Del cáncer y las frases hechas

Una conversación con Pino d’Angió.

Durante el trabajo que realicé en plena comunión con el tristemente fallecido amigo y artista Pino D’Angiò, para su obra de teatro musical, de la que soy la única representante legal, durante más de tres años de conversaciones telefónicas, emails y también algún viaje, hubo un tema que puedo referir aquí porque su reflexión también ha sido publicada en medios.

Pino era un artista inclasificable, pero sumamente realista. Y después de tantos meses, durante los cuales ya me había avisado de que un día podía morirse, me soltó una reflexión que acepté como una verdad.

El enfermo de cáncer sufre una ansiedad que no se acaba nunca, me dijo, porque siempre se dice: «Había luchado contra el cáncer», «está luchando contra el cáncer».

Y Pino continuó:

«Yo no estoy luchando. Contra el cáncer no se lucha. No existe ninguna lucha. Todo es retórica. El cáncer te obliga solamente a esperar. A creer que es posible que todo vaya bien. A esperar que los tratamientos funcionen, a esperar que tú consigas salvarte. Es una espera sin fin.

Aquí no hay luchadores bravos. Estamos en manos de la medicina».

Me conmovió mucho, pero su tono no era en absoluto el de una víctima ni el de un superviviente. Era el de una persona que comprendía la fragilidad y la absurdidad de todo aquello que se construye a su alrededor y que, sin embargo, era valiente y muy fuerte.

Solo añado el final de su reflexión, porque me pareció entonces, y todavía me lo parece ahora, una lección de vida sin dramatismos.

«Cuando tuve el primer tumor en la garganta, me pregunté: “¿Por qué precisamente a mí?”».

Yo tragué saliva, porque muchos nos hemos planteado la misma pregunta.

Y no le respondí nada. ¿Quién soy yo, más que una persona sin el talento de la revelación y mucho menos adicta al sesgo de confirmación, para hacer que todo en la vida me encaje según una creencia o un destino, cuando a veces simplemente se trata de que «te ha tocado»?

Y no, no me sirve que sea para aprender.

Aún no había terminado de asumir la crudeza de esta cuestión que todos nos planteamos cuando le vemos las orejas al lobo, cuando me dijo:

«Y cuando me curé…

Cuando recuperé mi voz sin cuerdas vocales. Cuando continué fumando y eso me producía una caja de resonancia para poder seguir hablando. Cuando ya había esquivado la muerte.

Entonces me pregunté: “¿Por qué precisamente a mí?”».

Y señoras y señores, no tenemos respuesta para eso.

Para eso que, en una situación así, se plantean tantos enfermos, tantos amigos y tantos familiares.

No tenemos respuesta para saber por qué a unos sí y a otros no.

Fue una lección de alguien que nunca se autocompadeció y que, desde el primer momento, organizó todo para que su familia no pagara las consecuencias de su enfermedad.

Y no, Pino no luchó. Su lucidez lo hacía tan sincero como provocador. Él no veía méritos, pero tampoco volcó su sufrimiento sobre nadie. Una presencia de ánimo, ejemplar.

Lo hicieron los médicos de Brescia, donde acudía cada cuatro meses. Poco más y se les queda en la mesa de operaciones, con una parada cardíaca, y tantas, tantas coincidencias que desmontaban este concepto de lucha.

Lo hizo su familia, manteniendo la fe. Lo hicieron sus amigos, como sigo siendo yo, luchando por devolver su obra póstuma a Italia tal como merece ese legado, después de haber respetado rigurosamente el duelo. Y lo hago de la única manera que sé, después de haber visto cómo se iban mis padres por la misma enfermedad.

Por encima del cadáver del cáncer.

Y la esperanza, creo, en mi caso me paraliza, consume parte de la vida que debería ser vivida con toda la intensidad posible mientras se pueda. Cuídense.


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Publicado por Carolina Figueras Pijuán

Directora artística. Coreógrafa & Creadora. Educadora. Experta senior. Autora del libro 'Memorias de una corista'.

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