Castiga que algo queda

Hoy os traigo una reflexión que quizá resonará en muchas personas: la innecesaria tiranía del castigo aplicado sin orden ni medida. Y no hablo de la familia y sus normas ni de la escuela, ese lugar que a veces deseduca más por mala voluntad que por ignorancia.

Me refiero a empresarios, coreógrafos, maestros de baile, jefecillos de segunda fila, capitanes de coro, vedettes y directores que convirtieron su cargo en un látigo moral y económico para cualquiera que, desde la profesión o la vocación, tuviera que soportarlos de manera totalmente desproporcionada y, por tanto, injusta.

Hay quienes —aunque parezca mentira en un mundo escénico tan dado a reunir sensibilidades imperfectas, inseguras y extraordinarias— no dudaron en amargar la vida de quien solo quería ser artista. Y lo hicieron con ese refinamiento turbio que otorga el monopolio del “porque lo digo yo”, una fórmula que excluye cualquier sentido ético y cualquier posibilidad de diálogo. Porque ya sabemos que el arte, demasiadas veces, tampoco es democrático.

Ha habido artistas obligados a cambiar de ciudad, de entorno o incluso de profesión para sobrevivir a vetos, venganzas y a todo aquello que siempre se escondió bajo la muy bien llamada “mano negra”.

Por aquí cerca todavía se utilizaban listas negras de gente abnegada y explotada cuando pedía mejoras laborales o salariales. Todo el que haya liderado un grupo de “sufridores del 1,2,3 laboral” lo sabe, pero… calla. Por si acaso. Porque la hipoteca y la nevera no están para idealismos y da mucha pereza empezar en Barcelona o Madrid sin nada a lo que agarrarse.

Si miráis a vuestro alrededor, entre los recuerdos más íntimos e inocentes, quizá encontréis pistas que os conduzcan a una escena incómoda: un ensayo humillante, un aula bajo presión, la figura borrosa pero real de alguien que, atrapado en sus propias miserias, decidió hacerse fuerte aplastando cualquier chispa de ilusión o de humanidad.

Sus métodos nunca fueron educativos ni profesionales y, aun así, fueron aceptados como parte del oficio cuando no eran más que otra manera de castigar. Porque algo queda.

Hasta que un día te liberas de ellos y también de su maleficio gratuito. Y entonces descubres algo todavía mejor: que si antes no los necesitabas para sobrevivir, ahora tampoco.

Porque aquel nunca fue nuestro precio a pagar.

Sino su deuda pendiente.


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Publicado por Carolina Figueras Pijuán

Directora artística. Coreógrafa & Creadora. Educadora. Experta senior. Autora del libro 'Memorias de una corista'.

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