Cuando llegué al mercado turístico de esta costa, la oferta de entretenimiento era escasa: Divertipark, Galas (donde trabajé varios años) y los hoteles modestos, sin infraestructuras pero con ilusión y proyección de futuro.
Después llegó el parque temático, que se presentaba como salvador de la ocupación. Galas se quemó “convenientemente” y Divertipark aguantó unos años más. Los hoteles y campings, donde trabajé intensamente, se convirtieron en el gran pastel. Pero en diez años no vi ninguna mejora ni en los espacios artísticos ni en la seguridad laboral. Finalmente, lo abandoné todo y me fui a Turquía.
Este pastel, en lugar de beneficiar el talento local, fue devorado por agencias de las Islas Baleares y otros listos de la zona. Avispados que sabían poco de espectáculos y trataban a los artistas como mercancía. Montar una “agencia artística” es fácil: nadie controla experiencia, buenas prácticas ni los riesgos que un artista quede desamparado.
El resultado? Todas las agencias ofrecen lo mismo. El mercado se llena de caras repetidas. Los programadores rechazan artistas porque ya han sido ofrecidos por otras agencias. Competencia absurda. Pérdida de fechas. Desprecio por el talento local.
Se ha permitido que cualquiera con pasaporte, muchas veces ni comunitario, llegue con aires de certeza y desplace a los locales. ¡Tan solidarios somos! Y no olvidemos las viejos cristales y abalorios que encantaban a los indígenas del Nuevo Mundo… Treinta años después, los escenarios son indignos y peligrosos: iluminados con cuatro bombillas, y ocupados por aficionados vestidos de mercado de calle que, en una ciudad grande, no pasarían ni el primer casting.
Para quienes conocimos la clase y la profesionalidad de Divertipark, Galas o los hoteles muy bien dirigidos, el panorama actual es decepcionante.
Los artistas no se compran en catálogo como las escorts. Pagan una comisión a las agencias para ser representados. No para ser maltratados ni expuestos a condiciones indignantes.
Mi respecto para los talentos que nunca podrán trabajar en su propia zona. Los animo a buscar un lugar donde se los valore. Aquí, ser profeta en la tierra natal ya no vale nada ante productos mediocres y vergonzosos, comprados como espectáculo. Fitur lo presentará todo maravillosamente, mientras quienes pagan escapadas de lujo ignoran los escenarios menos relucientes y dorados.

Hay que poder escoger un intermedio entre hambre y dignidad. Esto en Las Vegas, Turquía, Italia, Francia o Inglaterra no pasa: el que no vale no sube al escenario. Aquí, el ‘*garrulismo’ artístico ha llegado a la cota máxima… y no quiero ni imaginar la avalancha en caída de esta pirámide de avispados que han destrozado nuestro medio, no solo de vida, de todo lo que conlleva el haber llegado hasta aquí con un legado de tan bien hacer que a nadie importa.
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