El riesgo de volver a Kellerman’s

​Hay musicales que tienen la virtud de emocionarte nada más sonar el primer acorde, pero que te dejan un dolor punzante al salir de la sala. No es un dolor emocional buscado por el guion, sino el que provoca la decepción. Ya lo vivimos con el infame remake de 2017: un recordatorio de que la química no se puede fabricar en un laboratorio de casting y de que hay clásicos que, si se tocan, es para elevarlos, no para desdibujarlos.

​Ahora, el anuncio del regreso de Jennifer Grey como Baby, cuarenta años después, nos sitúa de nuevo entre dos aguas.

La pregunta es inevitable: ¿realmente tiene algo que aportar esta vuelta al pasado?

​Dirty Dancing era un equilibrio perfecto entre la inocencia de Frances Houseman y el carisma magnético de Johnny Castle. Sin Patrick Swayze, cualquier intento de retomar la historia se siente como una coreografía a la que le falta la base rítmica.

​Apurar la nostalgia tiene un límite. Johnny no era solo un interés romántico; era el catalizador de una transformación social y personal. Intentar justificar su ausencia o, peor aún, tratar de sustituir esa energía, puede convertir lo que debería ser un homenaje en un ejercicio de melancolía forzada. ¿Vale la pena forzar el regreso de Baby si el «Rey del Mambo» ya no está para sacarla a bailar?

​El peligro de estos proyectos es que confunden el legado con el fan service. No necesitamos ver a una Baby madura cargando una sandía o intentando recrear «el salto» para que la taquilla responda. Si esta secuela quiere aportar algo real, debería centrarse en qué quedó de aquella joven idealista después de que las luces del salón se apagaran en los años 60.

​Si la propuesta es solo un viaje nostálgico de fin de curso, corremos el riesgo de empañar un recuerdo que era, hasta ahora, intocable. La mayor muestra de respeto hacia una obra maestra es aceptar que el tiempo ha pasado.

​A veces, no dejar que nadie «ponga a Baby en un rincón» significa también dejarla tranquila en su sitio dentro de nuestra memoria. Porque un Kellerman’s sin la presencia de Johnny Castle corre el peligro de ser, simplemente, un hotel vacío lleno de ecos que ya no nos pertenecen.


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Publicado por Carolina Figueras Pijuán

Directora artística. Coreógrafa & Creadora. Educadora. Experta senior. Autora del libro 'Memorias de una corista'.

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