Pues estoy pensando que quizá el problema, o la ventaja, es que no solo no necesito permiso.
Cuando se trata de mis convicciones, o de mi trabajo, no lo pido.
Puedo sonar imperativa, pero en realidad soy apasionada.
Puedo parecer acelerada. Tal vez sea porque siento la necesidad de expresar lo que nace desde dentro y no desde la opinión ajena.
Y quizá el problema no sea que yo vaya demasiado deprisa, sino que, a lo mejor, tú vas más despacio.
Porque lo que para ti es tranquilidad, para mí es pasividad.
Y lo que para mí es tranquilidad es poder decir: «Ya está hecho». O: «Esto tiene futuro; ahora solo falta encontrar el partner adecuado».
Mi aceleración, según tú, es ir demasiado deprisa.
Según yo, es ímpetu.
Es la conciencia de que la vida no espera, especialmente la que aún me queda por vivir.
No corro por la ansiedad. Avanzo con decisión porque aprendí hace tiempo que las oportunidades no esperan a nadie.

He vivido así siempre.
Con intensidad, con convicción y sin pedir permiso cuando creía en algo. Y, sinceramente, no me ha ido nada mal.
Quizá no sea una cuestión de velocidad. Quizá sea una cuestión de dirección.
Y eso, amigo, es lo que cambia la percepción.
No es la velocidad.
Es el horizonte.
Sí, soy intensa.
Y el día que deje de serlo… probablemente estarás en mi funeral.
O no.
Pero, si lo estás, recuerda que coincidiremos escuchando Oblivion, de Piazzolla: esa bella música de la trascendencia que deja atrás toda frivolidad y permite al alma echar a volar.
Y entonces te acordarás de todas las risas, las lágrimas, las discusiones y las ausencias. Y pensarás: «Era agotadora… pero tenía razón en una cosa: la vida no esperaba».
Descubre más desde Memorias de una corista
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.