Hace unos años asistí al concierto de una cantante local. Al terminar, y sabiendo a qué me dedico, me preguntó qué me había parecido. Y como siempre he creído que una crítica honesta —cuando se pide— es un acto de respeto, fui sincera.
—El concierto, muy bien —le dije—. Pero es una lástima que, siendo el primero en salir a escena, tu pianista no mire al público y se siente directamente a tocar. Tu entrada queda completamente fría.
Ella me respondió algo muy habitual:
—Es que es tímido.
Y yo le contesté:
—Entonces, si antepone su timidez a no arruinar el inicio de tu espectáculo, quizá no sea el pianista que necesitas.
Puede parecer una frase dura. Pero, en realidad, no hablaba de su carácter. Hablaba del escenario.
Porque quien entra primero en escena inaugura el universo emocional del espectáculo. Aunque solo camine hasta un piano. La manera de entrar, de atravesar el silencio, de reconocer al público o de ocupar el espacio ya está contando algo antes de tocar una sola nota.

Y, sin embargo, ocurre algo extraño en muchos escenarios españoles: le pides a un músico que siga el ritmo visual del conjunto, que acompañe una dinámica física o que participe de la energía escénica… y algunos se ofenden.
Como si el escenario terminara en el borde de su instrumento.
Y no deja de sorprenderme.
Porque el escenario nunca ha sido únicamente sonido. Nunca. El escenario es presencia, tensión, magnetismo, intención y diálogo con el público. Siempre lo ha sido.
Sin embargo, en algún momento del camino, ciertos músicos confundieron el rigor con la inmovilidad. Se instaló la idea de que cuanto más serio es un músico, menos debe implicarse en el lenguaje escénico. Como si el cuerpo estorbara. Como si el espectáculo fuera, por definición, algo superficial.
Y no hablo de convertir a nadie en bailarín ni de fabricar un artificio vacío. Hablo de comprender algo esencial: cuando uno sube a un escenario deja de interpretar únicamente música. Interpreta una experiencia.
El público no recuerda solo a quien ejecutó una obra a la perfección. Recuerda a quien mantuvo la atmósfera. A quien tenía presencia. A quien entendía el pulso colectivo y hacía que todo pareciera vivo.
La ironía es que España sí ha tenido una enorme tradición de espectáculo. Muchísima. Desde la copla hasta el flamenco, desde las revistas musicales hasta las orquestas de baile, existía una conciencia de conjunto: el artista entendía que su actitud formaba parte esencial de la obra.
Hoy, en determinados sectores, eso parece incomodar.
Quizá porque durante años muchos músicos tuvieron que defender su legitimidad en un entorno precario y acabaron asociando cualquier propuesta escénica con una amenaza a su seriedad artística. Como si conectar con el público rebajara el talento. Como si la teatralidad fuera incompatible con la calidad.
Pero el gran escenario internacional nunca lo ha entendido así.
Los artistas que permanecen en la memoria no son únicamente los más virtuosos. Son los que comprenden el escenario como un lenguaje completo. Presencia. Ritmo. Energía. Carisma. Intención. Experiencia.
Porque el talento, por sí solo, no basta para sostener un escenario.
La presencia, sí.
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