M.,
Treinta y tres años son demasiados, no solo para mantener una mentira, sino también para permitir que siga propagándose.
Hace unos cinco años, te pedí personalmente una rectificación y una disculpa. Lo hice porque llevabas tiempo afirmando, a quien quisiera escucharte, que dejaste de bailar conmigo por desacuerdos entre mi socio, Ángel Amar, y yo.
En cualquier equipo creativo —y más aún en compañías de ballet y teatro profesional— los desacuerdos pueden existir. A veces se hacen visibles. No está bien, pero sucede. Discutir no es pelear. Y ser testigo de ciertas tensiones mientras se lidera un equipo de once personas no convierte a nadie en víctima. Esa narrativa ha sido injusta. Y, lamentablemente, da cuenta también de la limitada trayectoria profesional que tuviste fuera de nuestro ballet.
La verdad es esta: te marchaste el último sábado de septiembre de 1992. Saliste por la puerta del escenario del Galas de Salou sin despedirte de las dos personas que estuvieron a tu lado en momentos esenciales de tu vida: cuando falleció tu padre, cuando dejaste a tu pareja, y cuando un director de televisión decidió apartarte por tu aspecto físico. Recordemos que en 1992 el sobrepeso no era contemplado ni aceptado en el espectáculo como puede serlo hoy.
Ni Ángel ni yo te dimos la espalda. Al contrario: te defendimos, te protegimos, y te hubiéramos mantenido como parte del equipo, creyendo que eras una persona de confianza. Pero, en lugar de hablarlo o buscar otros modos de colaborar —como asistente o artista en eventos—, decidiste marcharte sin explicaciones, ofendida, y luego comenzaste a relatar una versión falsa de lo sucedido.
Curiosamente, sí mantuviste tu relación con ese director que te excluyó. Irónico.
Con los años, hemos mantenido algún contacto. Has inaugurado tu escuela. Te he regalado vestuario. Has colaborado con una asociación a petición mía. Te pedí permiso para mencionarte en mi libro. Siempre te he dado crédito como artista y como persona.
Pero hasta aquí.
Ya no hay más que aprender ni sostener en esta relación. Cada vez que escucho que justificas nuestra distancia con frases como “desde que tienes una escuela ya no hay trato”, permito que el cariño que te tengo se convierta en dolor.
No, M. Rotundamente no.

Agradezco tu mensaje durante mi duelo. Fue un gesto humano, y lo valoro. Pero no borra ni compensa más de tres décadas de tergiversaciones sobre las dos únicas personas que te ofrecieron una verdadera carrera en el espectáculo, con nombre, sueldo y dignidad. Antes de eso, eras una bailarina relegada, sin futuro claro. Después de eso, tu camino ha sido aprender pagando y crear copiando. Lo confirma, entre otras cosas, ese vídeo donde usas un fragmento de una coreografía mía en una canción sin sentido, como un remiendo. Me has plagiado movimientos completos. Ni siquiera eso respetaste.
Te deseo lo mejor, sinceramente. Pero sin mí. Como ha sido en gran parte de estos años.
Saluda de mi parte al director de televisión. Con él, por lo visto, nunca hubo tanto conflicto. Vive tu vida, pero sin manchar nuestro nombre. Haz lo que consideres con tu ego, pero no a costa de la verdad ni de la integridad de quienes sí te respetaron.
Nunca he colgado el teléfono a nadie. Siempre he estado dispuesta al diálogo, incluso cuando no era fácil. Pero, ¿cómo se repara una mentira repetida durante décadas, que ha dañado la dignidad de quienes solo actuaron con las mejores intenciones?
Datos, no relatos.
Descubre más desde Memorias de una Corista
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.