Los espectáculos en la «desanimación turística».
Esta es una causa que ya doy por perdida. La comencé llena de orgullo y de pasión en mi antiguo blog, La guerrillaballerina, hace más de diez años. Debe de ser que de aquella intención me ha quedado el poso de artículos imperfectos pero propios; alguien me describió una vez como articulista francotiradora, y lo confirmo.
Desde principios de los noventa hasta hoy he observado, trabajado y renegado del sistema de animación turística nocturna en el Mediterráneo, especialmente en España y, por extensión, en Canarias. Es el sistema que más puestos de trabajo de espectáculo profesional ha destruido, al exigir a un animador que sea coreógrafo, bailarín y fotocopiadora multiusos de espectáculos profesionales creados para el cine y el teatro.
Los establecimientos turísticos presumen constantemente de mejoras y de la calidad que ofrecen. Pero si la oferta nocturna se sostiene con presupuestos ridículos y empleados no cualificados que usurpan el lugar de coreógrafos, bailarines, cantantes y artistas, eso no es calidad: es la consolidación del intrusismo.
Bajo la premisa de «esto es lo que tengo y con esto salvas el verano», se ven espectáculos vergonzosos, con música e incluso playback de voz de bandas sonoras originales de cine, orientados preferentemente al family show.
Esta costa ha ejercido —lo sé por experiencia propia, aunque a mí no llegó a perjudicarme— un racismo con los artistas locales: nosotros dábamos las mejores cajas y obteníamos las mejores puntuaciones en los cuestionarios de los clientes y, aun así, regalaban las mejores noches y los mejores sueldos a espectáculos importados, incluso de fuera de la Unión Europea, sin que eso significara que fueran mejores ni que hubieran invertido en este territorio más que nosotros. O a agencias cuya única misión consiste en cobrar, no en cuidar del artista cuando surgen problemas. Y surgen, señores.

Esto no es revanchismo histórico, es memoria selectiva: elijo recordar aquello que explica por qué el entorno laboral de hoy es consecuencia de aquello. Antes de ir a trabajar a un hotel, conviene preguntarse si no es más seguro y digno trabajar en un supermercado.
Basado en hechos reales: a principios de los dos mil, un artista de flamenco denunció estas condiciones laborales en un foro de danza, señalando a una de estas agencias de trileros, y no volvió a trabajar nunca más. El director y músico de esa misma agencia me dijo una vez a la cara, sin el menor remordimiento, que los espectáculos profesionales de music hall podían ser replicados por los desanimadores. Como si toda una vida pagando por formarme en arte escénico no hubiera servido para nada. Y por aquí siguen todavía sus agentes, campando sobre tierra quemada.
Hay un nombre para que te digan que si faltas un día por un bolo cuatro veces mejor pagado, te cierran las puertas de toda la costa. Hay un nombre para que te descuenten el IVA en lugar de entregártelo, mientras eliges entre aceptar la irregularidad o mantener a diez personas durante la temporada. Hay un nombre para los escenarios que se abren bajo tus pies y los cuatro focos miserables que iluminan a artistas profesionales e incluso a los «desanimadores» de turno, que con sus disfraces baratos de carnaval intentan salvar el pellejo a costa de liquidar nuestra categoría profesional. Hay un nombre para aquello de «vale, os contrato, pero a mí me lo hacéis por treinta euros menos», o «venid a probar gratis en la verbena de San Juan».
Si las valoraciones de TripAdvisor dependieran de los artistas que callan para seguir trabajando, se les caería la cara de vergüenza: maleteros, bares y toldos improvisados bajo los extractores de cocina como camerinos, a la vista de camareros y empleados. Suelos que resbalan y provocan lesiones. Cancelaciones in situ, perdiendo un día de sueldo por un partido de fútbol o por no molestar a la televisión. Clientes borrachos que intentan manosearte. Un láser apuntando a tus pechos y, si detienes el show para pedir respeto, la problemática eres tú.
Nada de esto son leyendas: mis compañeros y yo lo hemos vivido, y no como una anécdota, ni como una necesidad, sino como aportación profesional, hasta decir basta.
Porque un espectáculo, señores empresarios, no lo monta un animador: lo dirige alguien formado, que sabe de escena, iluminación, vestuario y coreografía. No con cuatro pasitos copiados de un tutorial de YouTube.
Permítanme decirles que, además de la mala fama que nos ha dejado trabajar en espectáculos de turismo a quienes sí sabemos montar un show desde cero, la calidad de la que presumen funcionará en Fitur, pero desde luego no es la que el visitante contempla noche tras noche, para deslucimiento de un PIB que, sin embargo, vive de ello. Ustedes son aniquiladores de empleo de proximidad… aunque la culpa no sea de esos artistas. Los clones mexicanos, chinos y de los países del Este, las tribute bands que en su país no trabajaban como artistas y que aquí ya son residentes, huyeron de la misma explotación en tal parque temático. El intrusismo no lo firman ellos: lo firma quien decide pagar menos a quien sea con tal de llenar el cartel.
A mí ya no me hace falta que nadie me contrate: me fui a tiempo. Pero ustedes, federaciones turísticas y asociaciones hoteleras, ¿hasta cuándo van a seguir mirando hacia otro lado? Hay convenios, hay categorías, y sus propios espectáculos internos y las condiciones para los profesionales de la escena no se corresponden en absoluto con las estrellitas de sus establecimientos.
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