¿Os acordáis del fantasma que vi en la playa el verano pasado?
Pues parece que ha habido una nueva señal desde el más allá… o desde ese otro lado que no se ve pero se intuye, como los precios justos o las buenas intenciones. Esta vez, nada de arena ni de mar romántico: se me apareció detrás del cristal empañado de una nevera de Coca-Cola, en un restaurante de Cambrils. Porque no, ya sabemos que las coincidencias no existen. Y ahí estaba: la vida que no viví, ese tipo de reuniones que me agotan (más de cuatro personas y empiezo a levitar a la fuga), y aquel que nunca fue mi novio… convertido ahora en ¡abuelo!
Cuarenta y ocho años dan para mucho. Para callar lo que no merece explicación, para guardar dolores envueltos en papel de cocina, y para soltar sin necesidad de fuegos artificiales. Pero ya sabéis cómo va esto: el Gran Bromista del Universo siempre se guarda una ficha para sacarla cuando menos te apetece jugar. Y aquí seguimos, en esta partida donde la única forma de no participar… es morirse. Qué remedio.

Una aprende, con el tiempo, a pasar página con la misma calma con la que se archivan los recibos del gas. A quemar puentes con discreción, como quien borra conversaciones incómodas del messenger. A alejarse no porque no le importe, sino porque explicar según qué cosas es agotador… y porque a veces, simplemente, no compensa. Una acepta, ya de joven, que será la rara: demasiado intensa, demasiado distinta, demasiado todo.
Y quizás, al otro lado, con menos —con vuestra elegante resignación ante las carencias— os sentisteis mejor. Más cómodos. Sin tanto jaleo emocional. Y oye, está bien.
Porque en este camino, tarde o temprano, una acaba tropezando con la incomprensión… de quienes, sinceramente, nunca hicieron falta.
Será que yo vine con otro plan. Con una varita mágica incorporada —de serie— con la que he cumplido más sueños de los que me atreví a tener. Y hasta regalé alguno por el camino. Glinda, el hada del Norte, una principiante a mi lado. Que no es por presumir, pero hacer creer en milagros cotidianos también tiene su mérito. Preguntadle a Dorothy y sus escarpines rojos.
Este corazón no vino para regalarse en cualquier escaparate. Está diseñado para ser celebrado, con copa de cava y luces románticas, si puede ser. Y este cuerpo, que todavía me lleva y me trae por el nivel 64 de la existencia —que no del Candy Crush— resiste. Con estilo, con dignidad, sin delirar pero sin pedir perdón. Con menopausia, curvas y pesos variables y emociones en danza libre. Cosas de la creatividad y esa alma bohemia.
Esta soy yo. Atravesando duelos intensos con la misma frecuencia que hago giras por la Seguridad Social. Con dos prótesis de cadera y una vesícula menos, pero aún rodando. Como el río, como Mary, la orgullosa, la que cantaba Tina Turner sin perder el aliento ni el compás, y cumpliendo años.
Y ¿sabéis qué? Todo está bien. Que cada cual encuentre su manera de ser feliz. Que cada uno celebre sus propias victorias, en pareja, solo o en pijama.
— Mi hermano (D.E.P.), con sus fotos, sus insectos, su geología, la meteo, sus fantásticas nubes, su exploración de la vida desapercibida a través de la cámara y ese amor tan honesto por lo que hacía.
— Mi marido, con sus libros, sus inquietudes que no le caben y sus debates de sobremesa, tan profundos.
— El señor Asensio, que se pierde en los Pirineos buscando respuestas… en el intermedio de las incertidumbres cotidianas.
— Tú, fantasma querido, tan entrañable, que pasas de largo con tu sonrisa educada. Te deseo que haya valido la pena cualquier elección.
— Y mis amigas, todas tan distintas, tan valientes, con sus separaciones, sus teorías del nuevo orden mundial, sus empleos y ese coraje de sostener familias sin olvidarse del todo de sí mismas.
Me alegra, de verdad, que la vida no os haya tratado tan mal. Y que, al final, podáis decir —con o sin ironía— que jugasteis bien.
Dedicatorias
Esto va por ti, María África. Amiga heredada, joya inesperada. Nos merecemos mutuamente. Tú, con tu arte de acoger, de mirar, de escuchar.
Va también por las Lolas —la cantante, la de los abanicos, la coreógrafa y mi prima—, que están aunque no las llame. Por Mercè, Mayte, Claudia, las Elenas, Cristina, Lourdes, Vivianne, Caterina, Petra, Esther, Nuria, Yolanda, Cristina M., Pilar mi gurú. Pepi. Maria José. Marian. ¡Que ramillete de mujeres a quienes respetar, apoyar y querer!
Y por los de siempre, mis cómplices maestros entre candilejas y bastidores: Máximo Hita y Mel Castán.
Amar es urgente.
Ser feliz, una obligación.
Bendigo a todos. A quienes no importo y a quienes ya no me importan. Gracias por enseñarme a elegir, a entender dónde no quedarme. Gracias por ayudarme —sin querer— a construir un lugar propio, a mi medida, donde sentir sin miedo. Y a la vida, que me guiña desde el cristal… de la nevera de Coca-Cola.
Hay quien interpreta runas, bolas de cristal o reflejos inciertos.
Yo interpreto señales.
Y esta me dice:
Lo hiciste bien. Elegiste bien.
Seguir tu camino. Decir basta.
Y bendecir, también, lo que no fue.
Ya os avanzo el juicio al que vais a someterme, por interpretar lo que yo escribo y que es lo que vosotros pensáis: Ni buena ni mala, cabrona selectiva con causa. Y además, con un puntito de MILF.
Lo de la «Llorona» se lo dejamos a Chavela Vargas.
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