Ingeniería del contagio, la canción que se te metió en el cuerpo

Sucede antes de que puedas opinar.

Un pie marca el pulso. Un hombro se adelanta apenas. Y de pronto estás dentro. No has decidido bailar: tu cuerpo ya lo está haciendo. Te ha pasado. En una tienda, en el coche, en una boda que no era la tuya. Suena algo y, sin pedir permiso, se instala. No es una canción que hayas elegido: es una que te elige a ti.

A mí me ocurrió en una tienda de moda en Antalya, Turquía. Luz blanca, perchas milimétricas, esa estética global que podría estar en Milán, Madrid o Dubái. Y entonces sonó algo que parecía más herramienta que melodía: un sintetizador abrasivo, casi mecánico, repitiendo un motivo como si alguien hubiera enchufado una sierra eléctrica al sistema de sonido. Pensé: “¿Qué es esto?”.

Era “Satisfaction” de Benny Benassi. Y en ese instante entendí que hay piezas que no buscan gustar: buscan imponerse. La compresión rítmica —ese bombeo que hace que el sonido respire al ritmo del bombo— no apelaba al gusto, sino al sistema nervioso. Mi cabeza analizaba; mi pie ya había decidido.

Nos gusta pensar que elegimos lo que escuchamos. Que tenemos criterio. Que no nos dejamos arrastrar por lo que suena en todas partes. Pero hay canciones que no circulan: colonizan. No convencen; activan.

Algo parecido ocurrió con “Toxic” de Britney Spears, aquel tema que fue ofrecido a Janet Jackson antes de convertirse en uno de los engranajes más precisos del pop de los 2000. Ese riff de cuerdas inspirado en sonoridades de Bollywood no pide permiso: se instala. Es agudo, insistente, casi biológico. No es casualidad. Es arquitectura sonora.

Cuando PSY lanzó “Gangnam Style”, muchos sonrieron con condescendencia. Pero el fenómeno no fue un accidente. Bajo el baile caricaturesco había estructura: acumulación, explosión, repetición estratégica. La imagen amplificó el efecto, sí, pero el ritmo hizo el trabajo pesado. El idioma dejó de importar porque el patrón ya estaba hablando directamente al cuerpo.

Después llegó “Uptown Funk”. Mark Ronson y Bruno Mars eligieron otra vía: la nostalgia afinada. Funk setentero reconstruido con precisión digital. Síncopas que desplazan el acento lo justo para mantenernos alerta.

Y ahí aparece el truco antiguo: la hemiola.

Ese leve desplazamiento del acento que altera la sensación del pulso sin cambiar realmente la música. Lo que sentías estable se reorganiza. El suelo parece moverse apenas medio centímetro bajo los pies. No lo analizas. Lo corriges con el cuerpo. Nada de esto es nuevo. Ya en 1957, Leonard Bernstein jugaba con esa misma ilusión en “America”, de West Side Story. Introducir una mínima inestabilidad y confiar en que el oyente la resolverá moviéndose.

Quizá lo interesante no es que estas canciones sean populares. Es que funcionan. Entienden algo elemental: el ser humano responde a la repetición, a la expectativa, a la tensión y a su liberación. No importa la edad. No importa el idioma. No importa lo sofisticados que nos creamos.

Entré en aquella tienda convencida de que estaba a salvo de la tendencia sonora global. Salí tarareando una sierra eléctrica. Una sierra eléctrica que, por cierto, el último spot de Aldi ha recuperado con astucia publicitaria. Y ahí estoy yo, años después, reconociendo el zarpazo en mitad del salón. Sonrío y la disfruto.

A veces el criterio observa. Pero el cuerpo —también el que ya ha superado los sesenta— vota cuando reconoce una arquitectura perfecta. Y en esa votación íntima, el ritmo siempre tiene mayoría.

¿Qué música se te metió en el cuerpo?


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Publicado por Carolina Figueras Pijuán

Directora artística. Coreógrafa & Creadora. Educadora. Experta senior. Autora del libro 'Memorias de una corista'.

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