Carretera, con los hermanos Calatrava

Fragmento del capítulo 07 Otro estreno, otro show.

Esther y yo, una rubia y una morena, pasamos a ser showgirls y teníamos dos tareas, la de bailarinas, con la presentación del tema de “Dallas” y acompañamiento con el famoso “Cuéntame que te pasó” (Speak up mambo) de los Manhattan Transfer; y como actrices, sirviendo los números, “Y quién es él”, de Perales, el concierto de “Flauta y Zambomba” y “Living in America”, de James Brown, en el número del enclenque Rocky, imitando a las chicas de los típicos rounds de boxeo.

En los sketches, nunca se sabía qué podía pasar. Paco se salía del guion, hacía reír a su hermano, que hacía un papel de serio, y a nosotras, que nos salvábamos como podíamos. “La Juerga flamenca”, se desmadraba siempre —ninguna descripción le haría justicia— y llorando de la risa, me hice pipí encima más de una vez.

Fuimos a muchas ciudades de toda España. Durante el verano, La Unión, empresa de Jacinto y Cano, nos llevó para una temporada larga a Valencia, y nos quedamos a vivir en El Saler, en un chalet vecino al de Salomé, la cantante, con su marido Sebastián García Vernetta. Ella, a veces, venía a visitarnos y nos explicaba anécdotas de sus tiempos de bailarina en París, con Roland Petit y los celos que tuvo que soportar de la musa del coreógrafo, Zizi Jeanmaire. Trabajamos en muchísimos pueblos de todo el Levante hasta zonas colindantes con Murcia, Teruel y Albacete. También actuaba el ballet de Toni River, Carmen Flores y Mariola, con quienes, de vez en cuando, compartí un cómodo autocar, mientras Steve Wonder cantaba en mi walkman “You are the sunshine of my life”, tema que debería haber sido incluido en la misión “Voyager”, de Carl Sagan, para saludar a otra civilización.

Con los Calatrava, pisé escenarios nunca imaginados, como un carro de campo abierto en dos, o plazas de toros, actuando a pleno sol, a las cinco de la tarde. Nos cambiábamos de ropa en las enfermerías. Los pasillos de las plazas olían a sangre, desinfectante y orín de toro hasta la náusea. Más ibérico, todavía, era cuando teníamos que actuar en los entarimados de la calle y nos cedían, buenamente, las casas particulares. Nos vestíamos en dormitorios viejos, con muebles de madera carcomida y oscura, adornados con vírgenes y santos. Sobre aquellas camas cubiertas con colchas de crochet fosilizadas —oiga, que ni en las pensiones del Tubo zaragozano—, pendían unos crucifijos enormes. La decoración culminaba con los retratos de antepasados en las paredes, sólo faltaba que apareciese el cura de El exorcista.

Fue en uno de aquellos pueblos pequeños que entré a una farmacia a por un test de embarazo por un retraso. Me lo vendieron, tan tranquilamente, y lo especifico ya que la compra de anticonceptivos no siempre fue así. Cuando llegué al camerino, bueno, al tenderete hecho con lonas y mantas, sucias y viejas, al lado del escenario en una plaza pública, observé a Jacinto hablando con Paco y mirándome de reojo. No le di importancia, hasta que Paco se me acercó para darme un mensaje que aquí repito: «Le ha dicho el farmacéutico a Jacinto, que el año que viene la morena de los Calatrava ya no estará, que le han hecho un bombo».

Me quedé pasmada por la indiscreción, y por la rapidez con que mi compra, tan íntima,  había llegado al vestuario antes que yo, sin tiempo si quiera de comprobar el resultado. No estaba embarazada, señor farmacéutico. Fui muy sensible a los cambios de costumbres, aunque me gustasen, y el reloj biológico me daba la hora aunque yo no hacía caso.

Llegamos a encadenar largos recorridos. Barcelona-Alicante en coche, bolo, de nuevo coche hasta el aeropuerto de Madrid, donde cogíamos un avión a Santa Cruz de Tenerife, una actuación, tiempo de desayunar, para volver otra vez a Madrid, y en coche a otro pueblo de Valencia, a por otro bolo, y todo eso sin dormir.

Eso seguro, los Calatrava nunca hicieron distinciones con la comida y el hotel. Siempre juntos y los gastos pagados. Tantos lugares y tantos kilómetros, de manera que ellos cuatro se ponían a fumar y yo tenía que asomar la nariz a un resquicio de la ventanilla so pena de marearme o ahogarme, tosiendo, pues no soportaba el tabaco. Cuando llegaba el bajón, y se dormían, yo me pasaba al asiento del copiloto y les daba conversación tanto a Paco como a Manolo, que se iban turnando. Paco me enseñó a reconocer la señal de alarma. Cuando Manolo se tocaba la rodilla derecha o la cabeza, había que parar. En aquellas noches estrelladas, mis atentamente vigilados conductores me explicaron cómo, en un viaje, abandonaron sin querer a Toni, la modelo de fotonovela, en una gasolinera porque iba dormida debajo de su abrigo y fue al baño sin decir nada, dejando el abrigo en idéntica posición. Tuvieron que volver a por ella, al darse cuenta, después de media hora de recorrido.

Aquel fue el primer verano que le pagué a mi familia unas vacaciones. Vinieron mi madre y hermano y también la madre y la hermana de Esther. Cuando se marcharon, incorporamos a otra chica, que se trajo a su novio, conocido como el “crápula”. Alguien con certero ojo le puso ese apodo, desde el primer día. Éste, cuando marchábamos de viaje, nos vació la nevera más de una vez. Volver con el estómago vacío, después de diez horas o más, creyendo que vas a poder desayunar, y no encontrar nada que llevarte a la boca, ocasionó algún que otro agrio reproche por mi parte. Nunca se le ocurrió reponer la comida o añadir un duro para el bote común.

Cuando íbamos de vuelta a casa, una madrugada, paramos en la carretera en una plantación de membrillos y cogí unos cuantos. «Le estás robando a un pobre agricultor», dijo Paco. Nunca los había comido así. Eran ásperos y horribles. Al llegar al chalet, los robados éramos nosotros. Encontramos la puerta principal abierta y las luces encendidas. No se llevaron los cuadros, ni la tele, ni el buen vino que tenía el propietario, sólo el dinero y un radio cassette. Al día siguiente, teníamos libre y nos fuimos a Valencia. La justicia divina nos fue aplicada con tres bingos seguidos que canté yo, alucinada de mis poderes porque al entrar miré la vitrina de las bolas saltarinas y dije: «¡Quiero lo mío y por duplicado!». Y así fue. Los ahorros de dos semanas de trabajo, y un poco más, en tres partidas. Si todo en la vida fuera igual que aquella tarde de aciertos bingueros, este libro no contaría lo mismo, porque sabía que iba a ganar esas partidas y también que me iba a salir con la mía, me quieran creer o no.

Mis queridos hermanos Calatrava me llevarían unos años más tarde junto a ERA Produccions, en 1995, de vuelta al Paralelo, como coreógrafa con mi «Ballet Elite’s Show» para actuar y disfrutar con ellos y con Melissa, en su obra «La creación» en el teatro Arnau.

MEMORIAS DE UNA CORISTA Carolina Figueras Pijuan AUTORA

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Publicado por Carolina Figueras Pijuán

Directora artística. Coreógrafa & Creadora. Educadora. Experta senior. Autora del libro 'Memorias de una corista'.

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