Hay sentimientos que se enlazan, tejiendo una red invisible que el tiempo se encarga de revelar. Las coincidencias, para mí, no son simples azares; son murmullos del destino.
Mi padre, un pescador de Cambrils, conoció a mi madre bailando en el viejo Pòsit, durante una de sus visitas a casa del primo José Pijuán, «Tamboros». Ya casados y viviendo en Barcelona, la vida lo llevó por otros caminos: se sacó la patronía de yate y trabajó de chófer para empresarios con «puerta para el servicio», como nosotros, los de abajo. En aquellos círculos, mi padre oía hablar de «bailarinas», no precisamente de ballet. Por eso, él, que nunca tuvo tiempo para el Liceo ni dinero para lujos, no veía con buenos ojos mi pasión por la danza. Mi madre, una modista excepcional, y yo, haciendo tareas extra, pagamos mis estudios contra su voluntad. Solo cuando cumplí los treinta, él cedió, al ver que ser artista no era sinónimo de aquello que insinuaban aquellos señores de la alta sociedad que, por cierto, tampoco pisaban el Liceo.


AMCAM. Fons Ajuntament de Cambrils. Programa de la Fira de 1978
Hace apenas unos días, al finalizar la FIRA MULTISECTORIAL (número 66), el Archivo del Ayuntamiento de Cambrils, siempre tan amable, me rescató una imagen que encierra una de esas dulces coincidencias. En mi pantalla, el programa de 1978 anunciaba un espectáculo del primer representante artístico que me dio un sueldo como bailarina: el señor, con todas las letras, Ricardo Ardevol. El ‘Ballet Condal’, que aparece en este programa, fue el precursor del actual ‘Petit Ballet de Barcelona’, del cual también fui segunda coreógrafa. Su propia directora, Isa Moren, actuaba como pareja sexy acrobática con Nando Buzi, y nosotras, sus seis alumnas mayores, la acompañábamos. Yo todavía era menor de edad y llevaba conmigo un permiso paterno, firmado ante un juez.
La vida, más allá de las vacaciones infantiles en casa de mis tías y tíos, me trajo de nuevo a residir aquí en 2006 y, después de varios alquileres por los alrededores, en 2024 estoy de nuevo en Cambrils.
De «bolo» en «bolo» por los pueblos de Cataluña, nos hicimos artistas, cobrando como tales y alternando con la flor y nata de las variedades. Para algunas compañeras, el brillo de la purpurina y los focos duró solo un par de veranos. Para mí, toda una vida. Es una coincidencia también que, en 1985 fui coreógrafa para la gran Salomé quien aparece en este programa, en el Teatro Apolo de Barcelona. Una cosa llevó a la otra, con trabajo duro y bien hecho, y aunque ya no piso el escenario para alegrarle la vista a nadie, lo hago desde la parte de atrás, con oficio. Algo que pocos bailarines de hoy saben qué es, porque no son pobres, ni ignorantes, ni mediocres; simplemente, no tienen un empleo ilusionante como el que tuvimos nosotras.
Al mirar este programa, el olor intenso de los productos agrícolas y la madera almacenados en la vieja Cooperativa, convertida en local de fiesta, inunda mis recuerdos. Vuelven a mí la sensación del maquillaje azul en los ojos y el peso de unas pestañas postizas carísimas. El maillot negro con lentejuelas plateadas, unas medias de rejilla y unos zapatitos.
Recuerdo que al volver a casa, teníamos historias que contar a los vecinos y les mostrábamos las fotos autografiadas como un tesoro que el tiempo ha emborronado con moho y polvo. Y siento que aquella fue una experiencia maravillosa que, curiosamente, comenzó justo donde mis padres se conocieron. Se dice: «Contar la feria como te va».
Así fue la mía: impredecible y extraordinaria.
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