Del Paralelo y aledaños

Al contrario que otras compañeras que, tras asentarse en Madrid, han borrado literalmente su paso por el Paralelo de sus biografías, yo lo conservo como una escuela de profesión y de vida. No solo no me escondo, sino que lo dignifico con cada anécdota, personal o colectiva, tal y como he plasmado en mi libro. Fue un inicio, pero nunca llegué para quedarme; al igual que ocurre con las experiencias laborales, los compañeros o incluso las ciudades donde he vivido, yo estaba de paso. Un paso nutritivo y básico, pero uno más.

La última vez que trabajé en el Paralelo como coreógrafa —con los hermanos Calatrava y ERA Produccions en el Arnau— el deterioro de la gran avenida ya era notable. Más tarde volví a Scenic con mis bailarinas de Salou, Reus y Tarragona, “Carol & Co.”, para inaugurar la I Gala de los Premios ARC; y después vino aquella fiesta de Rambleros y del propio Paralelo allá por 2010.

No estamos para lamentos, pero observo con escepticismo la realidad de la zona. Recuerdo la reapertura de El Molino, donde solamente entré una vez —cuando era todavía ese local con solera que se perdió para siempre— para ver a Núria Feliu con mi estimado Javier de Campos. También estuve en la Sala Apolo con mis chicas, “Les Girls”, y el desaparecido cantante Ferran Sinatra. Allí, un artista septuagenario intentó seducir a las jóvenes y se llevó un par de chascos. Ya saben: el conquistador vodevilesco nunca desiste, solo se transforma en algo patético.

Lamentablemente, el tiempo me ha dado la razón. El año pasado comí en ese local emblemático lleno de fotografías de artistas, un «estuve aquí» que constituye la esencia del lugar. Y, aunque valoro cada vida allí retratada, sentí una tremenda desafección. A cuarenta años vista, uno no vuelve al parvulario ni al instituto a revivir; se vuelve para entender el camino recorrido.

El Paralelo, como reinado, terminó hace décadas con una agonía constatable. Nunca fue el «Broadway español», como pretendía aquel iluminado y avezado comerciante de fantasía llamado Colsada. Su «empresa modélica» no fue más que una maquinaria de estafar cotizaciones y saltar infamemente convenios; un nido de encubrimiento de acosadores donde siempre se amenazaba con levantar el teléfono para enterrar la carrera de los artistas en Barcelona. Así cualquiera es empresario: perdiéndose bolsas de diamantes a su fallecimiento y dejando parkings y propiedades inmobiliarias por repartir en herencia. Puede que a mis compañeros y a mí nos correspondiera algo de aquel patrimonio, pero la ley prescribe a menudo a favor de los poderosos. Como de bien nacido es ser agradecido, puntualizo que mi estreno como coreógrafa fue en «la casa»: sin cobrar, pero al fin y al cabo firmando el espectáculo, donde coincidí con la eurovisiva Salomé, Antonio Amaya y Rafael Conde. Efectivamente, ya no siento nada, y ese tipo de liberación es un signo de evolución. El Apolo, el Arnau y el Victoria ya no son los que conocí. Esa página ya se ha pasado.

Porque allí reímos y lloramos, pasamos frío en invierno y calor en verano. Escondimos nuestros romances y machacamos el cuerpo durmiendo en autocares. Allí nos dieron una identidad laboral y una mínima estabilidad —siempre que no te metieras en líos—, pero también nos quitaron demasiadas horas no retribuidas, sin derecho a baja por enfermedad o lesión, obligándonos a viajar en días libres (algo prohibido por ley) y sin cotizar por nuestra categoría correspondiente.

Al Paralelo y a la profesión le dimos mucho más de lo que jamás nos devolvieron en justicia. Sin embargo, yo no me arrepiento; lo entiendo como una fase de esa capacitación profesional que no consta en los títulos oficiales ni se lee entre las líneas de una biografía convencional. Es, simplemente, la maestría de la vida.

Lo práctico es aceptarlo; lo romántico, guardarlo en un rincón de nuestra historia particular. Y así será, pues las viejas glorias ni facturan ni generan nada más que olvido, y me niego a sentir lástima. Sirva este pequeño testimonio antes de decirle adiós a este lastre cultural que la ciudad de Barcelona no ha sabido valorar.


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Publicado por Carolina Figueras Pijuán

Directora artística. Coreógrafa & Creadora. Educadora. Experta senior. Autora del libro 'Memorias de una corista'.

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