Mirar hacia poniente, siempre hacia poniente.
La primera intención es girar la cabeza para ver cómo el sol juega con la luz, las nubes, las montañas y el mar. Dejar que, con los últimos reflejos y las primeras sombras rosadas, violetas y azules, los ojos den paso a la paz mental. Escuchar, con el mismo detalle, los cantos de algún pajarillo y el zumbido del motor cercano… y entonces, al caer la noche, poniente se convierte en una delgada línea de luces en la costa, todas ellas guiñando, mientras las luces de la ciudad se apoderan poco a poco de la oscuridad.
Mirar hacia poniente es ir allí donde me lleva el alma, y esa calma que se volvió mental es prácticamente mi luz.
Me he preguntado muchas veces por qué me gusta tanto mirar esas luces de los coches que se desplazan por la carretera en plena noche, y creo que ese primer amor nació en la calle Cantabria de Sant Martí, Barcelona, desde un piso alto, sin edificios que me ocultaran sus secretos.
Pero después, con la adolescencia… las galas, las interminables idas y venidas haciendo realidad los sueños, como bailarina de music hall, ese arte desaparecido propio de bohemios y gentes extraordinarias, capaces de llegar hasta el pueblo más recóndito para ofrecer a la gente dos horas de fantasía —a menudo, tratándose de mujeres, inalcanzable—.
El regreso a casa era siempre cansado, pero inmensamente feliz. Kilómetros y curvas, líneas blancas y tramos solitarios, donde sólo quedaba confiar en que el artista-conductor no se durmiera al volante.

Miro las luces aisladas de esos coches, cruzando mi noche diaria, y me sucede que estoy en todos ellos, y a la vez, como me pasa con los trenes, permanezco estática, viéndolos desaparecer de mi campo de visión.
¿Quién viaja en ellos?
Almas cansadas, esperanzadas, atentas o ausentes. Gente que regresa, que huye, que busca, que no sabe. Viajeros con la mirada perdida en la oscuridad de la carretera o en la luz fugaz de un semáforo. Algunos cantan bajito, otros callan muy fuerte. Hay quien piensa en alguien querido, quien desea llegar, y quien preferiría no llegar nunca.
¿Cómo son?
Son como tú y como yo: llevan historias invisibles a simple vista, cicatrices pequeñas o enormes, sueños a medio construir y promesas rotas. Hay niños que duermen, abuelos que recuerdan, madres que rezan, amantes que se buscan. Cuerpos que se mueven mientras el alma espera, quieta, el momento de volver a respirar hondo.
¿Adónde van?
Van hacia delante, siempre hacia delante, aunque no lo sepan. Hacia un hogar, un nuevo trabajo, una cita o una huida. Cruzan ciudades, pueblos, puentes y montañas. Quizás no saben exactamente a dónde, pero viajan, y en ese ir —como tú hacia poniente— se revela, a veces sin saberlo, el sentido de haberse puesto en marcha.
No necesito mucho más que una ventana orientada a poniente, la noche ligeramente iluminada y la respiración de quien me acompaña, para comprender la belleza de la soledad bien entendida y la angustia de la compañía no buscada.

Resuenan voces, ruidos callejeros, motores… ladridos en la lejanía. Y el silencio, que cierra los ojos una vez más, creyendo que es posible todo, absolutamente todo aquello que se forjó en la juventud y que hoy no quiere ser recuerdo, sino razón.
Porque para mí, levante es el pasado… y sólo me queda caminar hacia poniente: el futuro, la montaña que debo atravesar para seguir mi camino sin mirar atrás, allí donde salió el sol y volverá a salir, pero que finalmente desaparecerá delante de mis ojos para empezar a vivir de nuevo, allí donde me detuve creyendo que era un final, y no un paréntesis.
Descubre más desde Memorias de una Corista
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.