Cuando el plagio cobra entrada

Hace cerca de dos años, la coreógrafa estadounidense Courtney Ortiz denunció públicamente que una de sus coreografías, publicada previamente en Instagram, se impartía en un estudio de Madrid sin su autorización, sin atribución de autoría y en clases de pago.

En su denuncia aclaraba que no cuestionaba que otros bailarines aprendieran su trabajo o se inspiraran en él. Lo inaceptable era que una creación propia se utilizara con fines económicos sin permiso y sin reconocer a su autora. Más tarde amplió sus acusaciones y afirmó que el mismo responsable había utilizado también obras de otros coreógrafos internacionales.

En aquel momento compartí su publicación porque coincidía plenamente con una idea que sigo defendiendo hoy: una obra publicada en internet no pierde a su autor por el hecho de hacerse pública. Una coreografía sigue perteneciendo a quien la creó. La red facilita la difusión, pero no convierte las obras en material de libre uso. Quien cree lo contrario no está confundido: está eligiendo no ver aquello que le conviene no ver.

Y hay algo casi cómico en todo esto: ¿cómo se le puede ocurrir a alguien que Courtney no iba a enterarse, si él mismo anunciaba sus clases en el mismo entorno digital donde ella había publicado la coreografía original? Las redes que facilitan copiar son las mismas que facilitan que te descubran. Eso no es mala suerte: es no pensar dos pasos por delante, confiando en que nadie mira, cuando precisamente ese «nadie» incluye a la autora original a un solo clic de distancia.

La inspiración forma parte del arte, y nadie lo discute. Pero existe una frontera clara, y cruzarla tiene un nombre: apropiarse de la creación ajena para impartir clases, promocionar un negocio o cobrar por ello sin autorización ni reconocimiento de autoría no es un homenaje ni es comunidad de la danza. Es plagio, y es plagio con ánimo de lucro.

Y ya que estamos: un saludo también para los imitadores de turno que imparten cursos sobre el estilo de Bob Fosse sin haber pisado nunca un ensayo suyo, sin haber trabajado con él ni con quienes sí lo hicieron. Venden una autoridad sobre un legado que no les pertenece y, de paso, devalúan el trabajo real del coreógrafo profesional: el que sí ha dedicado años a formarse, a investigar una técnica y a construir un lenguaje propio antes de enseñarlo.

Lo grave no es solo el caso concreto. Es la manga ancha con la que el sector tolera estas prácticas cuando quien las protagoniza tiene cierta visibilidad o un negocio detrás. Se justifica con un «esto funciona así», se normaliza que la obra de un creador acabe convertida en el producto de otro sin que ocurra nada. Cada vez que esto queda impune se envía un mensaje: crear no tiene valor si otro puede apropiarse de ello sin coste ni consecuencias. Y ese mensaje empobrece toda la cultura, no solo a quien ha sido copiado, porque desincentiva precisamente aquello que el propio gremio dice defender: la creación original.

Hoy la tecnología permite acreditar la autoría de forma verificable. Es cierto que los propios metadatos de un vídeo ya incorporan una fecha de creación. Herramientas como Safe Creative certifican la autoría mediante un sello temporal validado por un tercero de confianza, algo que ningún metadato puede ofrecer.

Pagar para protegerse del mercado. Del propio gremio.

Aun así, ninguna herramienta sustituye lo esencial: un principio de respeto profesional que debería ser innegociable.

Pensemos en un ejemplo sencillo. Si alguien fotocopiara un libro, cambiara la portada y lo vendiera como propio, nadie lo llamaría «inspiración»: lo llamaríamos robo. Nadie lo toleraría, ni buscaría excusas, ni miraría hacia otro lado. Sin embargo, cuando ocurre con una coreografía, de pronto aparecen las justificaciones, la ambigüedad y el beneficio de la duda para quien copia, y no para quien creó.

No existe ninguna diferencia real entre ambos casos. Una coreografía es una obra, tanto como un libro, un cuadro o una canción, y merece el mismo respeto. Por eso apoyo sin matices a todos los creadores originales y por eso sigo compartiendo denuncias como la de Courtney Ortiz. Porque mientras la industria siga tratando el plagio como una zona gris, seguirá premiando a quien copia y castigando, con su silencio, a quien crea.

A quienes fotocopian y firman con su nombre: que no se llamen artistas. Que se llamen lo que son.


Descubre más desde Memorias de una corista

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Publicado por Carolina Figueras Pijuán

Directora artística. Coreógrafa & Creadora. Educadora. Experta senior. Autora del libro 'Memorias de una corista'.

Deja una respuesta