La arrogancia del «yo ya he vuelto»

Seguro que la ha oído. En un café, en una reunión de trabajo, en cualquier conversación. Alguien inclina ligeramente la cabeza y suelta, con aparente naturalidad: “cuando tú vas, yo ya he vuelto”.

Cada uno puede expresarse como quiera. Pero no todo lo que se dice es inocente. Porque esta sentencia breve no solo describe una experiencia: establece una posición. Ordena la escena. Coloca a uno arriba y al otro abajo. Tú empiezas; yo ya he superado esa etapa. Tú descubres; yo ya he aprendido. Y así, en pocas palabras, se construye una jerarquía.

El problema no es la libertad de expresión. El problema es la convicción que subyace: la idea de que haber pasado antes por un lugar —real o simbólico— otorga una superioridad sobre quien lo transita ahora.

Esta lógica resulta anacrónica. Presupone que todos recorremos el mismo camino y que hacerlo antes concede autoridad sobre los demás. Pero la vida no es un itinerario único ni una secuencia obligatoria. No todos vamos al mismo sitio. Y, sobre todo, no todos queremos ir a donde otros han estado.

Haber vuelto no implica saber más; implica, simplemente, haber recorrido un tramo. Ni la edad ni la experiencia individual son una credencial automática para dictar la trayectoria vital ajena. La experiencia enriquece cuando se comparte; empobrece cuando se utiliza como peldaño.

Por eso conviene detenerse un momento.

Decir “yo ya he vuelto” puede ser una frase demasiado trillada. Pero también puede denotar algo menos noble: la necesidad de situarse por encima, aunque sea unos centímetros simbólicos.

Y quizá aquí radica el verdadero matiz.

La madurez no consiste en haber llegado antes, sino en comprender que cada uno camina hacia destinos diferentes, con tiempos propios y mapas que no son intercambiables. Aceptarlo no resta autoridad; la hace más digna.

Porque, en el fondo, no se trata de quién ha vuelto primero. Se trata de entender que nadie es la referencia universal del viaje de otro.

Y este recordatorio —más que una lección— es, tal vez, un “basta”. No hay conexión posible cuando los destinos no coinciden. Porque, a menudo, tú no puedes —ni quieres— ir a donde yo deseo llegar.


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Publicado por Carolina Figueras Pijuán

Directora artística. Coreógrafa & Creadora. Educadora. Experta senior. Autora del libro 'Memorias de una corista'.

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