Cuando pienso en lo que escribo, rebusco en todos los rincones de mi memoria y en la coherencia de los datos.
Sé que el titular “Adiós a Tania Doris, la única reina del Paralelo” puede levantar ampollas, pero la historia y el tiempo son los que son. Y hay cronologías que, sencillamente, no se pueden disputar.
Tania Doris habitó el Teatro Apolo.
Desde su camerino —entrando a la derecha del escenario— vio pasar vecinas de cartel por diversos teatros, mientras ella permaneció de principio a fin en el Palacio de la Revista.
Incluso cuando el Apolo fue derribado y vuelto a construir, regresó a él; y aun retirada, siguió siendo recordada como parte inseparable de aquel escenario.
Vaya por delante mi respeto al trabajo de todas las mujeres que pasaron por el Paralelo. Otra cuestión son ciertas actitudes que también formaron parte de aquel ecosistema.
En realidad, la revista es un sistema piramidal: sin coristas y secundarios no hay reinado. Quienes hemos estado en la base lo sabemos muy bien.
El caso de Colsada es notorio, pero no olvidemos que los empresarios del Arnau (1983-84) nos pagaban con cheques sin fondos y no nos cotizaban.
Tampoco faltaron quienes, emulando al propio Colsada —o los del Victoria, asociados con él en algunas obras—, levantaron el teléfono para vetar nuestro pan si poníamos objeciones al abuso sistemático de las condiciones laborales.
Por eso, un reinado no es estar de paso, ni presumir de premios o del cariño de la prensa y el público mientras se menosprecia a quienes fuimos base, pero más tarde construimos nuestra propia presencia.
Reinado es estar.

Oído al parche, navegantes.
No se me ha conocido nunca por el exceso de halago, pero sí por señalar aquello que considero injusto y desproporcionado, especialmente cuando supera los límites del supuesto “amor al arte”.

«Una reina peligrosa», 1983 Barcelona.

«Un reino para Tania», 1984 Madrid.

«La picara reina», mismos tiempos en gira
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