Un regalo, un recuerdo, un legado

De mi primera Navidad fuera de casa, en Zaragoza, trabajando en la sala Aida, descrita en mi libro, queda el recuerdo no relatado y que, sin embargo, se mantiene fresco: el regreso a Barcelona.

Con el corazón dividido entre la historia vivida con Jorge (que en realidad no se llama así y hoy dirige una importante empresa de gestión laboral, fiscal y jurídica) y el ánimo encendido por continuar en el ballet Supermagic, con algunos bolos sueltos y, por lo tanto, con la misma sensación de incertidumbre. Porque, si bien un contrato de un mes era un alivio, la espera de nuevas fechas que llenar en la agenda seguía siendo un sentimiento peculiar.

Mi madre, cuando leyó el borrador, me dijo:

—Jorge te quería.

—Sí —respondí—, posiblemente.

Pero yo no solo no sabía decir «te quiero»; lo único que necesitaba era valerme por mí misma. Hacer algo. Siempre.

Y no he cambiado mucho.

Entonces, el amor romántico era maravilloso, pero la cárcel que me suponía, a los veintidós años, quedarme en Zaragoza, no.

La tarde del cinco de enero de 1983, estuve con Nell y con Janet caminando por Las Ramblas de Barcelona. Al final bajé a la plaza Palau, a los bazares, a gastarme el dinero que me quedaba de Zaragoza, en un radiocasete para regalárselo a mi hermano Quim. Entonces aún conservaba algunas tradiciones. Ahora, con el transcurrir de los años, ninguna.

No sé cuántos de vosotros os gastaríais el resto del sueldo, sin tener nada por delante, para hacer un regalo. No es un gran mérito; puede que incluso fuese una imprudencia. Pero la vida, a esa edad, era una sucesión de buenas decisiones, errores y ansia de aventura.

Hoy me lo miro desde la perspectiva de la carretera agotada. De esa sucesión de luces amarillas en cada madrugada volviendo de un bolo. Medio dormida en un autocar que, junto al camerino de un teatro, me parecía uno de los lugares más seguros del mundo.

Traigo esto a colación porque esta semana la donación del fondo documental con las fotografías de mi hermano al Centre d’Estudis Salouencs ya es una realidad, generosamente difundida por la prensa local.

No me da más paz ante el dolor de su pérdida, pero sí el absoluto convencimiento de que era lo que tenía que hacer para preservar su memoria, su legado y la belleza que captó en Salou y en la costa de Tarragona.

Es curioso que le regalase a Quim aquel «loro», como llamábamos entonces a aquellos radiocasetes aparatosos, cuando él ya me había desmontado uno de los míos siendo un niño para averiguar qué había dentro.

Y la analogía es exacta.

Nunca sabré ya cómo era mi hermano por dentro. Solo sé que fue una buena persona que no hizo mal a nadie y que, quizá por discreción, nos ocultó incluso sus propios deseos y ambiciones. Un hombre con talento, pero también lo bastante humilde como para no hablar demasiado de ellos.

Muchas gracias a todos los que han participado en esta donación, el Centre d’estudis saluencs que recogen todo ese material con la mirada de Joaquim Figueras Pijuán y también especialmente a Pau Armengol y familia (Photo Speed/Centre Fuji, Reus).

CENTRE D’ESTUDIS SALOUENCS

DIARI DE TARRAGONA

LA VILA DIGITAL, SALOU

CARRER DEL MAR, SALOU


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Publicado por Carolina Figueras Pijuán

Directora artística. Coreógrafa & Creadora. Educadora. Experta senior. Autora del libro 'Memorias de una corista'.

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