A estas alturas procuro no perder la perspectiva, ni por la edad ni por las convicciones. Estos días me rondan algunas reflexiones sobre mujeres que toman decisiones propias en ese territorio siempre complejo donde se cruzan la libertad personal y la aceptación del paso del tiempo.
Milán, 2026: Madonna recrea su propio look de Like a Virgin —el mismo corsé, el mismo velo— cuarenta años después. Volver a un vestuario como guiño puede funcionar. La cuestión es no preguntarse qué comunica ese mismo diseño sobre un cuerpo que ya no es el de 1984. El vestuario nunca es neutro: dialoga con quien lo lleva y, si ese diálogo no se actualiza, el traje deja de cubrir o adornar y empieza a evidenciar.
«Si tuvieras este cuerpo, tú también irías desnuda», respondió Jennifer López a sus críticos durante su residencia en Las Vegas. La frase suena a defensa del físico, pero el objetivo real es otro: no exhibirse, sino no desaparecer. En este momento de su carrera, el vestuario extremo funciona como ancla de vigencia, una manera de seguir ocupando el centro del escenario cuando ya no hay disco nuevo que lo justifique. El problema no es el cuerpo que enseña. Es que confunde visibilidad con legado, como si la única manera de cerrar una carrera fuera seguir reclamando presencia en lugar de construir un final al nivel de lo que ya ha hecho.
Hay una diferencia entre aceptarse una misma o aceptar a las demás, y construir un personaje que vende discos y llena conciertos. Lo primero es libertad. Lo segundo es mercado. Los maillots escotados de Jennifer son un exceso de diseño mal aplicado a un cuerpo poderoso. No la acompañan: la delatan. El mismo problema que Madonna en Milán.
Con todo el respeto hacia las dos, y por mucho que queramos aplaudir su valentía: Madonna y Jennifer López se están quedando desfasadas. Y de lo que desconfío es de quien siempre les dice que están divinas, sobre todo cuando pueden caer en el ridículo.
Lizzo construyó buena parte de su marca —incluida su propia línea de ropa interior, Yitty, con tallas de la XS a la 6X— como símbolo de la positividad corporal. Desde 2023 documenta en redes lo que ella misma llama su «weight release journey» y, en enero de 2025, anunció haber alcanzado su primer objetivo. La misma industria que la convirtió en icono de la aceptación del cuerpo real celebra ahora, con idéntico entusiasmo, cada kilo que pierde.
El twerking como único lenguaje coreográfico no es arte, es fórmula. Se puede defender como celebración del cuerpo y como reapropiación del placer —hay quien lo vive así—. Pero desde la dirección escénica, veo otra cosa: un movimiento repetido hasta vaciarlo de todo excepto una parte del cuerpo. Una mujer es más que un culo. Y una coreografía que solo habla de eso, por muy viral que sea, no empodera: reduce.

Yo también he bailado en tanga. Pero no para refregar el culo en una pantalla 4K, y en toples, con distancia prudente muy parisina o al estilo de Las Vegas: la artista es deseable, no obvia. Solo forma parte de la fantasía de la puesta en escena, y por tanto inalcanzable.
En 1992 dirigía un ballet moderno de mujeres no estrictamente delgadas, incluida yo misma. Mánagers y artistas titulares ya me decían entonces que iba adelantada a mi tiempo. Mirando ahora aquellas fotos, no veo grasa: veo las mismas formas que hoy las marcas de moda llevan como bandera, y que las mujeres que superan la talla 38 ya exigen como normales.
¿Hablamos de talento, de evolución o de envoltorio?
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