Acabo de ver Moria en Netflix.
No puedo decir que me haya gustado ni que no me haya gustado. Es la vida de una persona hecha para la pantalla y eso implica una construcción, una mirada y, por tanto, un juicio.
Durante los capítulos me han venido a la mente mis compañeros argentinos, ese acento que comencé a conocer a los veinte años. También me ha resultado inevitable el desfile emocional de roles y personajes conocidos, especialmente de la noche barcelonesa de los años ochenta y noventa.
El arco narrativo, la estética y todo el trabajo realizado construyen algo glorioso sobre esa herida: la que abre el relato de alguien que desprecia el anonimato y conquista el mundo del espectáculo sin ningún bagaje. Solo ego.
Habrá que preguntarse cuántos heridos perennes ha acogido el mundo de las variedades y, sobre todo, cuántos lograron sanar o sentirse recompensados por aquello que los llevó hasta allí.

El universo de Moria no tiene nada que ver con el mío. Ni para bien ni para mal. Es un mundo paralelo: desde la revista porteña y el empoderamiento hasta la exposición y comercialización del drama ajeno en sus programas de televisión. Ella vivió su tiempo y yo no soy nadie para descontextualizarlo. Me ha resultado indigesta, sin embargo, esa parte del abuso de la lágrima femenina en el plató.
El drama ajeno también se convirtió en España en materia televisiva, con programas y presentadoras que hicieron de él un espectáculo infame. Pienso en la cobertura del crimen de las niñas de Alcàsser. Pero aquellas presentadoras, desde luego, no eran «la one», como Moria.
Su defensa del colectivo gay y su lengua viperina son, por sí mismas, parte de una experiencia singular dentro de la sociedad argentina. Una mujer que ha hecho de esta serie su propio monumento contra el olvido. Y si ha podido hacerlo, yo no voy a criticarlo.
Como con otras vedettes, respeto el oficio, pero no comparto ni la forma ni el fondo.
El espectáculo siempre me ha parecido un refugio de seres inimitables, inconfundibles y genuinos. Aquí hay un claro ejemplo.
Es también una profesión de supervivencia, sin fronteras de moral ni de ambición. Cada cual juega sus cartas y se arriesga. Cada cual hace de su herida inicial una excusa, una superación o incluso el combustible con el que arrasar todo.
Reinventarse o sucumbir.
Argentina ha dado artistas que llegaron hasta aquí: las hermanas Rojo, Alfredo Alaria, los Lobato. Y tantos otros.
Ahora comprendo por qué.
En todo caso, un director puede teorizar cómo habría realizado una serie. Pero nadie puede decir cómo habría vivido una vida.
Moria fue guionista y directora de la suya. Y eso, en aquellos años convulsos, ya es de por sí un triunfo.
Por finalizar: si ella pudo, otras podrán. Aunque sabemos que el precio es, muchas veces, precisamente aquello que no se cuenta y mucho menos se aplaude.
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