Este artículo habla de sus hijas, nietas y sobrinas. De un entorno seguro, sea escolar, amistoso o laboral. Es muy difícil, que el lugar donde conviven estas niñas, adolescentes y mujeres independientes, sea fiable, cuando en estos pequeños cestos sociales pulula una manzana podrida sea hombre o mujer, que cuenta con la complicidad, por pasiva, de otras mujeres.
Un niño o una niña que ha sufrido acoso escolar tiene muchos números para padecer el acoso sexual. El victimismo se aprende, como el cordero que no sabe que va al matadero pero cae igual, desde la infancia. La carencia de las necesidades básicas, como la protección, crea víctimas perennes. No, señora sabihonda del rellano, nadie tiene un imán para los problemas, abusos y desgracias. Esta, es otra afirmación que tenemos que eludir.
Los problemas individuales con los matones de colegio, los barriobajeros y los chulos del trabajo, se combaten con reacciones del grupo que tendría que ser categórico y no tan laxo. Con herramientas útiles para salvar los derechos personales.
Apunto a aquello tan poéticamente perfecto pero impreciso en la práctica, que en un conflicto si no se está junto al oprimido, se favorece al opresor. Lo estamos viendo cada día. Pronunciarse a favor de un bando, significa, en redes y en los medios, sumarse a esta polaridad que tanto se aprovecha para comentar cualquier tema de actualidad.
No hay protocolos eficientes. ‘Solo si es sí’, no es suficiente. Tipificar el consentimiento, en una ley, se reduce a una velada intención de juzgar donde empieza el deseo mal gestionado y acaba el sometimiento no aceptado.
Después de una azarosa semana de declaraciones en los medios, a los cuales he regalado un titular muy identificativo y con este protagonismo innecesario de hablar para que otros se conciencien, intuyo que he perdido compañeras de profesión que prefieren la amnesia, amigos más mudos que el enano de Blancanieves y el apoyo de familiares incómodos, ganando críticos inmisericordes y jueces de baratillo que nunca han sabido lo que es la humillación y el miedo.

Son sus hijas, nietas y sobrinas, quienes tendrán que defender que ‘Solo no, es no’.
No me toques el culo cuando pases cerca. No me digas, lo que me harías si no lo quiero escuchar. No me hagas bromas sexuales que me avergüenzan. No me impongas tus caprichos más turbios y oscuros aprovechándote del miedo. No me digas estrecha o frígida para humillarme ante otras personas, por revancha porque tú no me gustas o te ignoro.
Esta violencia va calando y es aquí, en el rollito de los palmeros que le ríen las gracias al patán de turno, donde se encuentra el verdadero problema. Esto que “un delito ya ha prescrito” o “no hay pruebas” de un acoso, es lo más parecido a la excusa de aquellos que sabiendo con certeza de los depredadores y ofensores, proclaman lo que dicen en la televisión, todos los vecinos de aquel sociópata que es pillado después de una atrocidad, “una bella persona y muy educado, incluso un compañero entrañable”. Será, señor o señora, porque a usted no le tocó la mala suerte de ser el blanco de su obsesión. No le resta ninguna culpa ante la sociedad, la justicia y de aquella persona a la cual ha hecho daño.
Cómo nos adoctrinaban en los años setenta: “Si alguien te toca en el autobús, no digas nada y si puedes, apártate. Si te quejas, el ofensor dirá que has sido tú, que eres una indecente que se ha apretujado o que mientes y nadie te ayudará. Pasarás vergüenza, te señalarán”.
El acoso se nutre del silencio que produce todo tipo de miedos, incluyendo la indiferencia del entorno. Es una coacción a la libertad más sagrada. La forma del abuso muta con el tiempo, pero continúa enquistado en el fondo de la conducta humana. Está en sus manos y es su deber, proteger la integridad de estos menores, jóvenes y profesionales de cualquier gremio, para los quién victimizarse no es una elección y menos su destino.
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