.
Y los eternos molestadores, con sus gritos ebrios, haciendo del sueño de los vecinos el último deseo incumplido del verano.
Bendigo la inocencia y la memoria de todas aquellas veces, cuando la feria era un espacio delimitado y feliz, no la cama donde dormimos quienes no la visitamos: una cama húmeda de calor, mientras decidimos si nos ahogamos sin aire o respiramos con ruido.
Y así, todas las fiestas estivales, que son obligatorias. Independientemente de si queremos participar o no.
Al menos en Zaragoza, la feria estaba en el descampado de Tenerías y no en tu república del descanso.
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