De vocación, soberbia

Hace tres meses, un adolescente me habló de un amigo suyo que era cantante. Como tengo esa peligrosa afición por descubrir talentos (llámese deformación profesional o puro masoquismo artístico), le dije que me lo trajera, justo antes de empezar mi clase de danza moderna con tacones para mujeres de más de cuarenta: mi tribu, mis guerreras.

Y efectivamente, el candidato se presentó. Alto, desgarbado y con ese aire entre “me han obligado a venir” y “estoy a punto de revolucionar la industria musical sin mover un dedo”. Tras la emoción del momento —y para evitar cualquier situación incómoda— decidí empezar con unas preguntas básicas. ¿Estudios musicales? Ninguno. ¿Dónde te ves de aquí a diez años? Triunfando, por supuesto. ¿Apoyos? Su familia y sus amigos, que “dicen que vale”. Inapelable.

Comenzó su audición leyendo —sí, leyendo— desde el móvil la letra de un reguetón rapeado, sin levantar la vista de la pantalla. Sin voz. ¿Base musical? No había. ¿Preparación? Tampoco. ¿Nervios? Muchos.

Cuando terminó, respiré profundamente y le dije algo por lo que, sinceramente, debería cobrar tarifa de consultoría:
“Mira, hay miles como tú. Eres muy joven, todavía no tienes una marca personal, y la necesitas. Los likes de TikTok no significan nada si no hay contenido real detrás. No tienes presencia escénica. Tienes que estudiar tu actitud corporal” —le mostré cómo colocar los pies y las rodillas, porque sí, incluso eso se entrena—. “Y necesitas formación si quieres que te tomen en serio. El apoyo de tus padres y amigos es tu red emocional —valiosa, sin duda—, pero si no son profesionales de la música o del espectáculo, su opinión no cuenta para esa carrera en la que, según tú, vas a triunfar en diez años sin haber puesto absolutamente nada de tu parte.”

Encajó el veredicto sin mucha convicción. ¿Cómo me atrevía yo a desmontar su sueño?

Le dije que haría una prospección entre mis colegas para ver a quién podía derivarlo y acordamos que volvería el jueves siguiente a las cinco de la tarde. Spoiler: no volvió.

Pero yo sí estuve allí, sin desaprender ni una sola lección de la vida artística, pensando que quizá, solo quizá, el chico podría haber tenido una oportunidad, como sí la tuvieron otros jóvenes que me escucharon. Lo que ocurre es que no hay segundas oportunidades para causar una buena primera impresión.

Fin.
Quizá lo pete en TikTok, quién sabe. Es la quimera de una juventud que proyecta su carrera a través del vídeo, aquello que nuestra generación se ganó a pulso, recorriendo castings donde el “ya te llamaremos” era el equivalente emocional de una patada al ego.

Los artistas no viven de sueños. Llevan a cabo, planes con la estrategia de una multinacional o de un militar en el campo de batalla. Con ayuda, o sin ella…


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Publicado por Carolina Figueras Pijuán

Directora artística. Coreógrafa & Creadora. Educadora. Experta senior. Autora del libro 'Memorias de una corista'.

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