El molde pequeño

Seguro que alguna vez le ha pasado.

Está hablando de su trabajo, de una idea o de un proyecto y, sin darse cuenta, empieza a restarle importancia. «Bueno, tampoco es para tanto…», «quizá me equivoco…», «solo es una idea…». No porque no crea en ello, sino porque intuye que mostrar seguridad puede resultar incómodo.

No es timidez. Es un mecanismo de adaptación.

Desde hace muchos años, cada vez que presento una idea nueva hago la misma broma: «Perdón por existir». Con el tiempo entendí que la broma no hablaba de mí, sino de una costumbre bastante extendida: pedir discreción a quien tiene algo que decir y mirar con recelo a quien habla desde la experiencia.

Nos hemos acostumbrado a confundir la experiencia con la arrogancia y la solvencia con la soberbia.

Como si el conocimiento tuviera que pedir permiso para entrar en una conversación.

Lo más curioso es que encogerse nunca resuelve nada. Quien necesita que los demás se hagan pequeños siempre encontrará un motivo para pedir un poco más.

Adaptarse es inteligencia. Hacerse pequeño, no.

Cada uno llega hasta aquí con los años, los errores, el trabajo, los aciertos y también los fracasos. Todo eso forma parte de su historia. No hay ninguna obligación de pedir perdón por haberla vivido.

La próxima vez que sienta la tentación de hacerse pequeño para encajar, quizá la pregunta no sea si usted ocupa demasiado espacio.

Quizá es el molde el que se ha quedado ridículamente pequeño.

Yo no me encojo. Y tampoco animo a nadie a hacerlo.

Hagan moldes más grandes.

Aunque de todas maneras, siempre habrá quien los rompa.


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Publicado por Carolina Figueras Pijuán

Directora artística. Coreógrafa & Creadora. Educadora. Experta senior. Autora del libro 'Memorias de una corista'.

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