Las tribus

Lo aprendí a los catorce años.

El día que dije que quería ser bailarina, mis propias compañeras de barra se rieron de mí. La profesora de ballet también.

En el colegio Montseny, de Barcelona, algunos niños fueron más directos.

«Puta.»

La misma lección.

¿Eran centros educativos… o fábricas de renuncias?

Aún no lo sabía, pero acababa de entender el verdadero poder de la tribu: quiere que no seas diferente.

Y, por cierto, estaban las puntas.

Aquel oscuro objeto de deseo de tantas niñas.

Unas zapatillas de raso capaces de abrir llagas y teñir de sangre las gasas.

Se lucían con sufrimiento.

Nos elevaban por encima del suelo para parecer etéreas mientras los pies aprendían el verdadero significado del esfuerzo.

El público veía un cisne.

La bailarina conocía la sangre.

Y, aun así, sonreía.

Tenían un peaje.

Y lo asumíamos encantadas.

Porque cada herida nos acercaba un poco más al sueño.

También decían que aquello no servía para nada.

Años después cambié aquellas puntas por unos tacones de nueve centímetros.

Y vaya si sirvió.

Me enseñaron a pisar con determinación.

A ganarme un lugar sin el permiso de nadie.

Primero sobre un escenario.

Después en la vida.

Me enseñaron tenacidad.

Convicción.

Y la certeza de que ningún sueño importante se alcanza sin aceptar el peaje que exige.

Era un plan, no una idealización romántica.

Desde entonces lo he vivido en primera persona y lo vi repetirse una y otra vez como profesora de danza. Cambiaban los nombres, las generaciones y las modas. El mecanismo era exactamente el mismo.

Es un hecho: ser gregario tiene un coste. La necesidad de pertenecer ejerce una presión inmensa. Todo empieza muy pronto, cuando nacen las vocaciones y los futuros se estrellan contra la aprobación de los demás.

Una niña quiere ser artista.

«Sí, pero…»

Ese «sí, pero» es un botón rojo nuclear.

Basta pulsarlo para que empiecen a estallar las dudas, los miedos y los abandonos.

«Hazlo como una afición», dicen algunos padres.

Una actividad que compartirá con otros niños que, a su vez, bloquearán cualquier forma de destacar, de aspirar a ser algo más que una pieza uniforme y gris del grupo.

Por muchos selfis de éxito compartido.

Un niño quiere bailar ballet.

Entonces el botón cambia de sitio y aparece el juicio del género.

«Maricón»

Una palabra demasiado habitual no hace tantos años.

Mucho antes de que Ángel Corella o Nacho Duato demostraran que la excelencia artística exige una convicción capaz de soportar el desprecio, la incomprensión e incluso el exilio.

«Haz música. Mejor canta en un coro. Eso está bien visto.»

Da igual que cincuenta menores acaben convertidos en clones de un profesor cuyo único objetivo sea terminar el curso sin bajas y haciendo exactamente lo mismo que todos.

No sea que su propia tribu lo desacredite por salirse del carril.

La necesidad de validación llega a extremos curiosos.

En muchas escuelas ya casi no se ensaya: ahora se entrena.

Porque «entrenar» suena más deportivo, más competitivo y, por tanto, socialmente más prestigioso.

La tribu siempre aparece.

El líder que decide qué merece un aplauso y qué merece una burla.

Y, por ese miedo ancestral a la expulsión del grupo, muchos jóvenes esconden aquello que realmente desean hacer.

La tribu rechaza la diferencia.

Los artistas solitarios, los diferentes, los incomprendidos acaban marchitándose en el jarrón putrefacto de la mediocridad.

Como profesora vi muchas veces el brillo en los ojos de quienes querían más.

También vi cómo aquella luz se iba apagando.

«Que estudie inglés. Esto del arte no sirve para nada.»

Hasta que un día ese mismo joven trabaja como animador turístico, monitor infantil o, simplemente, constata que aquello que «no servía para nada» era, precisamente, una de las habilidades que ahora le permite desenvolverse con naturalidad.

Entonces comprende que bailar nunca fue solo bailar.

También era aprender a ocupar un espacio propio.

A mirar de frente.

Y a no ser quien se queda arrinconado en una boda mientras los demás disfrutan de la música.

Pero hubo un día que nunca olvidaré.

A finales de los noventa, una alumna de danza recibió un mensaje en su Nokia.

Una sola palabra:

«Gorda»

La semana siguiente perdí catorce alumnas.

Las tres más populares se quedaron.

Una de ellas, líder en la Escuela Elisabeth de Salou, la emisora del mensaje.

Las otras abandonaron el curso por solidaridad con quien había sido señalada.

¿A quién castigó realmente la tribu?

No solo a aquella niña.

También castigó a quien defendía que cualquier menor tenía derecho a ser respetado sin importar su físico.

Me castigó a mí.

A pagar mi alquiler.

Y a mi compromiso moral.

Aquello no me hizo cambiar de idea.

Muy al contrario.

Me confirmó algo que ya intuía desde los catorce años:

la tribu con demasiada frecuencia vigila.

Juzga.

Premia la uniformidad.

Y castiga la singularidad.

Las tribus cambian de nombre con los años:

Instituto.

Universidad.

Trabajo.

Profesión.

Redes sociales.

Pero el miedo a pensar diferente sigue siendo el mismo.

Si usted es padre o madre y su hijo le dice que quiere ser artista, científico, bailarín, carpintero, músico o cualquier otra profesión que le haga brillar los ojos, escúchelo antes de responder con un «sí, pero…».

Porque quizá entre sus amigos ya haya alguien dispuesto a pulsar ese botón rojo nuclear.

Alguien dispuesto a desactivar un futuro brillante simplemente porque nunca encontró comprensión para el suyo.

No haga usted lo mismo.

Apoye a su hijo.

Quizá por eso, cuando encuentro a alguien diferente, lo entiendo.

Porque sé que, muchas veces, solo necesita un pequeño empujón.

Le toco suavemente la espalda, justo donde nacen esas alas que hoy se compran por cuatro duros en la actual Ruta de la Seda digital.

Es ahí donde empieza a construirse su verdadera fortaleza.

La espalda y el centro, el motor de una combustión de fe.

La estructura emocional desde la que aprenderá a sostenerse por sí mismo y a afrontar con determinación el eterno dilema de la heroica y anónima batalla cotidiana.

Entonces siempre aparece la misma pregunta.

—¡Vuela!

—¿Y si me caigo?

Y yo siempre digo:

—¿Y si lo consigues?


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Publicado por Carolina Figueras Pijuán

Directora artística. Coreógrafa & Creadora. Educadora. Experta senior. Autora del libro 'Memorias de una corista'.

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