El apartamento de 1983

El 29 de agosto estuve en Barcelona.

Me acerqué expresamente a esta dirección que está identificada en mi libro.

En la ventana abierta del apartamento que ocupé en 1983, el otro día había un trapo —por no llamarlo cortina— flotando sobre una oscuridad que diría inhabitada.

En ese momento decidí no fotografiar el lugar exacto.

Aquí, una muestra.

Tuve la tentación de llamar al timbre. Pero… ¿para qué?

Imaginad la escena:

—Hola. Yo vivía aquí.

Y me abre alguien que me mira como si hubiera venido a reclamar una vida que ya no existe.

¿Y esta de dónde ha salido? ¿Y a mí qué me importa?

Imaginad que, al abrirse la puerta, aparecen mis anhelos, mis ilusiones, mis lágrimas en soledad. Incluso aquel miedo a dormir sola que, definitivamente, perdí allí.

Como si la memoria pudiera reconstruirse con una impresora 3D.

Como aquellos que llamaban por teléfono años después:

—Hola. Este era mi número.

Pues eso. Mejor no llamar.

No entré en la portería. Me quedé delante. Era una especie de urbex a propósito, sin entrar en el lugar real: un decorado onírico, una escenografía abandonada.

Y entonces reviví el olor a goma del suelo. La escalera. Pude sentir todo aquello que me emocionaba entonces: la independencia. La intriga. La conquista.

Pero deseaba ilustrar, en lo posible, algunos pasajes de mi libro. Un libro que, por cierto, está pasando ahora un examen exhaustivo con otra finalidad dramatizada.

No sé qué pasará. Pero para documentar aquella historia de la revista, con sus personajes y sus sombras, nadie mejor que yo.

Dicho esto, desde estas láminas vi pasar luces de coches, amaneceres que me pillaban sin dormir y tantas otras cosas. Y como escribí:

Si las paredes de aquel apartamento hablaran, contarían detalles sensuales y exquisitos de lo allí sucedido, con mi perfume Eau de Givenchy —el del amor, no el de pardilla— y con la cadencia de la deliciosa bossa de un casete comprado el año anterior en Bilbao: “Vinicius”, de Moraes, con Maria Creuza y Toquinho “En la Fusa”.

Quedé tan impregnada, que no he vuelto a escuchar esas canciones por mucho que las amaba y sigo haciéndolo. Sonidos, imágenes y aromas, cúmulo sensorial, a veces asfixiante.

Me resisto a regresar a un paisaje anterior e interior, cuando significa tanto, por no destrozarlo con la decepción del presente. Ropa, frascos de perfumes, fotografías y objetos de los que me he desprendido para no volver a vestirme con sentimientos imposibles de reproducir.

En general, no vuelvo, ni mental ni físicamente, a los sitios donde he conocido gran euforia, siendo dichosa. La felicidad es un puñado de instantes volátiles. Jamás serán iguales. Por mucho que se ensaye la escena, ya ha sido estrenada, se esfuma al bajar el telón.

Escribir me ha llevado a esos territorios abandonados.

Lo confirmo: no debo volver donde ya no sucede nada.

Todo aquello está en mí.

No puedo creer que una Carolina de 22 años entrara allí y saliera siendo otra persona.

Lo cierto es que me estoy despidiendo no solo de Barcelona. Lo estoy haciendo con la máxima alegría. Porque sé que el día que diga basta, ya no volveré.

Ni siquiera a un funeral.


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Publicado por Carolina Figueras Pijuán

Directora artística. Coreógrafa & Creadora. Educadora. Experta senior. Autora del libro 'Memorias de una corista'.

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