Los gatos abandonan Broadway

Esta noche me ha despertado el maullido furioso de unos gatos bajo mi ventana. Durante unos segundos me he quedado escuchándolos. Mi mente ha viajado a Londres. A los *Jellicle Cats*. A *Macavity*. A *Memory*. A esas canciones que, de vez en cuando, todavía me sorprendo tarareando desde principios de los años ochenta.

Y precisamente por eso escribo estas líneas.

La noticia ha sacudido el mundo del teatro musical. El cierre anticipado de *Cats: The Jellicle Ball*, apenas cinco meses después de su estreno en Broadway, ha abierto un debate que va mucho más allá del destino de un espectáculo.

La voz que ha encendido todas las alarmas no ha sido la de un crítico ni la de un economista, sino la del propio Andrew Lloyd Webber. Y conviene escucharla. El creador de *Cats*, *El fantasma de la Ópera*, *Evita* o *Jesucristo Superstar* afirma que Broadway es «una idea cultural en grave peligro» y que, en las condiciones actuales, «prácticamente no tiene ningún sentido financiero estrenar un nuevo musical».

Sus razones son tan sencillas como inquietantes: los costes de producción no dejan de aumentar, mantener un espectáculo en cartel resulta cada vez más caro y recuperar la inversión se ha convertido en una excepción. Incluso los propios creadores, denuncia Webber, aceptan unos derechos de autor cada vez más reducidos para que sus obras puedan llegar a los escenarios.

La paradoja es evidente. Esta nueva versión de *Cats* recibió críticas excelentes, ganó tres premios Tony y alcanzó una recaudación semanal cercana al millón de dólares. Aun así, ni siquiera eso basta para hacer rentable una producción valorada en 18 millones de dólares.

Volvemos a lo de siempre: el éxito no siempre significa beneficios, ni los beneficios garantizan el éxito.

Cuando el riesgo económico condiciona la creación, las decisiones dejan de responder únicamente a criterios artísticos. Las franquicias, las adaptaciones y los títulos ya conocidos ofrecen más garantías que una obra original. Y ahí reside el verdadero peligro: no que cierre un musical, sino que cada vez resulte más difícil estrenar aquellos que todavía están por escribirse.

Quienes amamos el teatro sabemos que el éxito nunca está garantizado. Lo confieso: por mucho que me apasione el teatro musical, jamás invertiría mi propio dinero en una producción. No por falta de fe en un proyecto, sino por la enorme volatilidad del público. Esa incertidumbre forma parte del oficio. El problema llega cuando el riesgo económico es tan elevado que acaba impidiendo cualquier aventura artística.

Lo preocupante no es que unos gatos abandonen Broadway, sino lo que esa despedida anticipa.

Sin negocio no hay espectáculo. Ni energía. Ni alimentos.

Al final, todos anteponemos lo más esencial: comer. Llenar el depósito. La seguridad.

Después, si todavía queda algo, ir al teatro.

Los artistas, también.


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Publicado por Carolina Figueras Pijuán

Directora artística. Coreógrafa & Creadora. Educadora. Experta senior. Autora del libro 'Memorias de una corista'.

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