En un país que confunde la vanguardia con un pollo desplumado frente a una cámara, el nombre de Ricard Reguant escuece. Escuece porque tiene oficio, porque tiene memoria y porque ha cometido el pecado imperdonable en nuestra escena: el trabajo duro, la exploración de la fórmula más adecuada y el éxito sin permiso del establishment.
Reguant es mucho más que un director de teatro, televisión y cine. Es un pionero del teatro musical en Cataluña, sin entrar en comparaciones con otros colegas de épocas cercanas. Pese a todo, su nombre ha dejado de sonar en el panorama español y, como todo profeta en su tierra, cuenta con un reconocimiento que va mucho más allá de nuestra pequeña frontera escénica —por no decir intelectual—.
Tuve la suerte de ser invitada a algunos de sus ensayos y obras en los años noventa; hoy, esa proximidad física ha sido suplantada por las redes sociales. En un momento puntual, fui crítica con un par de sus obras, pero aquello acusaba la cortedad de miras de ciertos productores o mercaderes del entretenimiento sin sensibilidad artística que ni siquiera eran dramaturgos, y no la falta de perspectiva del autor.
Reguant ha estrenado piezas originales e importadas, logrando algo que pocos tienen: el reconocimiento y el afecto de los actores. Esos mismos actores que, en términos de crítica y competitividad, a veces son como los bailarines con los coreógrafos: creen que ellos, los que no se arriesgan, lo harían mejor. O, por decirlo suavemente, de otra manera.
Ha dado muchas oportunidades a talentos que ha llevado a la cartelera. A mí también me abrió una puerta con esa generosidad de quien no teme a la competencia —porque nunca lo he sido—; un gesto de compañero sin factura posterior, aunque jamás hayamos trabajado juntos. Recuerdo aquellas conversaciones en el Café Leonés, en plena avenida del Paral·lel. Allí, entre cafés y anécdotas, la palabra puso a cada uno en su sitio, sin necesidad de confrontaciones ni hipocresías.
Pero no vengo a hablar solo de su éxito en los escenarios internacionales, sino de una obra literaria completa que recoge su devoción y una esmerada documentación sobre los musicales. Un compendio excelente, según admiradores y colegas.
Recuerdo el día en que un par de artistas dedicados a esa performance tan intangible se revolvieron contra mí con una mezcla de catalanidad posmoderna y despectiva cuando elogié el talento de Reguant para seleccionar caras nuevas y darles su primera oportunidad en una cartelera. Me lo rebatía alguien cuyo sentido estético consistía en aplaudir a un artista que ponía un pollo de supermercado ante la cámara y le pegaba plumas.
Un «acto de resurrección» sin sentido alguno que me pareció tan repulsivo como desmerecer a quien suma y no resta. Menospreciar la enorme fuente de experiencia de Reguant es no entender su pasión escénica. Es un guerrero que ha sabido encajar las traiciones y puñaladas por la espalda con la dignidad de quien puede rebatirlas con los hechos que la Historia jamás le podrá negar.
Su enciclopedia del musical es una obra que en Estados Unidos o en Inglaterra sería el canon académico por excelencia; un máster de lectura obligada en las universidades donde el arte dramático es una disciplina sagrada. Su figura ocuparía el lugar necesario en esa cultura colectiva que preserva sus talentos con el respeto que se merecen.
Reguant es el ejemplo claro de cómo Cataluña y España tratan a todo aquel que se atreve a romper el «cordón sanitario» del bulto, del montón y de la falta de iniciativa. Yo, como persona que ama el escenario —que no todos los estilos— y que todavía se emociona visiblemente, incluso con lágrimas, ante el trabajo bien hecho, me pongo en modo altavoz para apoyar este hito en su carrera.
Deseo que su autoría no sea solo una anécdota para los conocidos, sino una realidad digna de estudio y de aplauso. La obra, de cuatro volúmenes, «Historia del Musical Around the World», no es barata; el arte auténtico nunca lo es.


A estas alturas, solo me mueve esa justicia poética que con la edad no se ablanda, solo se asienta. Es obvio que Reguant ha sumado y, como tal, merece el reconocimiento de un sector que a menudo se olvida de quienes dejaron huella, para después deshacerse en homenajes cuando el artista ya no está para disfrutarlos.
Sería un error garrafal que las instituciones de nuestro Patrimonio Cultural no guardaran a buen recaudo este legado, del mismo modo que el libro del periodista y crítico teatral Marcos Muñoz, «Broadwayrriors», publicado hace unos años. Es la muestra de que el Broadway de Nueva York no solo vive de franquicias en Madrid; contamos con autores de peso que sí nos podemos permitir.
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