Hay una vieja costumbre que parece no pasar de moda: matar al mensajero.
No hace falta hacerlo literalmente.
Basta con cuestionar sus motivos, preguntarle por qué habla ahora o insinuar que habría sido más elegante guardar silencio.
Y así, casi sin darnos cuenta, el debate deja de girar en torno a los hechos para centrarse en quien los cuenta.
Con la publicación de mi libro recordé una conversación que nunca he olvidado.
Un lector me dijo:
—«Esa persona no puede defenderse»
Le respondí:
—«Yo tampoco pude»
No fue una ocurrencia. Fue un hecho. Porque cuando aquello sucedió, y no una sola vez, hablé. Y, después de comunicarlo, recibí una advertencia tan sencilla como eficaz: olvidar y seguir trabajando, o insistir y asumir las consecuencias.
Elegí seguir trabajando.
No porque creyera que el silencio era justo, sino porque conocía el precio de enfrentarse a determinadas manos negras.
Esperé cuarenta años para escribir aquellas páginas.
Cuarenta años.
En mi libro no identifiqué, precisamente, a quienes más daño hicieron. Fue una decisión consciente. Si hubiera querido escribir contra personas, habría dado nombres.
Preferí escribir sobre conductas. No protegí sus nombres por miedo. Los protegí por convicción. No añadí nada que no hubiera vivido. No exageré los hechos. Me limité a contarlos. Y, sin embargo, casi nadie me preguntó qué había ocurrido.
La pregunta fue otra.
«¿Por qué ahora?»
Es una pregunta curiosa.
Porque cuando informé, casi nadie preguntó por qué denunciaba.
Cuando recibí la advertencia de callar para poder seguir trabajando, nadie cuestionó por qué tenía que callar.
Cuando guardé silencio durante cuarenta años, nadie preguntó por qué callaba.
Las preguntas comenzaron el día que decidí publicar mi libro.
El día que, por fin, me liberé. Entonces aparecieron palabras como rencor, venganza o resentimiento.
También hubo quien insinuó que, después de cuarenta años, alguien puede hablar para conseguir un minuto de notoriedad. Siempre me ha parecido una idea tan cómoda como poco creíble. Hay una cierta mezquindad en atribuir al deseo de protagonismo aquello que, en realidad, suele ser el final de un silencio demasiado largo. Como si alguien fuera capaz de cargar durante cuatro décadas con una historia así para disfrutar de unos minutos de atención. Hay sospechas que retratan mucho mejor a quien las formula que a quien las recibe.
Quizá seguimos sintiéndonos más cómodos examinando al mensajero que mirando de frente el mensaje. Es más fácil poner bajo sospecha a quien destapa una realidad incómoda que preguntarse cómo fue posible que esa realidad existiera.
Alguien comete un abuso.
Alguien tiene el valor de comunicarlo.
Empieza el silencio.
Pasan los años.
La persona consigue reconstruirse, comprender lo vivido y contarlo, ya no como una herida abierta, sino como una vivencia.
Y entonces el silencio cambia de forma.
Se convierte en descrédito. En sospecha. En escándalo.
Como si resultara más incómodo quien habla que aquello que tuvo que soportar.

Si alguien está viviendo hoy una situación parecida, me gustaría decirle algo que a mí nadie me dijo. No permitas que nadie te convenza de que el silencio convierte lo sucedido en menos cierto.
Si hoy puedes hablar, habla. Si hoy puedes denunciar, denuncia. Y si hoy no puedes hacerlo, no te culpabilices. Guarda pruebas. Escribe lo ocurrido. Cuéntaselo a alguien de confianza. No permitas que el tiempo borre tu propia verdad. No esperes cuarenta años como tuve que esperar yo.
El silencio también pasa factura.
Y esa factura no siempre llega al corazón. A veces llega al sueño, a la ansiedad, a las relaciones… y también al bolsillo.
Hablar no siempre cambia el pasado. Pero puede cambiar tu futuro. Y quizá evitar que otra persona tenga que recorrer el mismo camino.
Porque el problema nunca fue que alguien hablara.
El problema fue que hubo demasiados dispuestos a apoyar el silencio.
El silencio nunca protegió a la verdad.
Solo protegió a quienes tenían más poder que ella.
No matamos al mensajero para proteger la verdad.
Lo matamos para no tener que mirarla.
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