Nunca pensé en montar una escuela de danza. No era mi objetivo y, sin embargo, en 1994 prácticamente abandoné una posición profesional en Barcelona para instalarme en Salou: una ciudad árida en cuanto a danza, donde dos predecesoras no habían conseguido mantener sus escuelas y donde el espectáculo cultural se limitaba, en gran medida, a las festividades locales, sin representación de sus propios ciudadanos.
Me quedé por una relación sentimental y allí permanecí durante ocho años. Abandoné los focos, la carretera… y una credibilidad en el gremio ganada a pulso: por ser formal, por entregarme por completo a mi trabajo, que es también mi identidad. Una posición que, seguramente, podría haber potenciado quedándome en Barcelona. Y no es arrepentimiento. Soy objetiva. En todo este texto.
El primer día que abrí mi escuela vino un padre, de apellido R., a decirme que las bailarinas éramos putas. Claro: él había pasado por la cárcel precisamente por traficar con mujeres.
Así comenzó mi tarea: enseñar a niñas que llegaban con mochilas muy hirientes. Una con un padre alcohólico; otra, con un padre maltratador; la niña gorda; la que, según decían, «es un pato mareado»; la que sufría bullying en la escuela y permanecía pegada al fondo del aula… Y también la madre que todo lo criticaba por costumbre y las que más me apoyaban.
Porque, en el fondo, ellas sabían que, además de sopa de Carol para cenar, igual que pasara en la academia de ballet de Sant Martí, en Barcelona, en los años ochenta, ellas mismas deseaban formar parte de aquella ilusión. Eran geniales y las adoro.
Mi tarea no se resumía en enseñar pasos de baile ni en imponer una disciplina frustrante. Era una limpieza anímica. Se llamaba objetivo y felicidad.
Nunca tuve las de delante ni las de atrás: a todas les di su protagonismo merecido, con el fin de potenciar tanto su amor propio como su seguridad para enfrentarse a la vida.
En cuanto a la Iglesia, el párroco no tuvo la amabilidad de modificar los días de catequesis, pese a que se lo habían solicitado los propios padres. Solo se trataba de cambiar uno de los días para que quince alumnas no tuvieran que dejar la danza por coincidir los horarios.
Porque, como dice el Eclesiastés: «Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo». «Tiempo de llorar, tiempo de reír; tiempo de hacer duelo, tiempo de bailar».
Mientras tanto, la actividad de la escuela crecía.
Llevé a Salou a siete bailarines profesionales de alto nivel para trabajar en más de treinta hoteles y campings. Entre ellos, un coreógrafo y una coreógrafa en activo que hoy trabajan por el mundo. También traje a un compañero que actualmente dirige una escuela.
Algunas de las primeras artistas de music-hall y commercial dance formadas conmigo en Salou, en el local de Scala Dei, llegaron de mi mano a TVE junto al presidente de ARTE y ARC, Ricardo Ardévol hijo, para la primera gala de los Premis ARC en Scenic de Barcelona. Eran ciudadanas de Salou, Reus y Tarragona, y fueron también las primeras artistas locales en trabajar en la Costa Daurada. Además, formaron parte de la Big Band Cotton Club, dirigida por J. Barceló.
Creé y dirigí varias ediciones de DANSA-LOU, la carroza del Patronat de Turisme para el Cos Blanc, espectáculos solidarios para la Lliga contra el Càncer, actuaciones para las Nits Daurades, el Christmas Show para el Parc de Nadal y el IMSERSO, además de muchos otros eventos.
Cuando comprendí que el ámbito hotelero no iba a mejorar las condiciones de los artistas locales —mientras se ofrecían sueldos triplicados a los recién llegados— me aparté de aquel circuito y creé el primer show de sirenas de este país y el segundo del mundo, en un parque acuático.
Pero la relación sentimental por la que me había quedado terminó. Pasé una mala etapa emocional, completamente sola, y me enterré en vida.
La enseñanza, además, no era suficiente para mí como trayecto ni como fin. Los alumnos vienen y se van. Los bailarines también. Y yo había aprendido, desde los veinte años, que sin ese tránsito no hay experiencia ni futuro. Yo misma necesitaba moverme, salir.
Es necesario bailar con otros, ganarse el derecho a pisar un escenario y hacer de esa presencia un motivo de identidad y compromiso.
Nadie baila para cuatro paredes. Se baila para uno mismo, sí, pero también para mostrar aquello que tanto cuesta integrar en una vida ya de por sí complicada. Puede hacerse por hobby, pero con alma de profesional.
Por eso, cuando llegó el momento, marché a Turquía.
Hubo —qué cínico— un jefe de prensa del Ayuntamiento que me dijo que estar en Salou había hecho posible que yo diera el salto a MNG Holding.
Solo que hay un pequeño detalle.
Cuando llegué a Salou, con treinta años cumplidos, venía de tener mi propio ballet en TV3, de trabajar con ERA Producciones y de haber pasado tres temporadas en el restaurante-espectáculo Galas. Además de una vida profesional iniciada a los quince años, tres giras por España, varias televisiones donde la única catalana y española era yo, durante la que había sido bailarina, capitana de ballet y coreógrafa.
Esto no es un CV. Es amor a la profesión, a las personas y a Salou.
Hace mucho que no quedo con mis artistas. Los de Barcelona, los de Madrid… Las relaciones se apagan con el tiempo y la distancia. Con algunos, incluso, ya no tenemos nada en común. Pero todo aquello que vivimos, tan dura como alegremente, en los años ochenta y noventa, hizo posible transmitir a varias generaciones lo único que queda: honestidad y oficio. Sin necesidad de un reel ni de exponerse continuamente en las redes para demostrar absolutamente nada.
Y me pasa lo siguiente: de mis turcos, de mis rumanos, de mis búlgaros, de mis rusos, brasileños y ucranianos; de mis catalanes y de mis salouenses, hablo yo. Porque he vivido y compartido con ellos procesos que, en muchos casos, han formado parte de la experiencia necesaria para llegar a ser quienes son.
De lo que ha perdido Salou, a años vista, también hablo con conocimiento, por respeto a las personas que me acogieron y por derecho propio frente a quienes quieren hacerme callar.
Además, quedará constancia escrita en mi blog y en futuras publicaciones en papel, porque la verdad, y no el tiempo, pondrá las cosas en su lugar.
Bendigo mi paso por Salou y nadie va a discutirme cuánto lo quise ni lo importante que fue en mi vida.
Cuando Salou se presentó por primera vez en un certamen externo, FES DANSA Barcelona, llevé a mis alumnas. No trajimos trofeos, diplomas ni medallas. No era un evento competitivo. El premio para Salou eran ellas.
El material audiovisual que conservo está en mi canal, para mis alumnas, alumnos y sus familias. Entonces no había móviles: los vídeos los grababa yo mientras trabajaba e incluso los pagaba en los eventos.
Aquí, un ejemplo. ‘MEMORY BOOK’.
En YouTube ESCOLA CAROL DANSA SALOU 1994-2002
PD. Mi madre, Pilar Pijuán, vistió a estas queridas alumnas, como me vistió a mí cuando estudiaba y también para mis producciones.
Y como dice José Mota: «No lo superes, iguálamelo».
Descubre más desde Memorias de una corista
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.