El rastro de los pasos

Escribo desde la melancolía. No espero seguidores, sino un scroll rápido hacia un mundo más feliz, a pesar de todo. Contemplo la vida sin filtro: lo que es, es.

A eso que llaman astenia primaveral —sea con lluvia o con ese sol, siempre violento, nunca esperanzador—, yo lo llamo negocio de vender vitaminas. La mía es una melancolía de vida pura, tan maravillosa como de episodios duros.

Después de planear cómo vivir, declaro que he vivido; aunque no sepa muy bien cómo he llegado hasta aquí en estos últimos veinticuatro meses. El tiempo se me alarga y se hace corto como un chicle mientras hago balance entre lo que no debió ser y lo que ha sido.

Los lugares y las personas desdibujan su intensidad en mi mente. Siento gratitud y, a veces, injusticia. No es un lamento, es un hecho: he reconstruido el relato de forma objetiva, pudiendo no serlo como directora de mi propia vida.

El amor vino y se fue; los amigos que no lo eran desaparecieron. Los que quedan cuentan sus días como yo, en el presente inmediato, como si envejecer exigiera perder la ilusión a golpe de experiencia. Me resisto. No creo que seamos tan necios para atraer lo feo y escapar de la belleza, cuando precisamente la belleza nos es común. Incluso la bellamente triste.

Hoy cuenta una sonrisa o un abrazo, pero hay prisa por consumir y postergar. Si el mundo arrastra millones de años, nosotros estamos aquí en una ráfaga y ya no. Siento la plenitud y la memoria: las frases dichas y las que se perdieron; el «no» que se plantó bien y el «sí» eufórico, aunque fuera para equivocarme.

Entiendo el frágil equilibrio de la felicidad y el lento ritmo que engulle la esperanza —esa que nunca he tenido—, ya que mi camino siempre ha sido voluntad y acción.

 

 

Me asalta la melancolía al contemplar una cala en un vaso de vidrio. Como las de la iglesia de Sant Martí, cuando hicimos la comunión sin saber qué comíamos. Ahora lo sé: es lo efímero, lo inalcanzable. Es la realidad que nos guía más fuerte que la supervivencia o el poder. Mientras tanto, alguna artista patria se ceba en su discurso sobre Dios, en la carencia y el Spotify a la vez. Reivindico la espiritualidad íntima, que no pasa por la VISA ni las falsas coronas de espinas.

En el año 1991, el ritmo lo marcaba «Oye mi canto» de Gloria Estefan en el Galas de Salou. Tres noches por semana, el despliegue no admitía tregua. Aquel mismo año, el Cap de Salou se me antojaba una fortaleza a conquistar. Recuerdo el agotamiento mezclado con una lucidez extraña. «Disfruta ahora este esfuerzo —me decía— porque llegará un día en que no podrás». Era realismo radical. Nos enseñan a quejarnos de la fatiga, pero la verdadera fortuna es tener algo por lo que valga la pena agotarse. En aquel escenario entendí que la plenitud no se encuentra en el ahorro de energía, sino en su combustión total.

Hoy el escenario es diferente. Después de los acontecimientos que inundaron mi alma de pena, ya no puedo mirar más hacia aquel Cap de Salou. Llega otra Santa Semana. Siempre me pareció tétrica, demasiado espectáculo callejero, y los hechos de hace un año me lo confirman. El titular en el Diari de Tarragona sobre un hombre que cayó allí, perdiendo la vida —mi hermano Quim—, desmanteló mi suelo emocional y familiar hasta las raíces. He puesto toda la genética en solfa. Me obligó a ser custodia y escribana de un evangelio particular, hecho de carne y generaciones.

Y después de mí, nada.

Pero me queda horizonte. Me quedan ojos y alma para encontrar dónde debo ser y dónde debo estar.

He cambiado la explosión del movimiento por la precisión del pensamiento. Miro atrás y no veo nostalgia; veo el rastro de quien supo vaciarse para dejar espacio a esta etapa donde la urgencia ya no está en las piernas, sino en la verdad de lo que queda por decir. El tiempo vivido no lo marca el calendario, sino el rastro que dejan los pasos que decidimos dar. Y bien bailados están.

No necesito a Dios para que avale mi camino. Me basta con el peso de mis aciertos y el relieve de mis cicatrices.

Desde la melancolía de una paz que se hace un nido en un suspiro, escribo, hoy.

 


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Publicado por Carolina Figueras Pijuán

Directora artística. Coreógrafa & Creadora. Educadora. Experta senior. Autora del libro 'Memorias de una corista'.

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