Un post grandilocuente en Facebook me llama la atención.
Se presenta otra revisión modernizada del musical Cabaret, con Mario Vaquerizo como Emcee, el maestro de ceremonias del Kit Kat Club.
Stop scroll, esto es tan cómico que parece dramático. Ahí mis cejas escrutadoras ya han alcanzado el techo y se me han caído las gafas de cerca.
Yo no tengo manías a la hora de aplaudir a los artistas. Alabo la profesionalidad, el dominio de la escena y ese oficio que empieza mucho antes de que se levante el telón: diseño de decorado, iluminación, estilismo, dirección, interpretación y ejecución de todo intérprete que haga honor a lo que está haciendo. Porque de eso se trata: de oficio.
Me pregunto si será que no hay en este país actores más preparados para asumir el personaje de Emcee, el alma de la obra, o si hemos llegado a ese fantástico momento de tormenta de ideas, nunca mejor dicho, en el que ya no importa tanto quién puede hacerlo como quién puede venderlo.
Porque Cabaret no es precisamente un título que necesite que le expliquen a nadie su prestigio y su merecido culto. Ganó Oscar, Tony y todo aquello que se puede ganar cuando una obra se convierte en parte de la historia del espectáculo. Las obras están vivas y cada generación tiene derecho a mirarlas desde su tiempo, pero actualizar no significa rebajar la exigencia. Cuando se toca un clásico, cambiar no es sinónimo de mejorar.
Hay una frontera muy fina entre reinterpretar una obra y convertirla en escaparate de una idea que necesita llamarse transgresora para resultar interesante. Y eso también lo he visto con intentos de enmendar la perfección: Dirty Dancing, Moulin Rouge, Annie, Hairspray, Chicago.
Quizá sea el mercado o el ego. O la suma de los dos. De momento, la novedad, transgresora y actualizada, lo único que me gana son suspicacias y escepticismo. Y más cuando se anuncia 360º. No sé qué esperar, porque sentarse a la mesa con el público ya está inventado y subirlo al escenario también.
Ya saben: ese puntito sano de «A ver qué moto me están vendiendo».
Mi mirada no está contaminada. Conozco las reglas del juego. Una productora vive para hacer negocio. Pero, perdonen, yo no le veo el business a darle el reinado de Cabaret a Mario Vaquerizo. Puede que le funcionara con Madrid me mata, pero esto no es una movida: esto es un sistema teatral. Y si cae Broadway, caen todos.
Lo que me chirría es esa curiosa costumbre de confundir espectáculo con cultura y marketing con criterio artístico. Un personaje como Emcee no se resuelve solamente con un señor popular y bastante sui géneris. Necesita dominio escénico, capacidad interpretativa, sentido del ritmo y autoridad. Y, sobre todo, oficio.
Sin ánimo de pontificar, yo sí conocí en persona al actor Joel Grey, el Emcee original, durante su intervención en un programa de Això és massa, con el Màgic Andreu como director, en TV3, en el que mi ballet era titular y yo era la coreógrafa. Era 1992. En la producción se decidió hacer un número de Cabaret, en su honor, y mantuve deliberadamente la coherencia de no imitarlo en absoluto: dejé la voz, que era de Wayne Sleep (cast de Londres), vacía de presencia. Un sombrero, un bastón y un cenital.
Me agradeció particularmente el gesto. Por respeto.
En este caso no aportaría la fotografía, por la pereza de buscarla. Pero, lejos de cualquier autoridad impostada, sinceramente, no necesito demostrarlo.
Una puede preguntarse si no había otra opción: un profesional respetado y respetable, capaz de entrar en el personaje sin que el personaje tenga que entrar en él.
El invento viene presentado por la productora Let’s Go. Pues yo, ante esta elección, digo: NO. I DO NOT GO.
Espectáculo y cultura no son lo mismo. A veces coinciden. Otras… Por favor, Fosse que estás en los cielos.

Esta es una opinión profesional e independiente. Una opinión que, por cierto, han compartido compañeros que tampoco compran esta manera de confundir la provocación con la calidad. Afortunadamente, tenemos una edad y una experiencia. Nos podemos permitir hacer amigos… de esos que te pueden contratar. Digo.
Javier de Campos, mi amigo, filósofo y humorista de cabecera, decía de los políticos: «Es que no dejan nada para nosotros, los cómicos».
¿Hacen las productoras lo mismo con los profesionales de la escena?
Porque aquí aparece la realidad sobre el gremio: ¿por qué la profesión no opina sobre las estrafalarias decisiones de quienes ponen la pasta? ¿Por qué no se reclama un mínimo de carrera para acceder a tan pocos puestos? ¿Por qué cuesta tanto que alguien diga simplemente: «Esto no me parece una buena idea»? ¿En qué momento tener criterio se convirtió en una actividad de riesgo?
Todos sabemos dónde está la puerta y, sobre todo, quién tiene la llave. Si criticas, no trabajas.
Puerta cerrada por exceso de criterio.
Disculpen las molestias.
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