Ocho de marzo, la farsa

Se acerca el 8 de marzo y vuelve el guión de siempre: el frenesí del violeta, las batucadas y aquellas sonrisas de Irene Montero del bracito en la primera fila. La farsa que nos trajo el preludio de «Covid: El Musical»; aquel que, en marzo de 2020, destrozó familias y puestos de trabajo mientras el mundo se detenía.

Ante esta puesta en escena institucional, muy de «hacemos cosas» y damos visibilidad para contar cuerpos en la estadística, estamos las otras. Las que no necesitamos pancartas para ejercer nuestra libertad. Aquí seguimos: las que hemos luchado en silencio y sin estar protegidas por los sindicatos, mezcladas pero no agitadas. Bajo los lentejuelas, las pestañas postizas y una experiencia incluso bohemia en tiempos de inseguridad en todos los aspectos —todo esto que algunos tildan de frívolo—, latíamos mujeres dueñas de nuestro presente como canalizadoras de vuestro futuro. Hablo de las artistas: tan envidiadas como criticadas. Las que nunca hemos pedido permiso para hacer nuestra santa voluntad sobre un escenario. Y en todo lo demás.

Mientras unas celebran el eslogan y se ciñen al postureo de «reivindicación para el selfie», nosotras hemos ejecutado la estrategia, aunque sea en susurros de complicidad. Uniendo fuerzas y rompiendo mitos. Porque nunca fue un camino de rosas, pero fue el camino.

El día de la mujer trabajadora no es una celebración; es un hecho cotidiano para sostener la vida, desde el paritorio hasta la sepultura, en una humanidad que pone etiquetas y desprecia a quienes se salen de la norma.

Soy de las que piensan que los hombres no tienen la culpa de todo, ni hace falta que tengan un día marcado en el calendario para demostrar su valía.

Mientras haya una mujer asesinada y un servicio de alerta necesario para las que están en peligro, no hay nada que celebrar. Las mujeres trabajadoras son todas: la cajera, la limpiadora, la científica, la ingeniera, la profesora, la madre de familia anulada por deberse a los suyos, y la prostituta de lujo, incluso si la paga Ábalos.

Nada muestra que estemos avanzando. Ni el acoso escolar a miles de niñas, ni la trata, ni la humillación económica y la falta de cultura básica. Sobre el suicidio: otro tabú, las mujeres que fueron apartadas o desamparadas. Resultan incómodas cuando expresan o se sabe de ellas más de lo que nuestra vida digital prioriza y se puede permitir tragar.

No habrá justicia mientras se permita la ablación del clítoris. No hay avance mientras el color rosa todavía simbolice el pecado de la carne y el azul de los niños la divinidad religiosa. Ni mientras haya violación de hijas menores y mujeres que tienen miedo en la calle. Y, por encima de todo, no hay hermandad cuando el silencio de las mujeres encubre las denuncias falsas, el acoso sexual y el abuso laboral.

Tenemos que desnudarnos de la fantasía de las manifestaciones y de la política para dignificar el lugar que nos corresponde. No está bajo el dictado de un ministerio.

Recuerda, mujer; que tu vida y tus legítimos deseos: no es un sueño, es un plan.

Ya sabes, «empoderada se sale de casa».


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Publicado por Carolina Figueras Pijuán

Directora artística. Coreógrafa & Creadora. Educadora. Experta senior. Autora del libro 'Memorias de una corista'.

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