Tres semanas sin saber cómo decirlo

Se ha ido. Sabíamos que sucedería… una pastilla diaria para el corazón, una inyección mensual para el dolor de huesos… la fragilidad al caminar, la incontinencia.
Se ha ido mi segunda perra, la Nena, la que recogió Ramón el día de San Esteban, antes de las nevadas de 2009. Abandonada por cazadores, con sus orejitas caídas, podenca en medio de los campos de Cambrils.
Y a medida que se acercaba el final, no sé si ella era consciente, pero hemos sido nosotros quienes hemos visto su vida pasar en un segundo… y con ella, inevitablemente, la nuestra.
Imaginaba que la vejez sería amable con esta compañía… pero el perro se va y la imagen idílica desaparece.
Y entonces el futuro se adelanta: comprendemos que aquello que importaba ya no estará cuando más falta haga. Ya se han ido dos de los perros que llegaron a nuestra vida para consumir su existencia proporcionándonos alegría, crecimiento y sabiduría. Y no puede ser costumbre ni medida.
Hasta ahora he sido incapaz de expresar esta pérdida.
Voy trenzando lutos como una Penélope que se resiste a darse por vencida, que propone un regreso metafísico hecho de recuerdos y de ese lento goteo de la fragilidad… donde la vida corta de un perro parece un fraude, una estafa a la amistad.
Y no me quejo.
Lo integro como una experiencia de lo dolorosa que es, en realidad, la vida feliz. Porque una perra rescatada del campo, con tan pocas posibilidades de sobrevivir, llena, acompaña, comprende y enseña.
Ahora el vacío es soportable… pero inmenso.
Y como dijo alguien, es normal querer más a mi perro que a un primo que no conozco, por muy familia que sea.
No… no es la vida la que nos hace daño queriendo. No hay intención del universo. Es su movimiento, su esencia, también en la destrucción, por muy hermoso que sea el nacimiento.
Lágrimas que esta perra se ha llevado…
Ya está con Droopy, con la mama y persiguiendo conejos, brincando en alguna parte, sin dolor ni medicinas.
Se ha ido con dignidad, querida y acompañada… para siempre recordada, con el olor eterno de haber atravesado los campos de romero.
Con la mirada serena de quien reafirma su existencia y, con ella, la nuestra, en comunión perfecta.
Nuestra Diana cazadora, que nunca negó su naturaleza y tuvo la vida que merecía.
Porque ella, como Droopy son la única prueba de las responsabilidades que adquirí por mí misma…
Alumnos, bailarines, amigos… familia… fueron y vinieron con amor humano.
Nada ha habido más latente que ser el lugar seguro, no solo de ellos… sino de esos perros adoptados cuando nadie los buscaba ni los quería.
Poner a dormir a un perro es un acto doloroso: la frontera de lo necesario frente a lo inevitable.
Un acto de amor.
El más difícil, cuando sabes que hasta el último aliento, al entrar en la clínica veterinaria confió en ti.
Es elegir entre su alivio y nuestro apego… otro acto de coherencia, cuando quien más importa debe dejar de sufrir.

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Publicado por Carolina Figueras Pijuán

Directora artística. Coreógrafa & Creadora. Educadora. Experta senior. Autora del libro 'Memorias de una corista'.

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