Desde hace un tiempo asisto perpleja —y no soy precisamente conservadora— a la aceptación social de conductas que hace muy pocos años nos habrían parecido deplorables. Escribo con la sensación de pertenecer a un club invisible que aún cree en la palabra dada y en el decoro como una forma de respeto.
Quizá escribir frente al mar invita a filosofar con esa calma que siempre precede a la tormenta. Porque la tormenta siempre acaba llegando. Y menos mal. Sin ella, la vida tendría bastante menos interés.
Todo esto me lleva a la palabra.
Corría el año 2023 cuando un técnico —o quizá también concejal— y un alcalde me ofrecieron, sin que yo hubiera pedido absolutamente nada, presentar mi libro. Después llegó el ya clásico silencio administrativo. Tiempo más tarde me crucé con uno de ellos en una función de teatro. Ni siquiera tuve que preguntar. Se apresuró a decirme: «Te llamaremos por lo del libro».
Estamos en 2026.
No, nunca esperé aquella llamada. Hace tiempo que aprendí a distinguir entre las palabras y la voluntad de cumplirlas. Bastó observar el lenguaje no verbal de los implicados para comprender que aquella palabra había muerto en el mismo instante de ser pronunciada. Y mira que no me gusta jugar a la futurología. A estas alturas, más que adivinar, una aprende a leer.
No me produce tristeza. Me parece un desperdicio. Entregué de buena fe el mismo libro que hoy forma parte de los fondos del MAE, Museo de las Artes Escénicas de Barcelona, y del Consejo Internacional de la Danza (CID) de la UNESCO. Cuando una institución decide no mirar aquello que otros consideran digno de conservar, quien pierde no es el autor. Pierden sus ciudadanos, a quienes siempre he querido y que merecen que su patrimonio sea valorado con la misma seriedad.
Por eso también quiero expresar mi agradecimiento al Área de Cultura de Cambrils y a la Biblioteca Josep Salceda i Castells, que acogieron este mismo libro con la naturalidad de quien entiende cuál es el papel de una biblioteca pública. Lo agradezco de una manera muy especial. Quizá también tenga que ver el hecho de que soy hija y nieta de pescadores de Cambrils.

Y con el decoro también se ha ido desvaneciendo otra cosa: la ceremonia. No hablo de grandes protocolos ni de formalismos vacíos, sino de esos pequeños gestos que expresaban consideración hacia los demás. Llegar puntual, mantener la palabra, vestirse de acuerdo con el lugar y la ocasión, saber cuándo hay que hablar y cuándo es mejor escuchar. En algún momento decidimos que todo eso era carca, anticuado o sencillamente innecesario. Y fue entonces cuando empezamos a confundir la libertad con la dejadez.
La ceremonia no era una cuestión de etiqueta. Era una forma de respeto. El protocolo no era rigidez. Era consideración. La corrección no era apariencia. Era educación.
Y es entonces cuando entra en escena el decoro.
Porque cuando una ve entrar al TAS a personas con chanclas de piscina comprende que ya no estamos hablando de comodidad, ni de proximidad, ni de modernidad. Estamos hablando de haber convertido lo rancio en una virtud y de haber confundido la dejadez con la autenticidad.
Bendito chándal con tacones para ir al centro comercial un sábado por la tarde. Al menos tenía una intención. Lo que vemos ahora ni siquiera aspira a eso.
La pérdida del decoro ha ido de la mano de la pérdida de la palabra. No son dos fenómenos distintos; son la misma enfermedad. Se puede vestir Armani de pies a cabeza y vivir instalado en la más absoluta falta de responsabilidad. El traje nunca ha sustituido al carácter.
Y, mientras tanto, empiezan a encenderse las luces rojas.
Las conversaciones formales degeneran en cháchara de calle. Los compromisos se lanzan con la misma facilidad que el confeti de la Fiesta Mayor. Todo vale. Todo se relativiza. Todo se aplaza. Nadie responde. Y lo único que permanece es una alarmante falta de respeto hacia los demás y hacia uno mismo.
Vivimos una época en la que mantener la palabra parece una heroicidad y guardar las formas se considera una antigualla. Después nos sorprende que la confianza desaparezca de las instituciones, de los negocios, de las amistades o de la vida cotidiana. La confianza no desaparece de golpe. Se desgasta palabra a palabra y gesto a gesto.
Mientras nos conformemos con decir «ya está bien» para justificar cualquier cosa, todo seguirá yendo mal.
Y permítanme un último apunte. Desconfíen de quien se sienta a la mesa, sube al autobús o entra en el mercado con el pecho descubierto apelando a la familiaridad, al calor o a la confianza. Porque quien desprecia los pequeños códigos que compartimos suele acabar despreciando también los grandes.
La elegancia suele dar miedo según en qué ambientes. Igual que la honestidad y la palabra dada. Solo quien las practica es capaz de reconocerlas.
Porque el decoro nunca ha tratado de elegancia. Siempre ha tratado de respeto.
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