Mens sana in corpore sano

Ayer me crucé con una vecina. Tenía cara de sueño, eran las 8:30 de la mañana, y me dijo con orgullo:
—Y eso que hoy no fui al gimnasio a las 7… es que anoche salimos.

Claro, el sacrificio.

Yo, la verdad, nunca me imaginé haciendo ejercicio por las mañanas. Y mira, acerté. No me perdí nada. Si no lo puedes imaginar, quizás es porque no era para ti.

En cambio, sí he sido capaz de otra cosa:
Un show de 45 minutos sin pausa, con el cuerpo, la cara y el pelo chorreando. Cremalleras atascadas, hebillas rotas, cambios de vestuario a contrarreloj entre escalones resbaladizos y tobillos vendados. Menstruaciones infernales, gripes de perder el norte… y aun así, entrega y muchísima alegría para bien de vaya usted a saber quién.
Y luego, para bajar la adrenalina, un rato en la pista de baile. Sin alcohol. Solo por gusto.
Y después, tres horas de carretera de vuelta. Todo forma parte del ritual.

¿Superación? Sí.
Pero sin selfies, sin mallas con eslóganes, sin retos compartidos en stories.

No me cuentes historias de fitness con ropa de diseño.
No me hables de “super equipo” de campeonato, si no has tenido que ayudar a alguien mientras se cambia a oscuras entre telones y, a la vez, arriesgarte a llegar tarde a escena, o incluso cubrir el puesto de alguien que se desmaya o sale a vomitar y no vuelve.
Y está bien, no hace falta que lo entiendas.
Porque la superación real no se publica, se vive.
No grita. No se cronometra.
Es constancia callada, repetida, sin testigos ni aplausos.

Y sí, hay muchas formas de activar tus endorfinas.
Todas válidas.
También con zapatilla de punta —esa que esconde dedos destrozados— o con tacón de nueve centímetros.
No por vanidad, sino por amor al arte.

Qué poca valoración recibe esto, en las escasas nóminas decentes y en la galería de la fama de un público que tan pronto te olvida.
Porque esto eleva, entrena, enseña, endurece y humaniza.
También es ‘mens sana in corpore sano’.

Tanto que se habla de humildad… no tienen sueldos estratosféricos, no venden relojes ni coches… será porque, como dijo Einstein, los bailarines son los atletas de Dios.


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Publicado por Carolina Figueras Pijuán

Directora artística. Coreógrafa & Creadora. Educadora. Experta senior. Autora del libro 'Memorias de una corista'.

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