A propósito de una crónica de Josep Sandoval publicada en La Vanguardia el 20 de marzo de 1988.

El mundo de las variedades tenía sus propias leyes. No estaban escritas, pero todos los que trabajaban en aquellos teatros las conocían perfectamente. Una de ellas era sagrada: el horario. En el Paralelo barcelonés, con funciones dobles y noches que se alargaban hasta la madrugada, el reloj formaba parte del espectáculo tanto como las luces o el telón. Aunque, como bien sabía cualquiera que hubiera trabajado en revista o variedades, se sabía cuándo se entraba pero no cuándo se salía.
La Maña, vedette y empresaria del espectáculo, tenía una relación muy directa con el público. Era una artista expansiva, intuitiva, capaz de mantener viva la energía de la sala hasta el último minuto. Y esa intensidad escénica acabaría provocando uno de los episodios más recordados del Saló Arnau.
Ocurrió una noche de finales de los años ochenta. La función volvió a alargarse más de lo habitual. Las trece personas que formaban el ballet bajaron por la escalera del apoteosis y abandonaron la función antes del cierre del telón.
La escena sorprendió tanto dentro como fuera del teatro.
Yo me encontraba entonces en el Salón Oasis de Zaragoza. Recuerdo a Ricardo Moscatelli entrando en el camerino y comentando el episodio con auténtica perplejidad.
Días después, el periodista Josep Sandoval recogía el incidente en prensa bajo un titular difícil de olvidar: “Los bailarines del Saló Arnau plantan la función”.
Pero aquella noche no apareció de la nada. Según recogía la crónica publicada en La Vanguardia, el malestar venía acumulándose desde hacía tiempo. El cuerpo de baile arrastraba reclamaciones relacionadas con horarios, salarios, contratos y determinadas condiciones escénicas, entre ellas la realización de números en topless, habituales entonces en muchos espectáculos de revista. Todo ello dentro de un sistema donde muchas veces las normas reales funcionaban más por costumbre que por claridad contractual. Aquella noche terminó convirtiéndose en el detonante visible de una tensión que llevaba tiempo creciendo. La empresa, por su parte, defendía que la situación estaba regularizada.
En los teatros de variedades, además, el cuerpo de baile no era un simple acompañamiento visual.
Sostenía buena parte del ritmo, las transiciones y la energía del espectáculo. Por eso, cuando las tensiones acumuladas terminaban aflorando, todo el engranaje escénico se resentía inmediatamente.
Por entonces, muchas cuestiones relacionadas con los derechos de imagen, las grabaciones televisivas o determinadas condiciones artísticas se movían en terrenos bastante ambiguos. Los teatros promocionaban sus espectáculos mezclando entretenimiento, publicidad y exposición personal. La frontera entre imagen artística y uso comercial resultaba, en muchas ocasiones, imprecisa. No faltaron tampoco conflictos relacionados con grabaciones televisivas o emisiones de imágenes en topless que algunas artistas consideraban fuera de lo pactado.
A mí misma me ocurrió al descubrir, sin previo aviso, que me habían convertido en imagen destacada de una publicación deportiva, en una sección similar a “la chica de la semana”. Antes habían aparecido también artistas como Tania Doris o incluso una compañera inglesa Jane, apodada “Cañón” por Luis Cuenca. Todo formaba parte de una normalidad que entonces casi nadie cuestionaba.
Eran tiempos en los que el escenario convivía constantemente con zonas grises legales y laborales que hoy probablemente resultarían mucho más difíciles de argumentar.
Así era el Paralelo. Un mundo brillante y agotador al mismo tiempo, donde la magia del escenario convivía cada noche con las tensiones reales del oficio. De vez en cuando, incluso en medio de los aplausos, la función podía escaparse de lo previsto.
Como ocurría tantas veces en aquel mundo, la flexibilidad funcionaba mientras existiera un cierto equilibrio tácito entre escenario, empresa y artistas. En el mundo de las variedades, incluso después de los conflictos más sonados, el espectáculo debía continuar al día siguiente.
Y eso obligaba a empresas y artistas a entenderse antes de lo que parecía.
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