Una sintecho espiritual

Ya puede ser raro que, después de tantos años sin hablarme con Dios, me siente en una cafetería con el mossèn para pedirle que celebre una misa por mis difuntos.

Encargo la misa. Pago con Bizum. Con el directo interlocutor celestial, así, sin wifi ni nada. Le advierto: yo no estaré.

Me parece un hombre piadoso. Me escucha. No me cuestiona. Después de todo, rezar no hace daño a nadie. Es una vibración de sanación y de ayuda.

Las misas tienen un precio en forma de donativo. No he puesto ningún reparo; es más, he doblado la cifra.

Y no, no ha sido por esos restos de culpa judeocristiana tan bien inculcados en el seno de la familia y en aquella escuela posfranquista.

Le cuento que, si algún día se encuentra veinticinco lamparillas encendidas, he sido yo.

Cuando paso por allí para ir a comprar, siempre tengo a alguien en mente por quien pedir.

Por su camino, allí arriba o aquí abajo. Nunca se sabe.

Yo no puedo rezar por mis difuntos.

Todavía estoy enfadada con ellos.

Ya rompí los objetos de la casa. Ya grité cuando nadie me oía. Ya lloré como una desbocada y me dejé caer por el cansancio.

Tejer los duelos como una Penélope digital me ha consumido un tiempo que no tengo y una esperanza que no contemplo.

Sigo con estrés postraumático y se lo digo.

No como excusa, casi como una liberación.

También le digo que no creo que la vida me deba nada.

Teniendo en cuenta la cantidad de veces que podía haberla perdido, sería bastante pretencioso por mi parte pasarle ahora factura.

Y le cuento que creo en los ángeles.

Por contaminación directa de la yaya María, supongo. Especialmente en el Ángel de la Guarda, que en mi caso se llama Damabiah.

Total, los nefilim eran ángeles o extraterrestres. Vete tú a saber.

El mossèn escucha sin hacer un solo gesto delator.

Ni una ceja.

Nada.

Me mira, sonríe y me dice:

—Tienes para todos menos para ti. Rezaremos también por la Carol.

No sé qué contestarle.

A veces pienso en aquella vela que encendieron en la Catedral de Barcelona mi abuela, mi madre y mi tía cuando les dijeron que yo no iba a nacer.

Ellas no están para sostener aquella fe.

Y yo no la encuentro.

A veces, en el silencio de la noche, me cae una lágrima.

Una sola.

Y no sé si es por ellos.

Es por la duda.

Por si hice suficiente.

Por si fui lo que esperaban.

Por si, realmente, las cosas no pudieron ser, como en todas las familias, un poco mejor.

No me importa la vida eterna.

Me importa esta.

Dejar de sufrir.

Y el abandono de la sangre de mi sangre de este mundo —cosas por decir, alegrías que compartir, dolor que olvidar— me ha devuelto al ‘principi de tot plegat’.

Porque, entre ustedes y yo, en este confesionario improvisado, hay algo que tengo bastante claro:

el dolor no enseña.

Ni transitarlo me hace mejor.

Tampoco compro esa teoría flower power de que uno eligió esta encarnación, o a su familia, o incluso sus circunstancias, para aprender.

Ni cualquier otra teoría, propia de mariposas libadoras que necesitan justificarlo todo de forma mística.

Hay dolores que no elegimos.

Se instalan.

Por mucho que quieras pasar página.

Así que toca exprimir lo que queda.

No porque al final haya una recompensa.

Precisamente porque no quiero encontrar nada.

Me centro en la vida que todavía me queda, y pienso en todo aquello que ya no podré hacer.

Sigo poniendo velas por quienes quiero, pero debo soltar lo que ya no me pertenece.

Oculto mi propia luz para poder ver las estrellas.

Al final, la oscuridad.

Sin lecciones ni explicaciones.

Sin fábulas ni promesas.

Y, por si acaso existe un cielo, mi único apego:

Si mis perros no pueden pasar, yo tampoco entraré.

Ellos me han permitido soportar la ausencia de todos los demás.

Tengo muchas probabilidades de acabar siendo una sintecho espiritual.


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Publicado por Carolina Figueras Pijuán

Directora artística. Coreógrafa & Creadora. Educadora. Experta senior. Autora del libro 'Memorias de una corista'.

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