El vestido azul

Cuando tenía unos 16 años mi madre me hizo un vestido largo.

Y no, no era para un evento. El motivo era que yo quería bailar con Fred Astaire. Y para irme preparando, ya ves tú qué tontería, me hice primero el vestido antes de saber si aquel deseo podría realizarse.

Hoy me sonrío ante aquella determinación, pero en ella se escondía algo más que una ensoñación adolescente. El objetivo de bailar en alguna parte que no fuera un hogar de jubilados, un envelat de fiesta mayor o uno de aquellos teatros vetustos de los barrios de Barcelona y alrededores.

Recuerdo que una vez, por Vallbona o muy cerca, me llevé el vestido en la maleta junto a mis trajes de baile para una de aquellas actuaciones hechas con más voluntad que maña.

No bailábamos mal. Pero no éramos artistas; éramos chicas inocentes que no querían parecer «eso» que llamaban a las bailarinas.

Después del espectáculo acostumbraba a tocar alguna orquesta. Miré hacia la platea de aquel cine viejo, ya libre de sillas, y pensé que allí no había nadie con quien bailar, nadie con quien estrenar aquel vestido.

Estuvo muchos años guardado hasta que me hice la mujer que ya ni cabía en él. Y mis sueños tampoco. Ni hubo hombre que mereciera que me lo pusiera. Un vestido azul turquesa satinado.

Conservo una fotografía de cuando jugaba a ser artista, cuando nadie miraba. La que nunca pudo mostrarse en el estricto ambiente académico, donde nunca se era buena ni sobresaliente.

Esto sería recurrente en mi vida. Se acabaron las idealizaciones románticas y nunca más deseé bailar ni con Fred, que ya estaba muy mayor, ni con nadie. De hecho, bien mirado, la mayoría de las jóvenes se visten de largo para una graduación o para una boda.

En cambio, yo me vestí de largo para mí misma y, al contemplarme en el espejo del dormitorio de mis padres, me sentía imperfecta cuando en realidad era preciosa.

El patito feo comenzaba a perder los plumones de la infancia, a adquirir nuevas formas y a sentir cosas que todavía no sabía nombrar.

Porque a esas edades nadie es del todo bello. Simplemente está en construcción.

Recuerdo que una vez le pregunté a mi madre si yo era guapa. Mi madre, que era una mujer prudente, quizá demasiado prudente, me respondió que era normal.

Y yo la creí.

Bendigo la capacidad de soñar y creer, que tan lejos me ha llevado, por muy naïf que todo pareciera.

Y también bendigo que mi madre no fuera la típica madre de la artista. Nunca me hizo creer que era excepcional antes de tiempo. Quizá se excedió en prudencia, pero me dejó la tarea de descubrir por mí misma quién era.

Fue allí, mucho antes de Fred Astaire, mucho antes del vestido, donde comenzó a forjarse el camino más firme que jamás he pisado.

El mío.


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Publicado por Carolina Figueras Pijuán

Directora artística. Coreógrafa & Creadora. Educadora. Experta senior. Autora del libro 'Memorias de una corista'.

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