Intervención en Y ahora Sonsoles

Ha sido una semana inusual. De lo que comenzó como una llamada a Antena 3, para hacer constar el acoso sexual en el espectáculo, por propia experiencia y desde el lado anónimo, siendo bailarina hace 40 años, ha resultado en dos intervenciones en ‘ESPEJO PUBLICO’  y una en ‘Y AHORA SONSOLES’.

Me han tratado muy bien y agradezco la oportunidad de dar voz y crear comunidad con tantas mujeres que han estado solas, desprotegidas, humilladas y con el puesto de trabajo en peligro, permitiendo que al explicarlo (con nombres o sin ellos) nos reconciliemos de alguna manera con esa parte infame de nuestro pasado. Ya ha pasado mucho tiempo desde aquellos sucesos, se ha disipado ese dolor residual emocional, pero con la memoria intacta que va superando la desconfianza, la vergüenza, la soledad dentro del gremio, e incluso la culpa mal aplicada, como si  el hecho de ser mujer artista y lucir fuera un motivo indiscutible de acusación. No debemos cargar con ello, el gran mal del prejuicio.

RAE definición de DENUNCIAR: NOTICIAR, AVISAR Y PUBLICAR.

DECLARAR (oficialmente) EL ESTADO ILEGAL, IRREGULAR O INCONVENIENTE DE ALGO.

En este caso, DAÑINO, INNECESARIO Y RUIN.

Los comentarios del gran público, en redes, dejan mucho que desear. Me resisto a interactuar en Facebook, con desconocidos. A defender nuestra postura. Hay trabajo, profundo, por hacer. No entienden el riesgo que supone señalar a alguien sin testigos y que se puede denunciar, “avisar” sin dar nombres. A última hora, lo que les sucede a las artistas también puede ocurrirles a otras mujeres en otros ámbitos. Y a sus hijas, sus nietas y sus amigas. No estamos para dar carnaza. Estamos para contar historias vitales muy personales y bastante hacemos con compartirlas, con el doble propósito de que no queden en el olvido y que no vuelvan a pasar. Hablo por mí —creo que alguien más se puede sentir identificada— hay una reconciliación con esa faceta infame e inmerecida al exponerla finalmente en público. El desahogo. La necesidad de una mínima comprensión. Contar con personas profesionales de la información que van a llegar más lejos e influir en la sociedad para hacerla más humana. Colocar las piezas de un puzzle para dar sentido a nuestra conducta decente, como trabajadoras, por algo que no tenía que haber pasado. Pesa más la justicia, efectivamente, la denuncia de que algo ha fallado aunque sea un sentimiento personal, ante la impunidad. Si los hechos han prescrito, no se pueden castigar y a pocos importan.

Me decidí a explicar esta única verdad experimentada por compañerismo. El que yo no recibí, dejándome sola pero no callada. En aquellos años, ir a la policía no era una opción. Sin testigos y sin sangre, era una causa perdida.

Agradezco, pues, tanto a Ángela, que me contactó, como al equipo de ‘Y AHORA SONSOLES», esta nueva oportunidad de desarrollar el relato de ese pasaje tan indeseado en mi joven vida profesional. Viéndolo como una espectadora, más. Ya no me afecta. No somos tontitas, no somos pobrecitas. La industria nos ha necesitado para activar y producir con oficios ocupados por hombres y para alimentar a muchas familias. Eso es poder. Hemos sido y somos artistas porque hemos podido, hemos querido. Eso molesta a unas determinadas mentalidades. El acoso ha sido y sigue siendo otra forma de querer dominar a las mujeres libres y empoderadas, porque señoras y señores, el espectáculo en todas sus formas es muestra de poder femenino y sin nosotras no habría «The show must go on».

No, el acoso no va incluido en el pack de facturas que tienen que pagar las mujeres —y los hombres ese gran tema casi tabú— artistas para realizarse personal y profesionalmente. Y no, no tenemos ningún interés en montar shows televisivos ni en calumniar a los hombres inocentes y formales. Si se trata de daño al honor, y de demandas que no podríamos soportar económicamente, cabría preguntarse ¿Qué pasa con el daño al nuestro y la imposibilidad de llevar a estos patanes y depredadores ante la justicia?

A estos espectadores que nos critican por no dar nombres y que fiscalizan nuestra libertad de expresión, nuestro oficio, nuestra elección desde la seguridad que no nos da el sistema, así tranquilamente desde su cómodo sofá sin exponer sus vidas, les digo: contamos nuestra vivencias, ustedes nos aseguran la cobertura legal en caso de esas demandas que aun añaden más injusticia y por tanto crean más rigidez y temor ante la sociedad… y nosotras se los damos todos. Pero carnaza, gratuita, no. Nuestra palabra tiene que valer por derecho propio.

Aprovecho esta ocasión para brindar mi apoyo a todas las mujeres maltratadas, abusadas y acosadas y, especialmente, a la también bailarina Patricia Redondo cuyo caso he conocido en este programa y que pone de manifiesto, una vez más, que nadie está a salvo y que el hecho de no ser famosa no significa tener menos valor a la hora de enfrentar a la opinión pública a esta tremenda realidad.

Lo que ha unido el programa de televisión, mucho más efectivo y dando importancia a este grave asunto, que no lo separe la ley ni la sociedad.

Continuará.


Descubre más desde Memorias de una Corista

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Publicado por Carolina Figueras Pijuán

Directora artística. Coreógrafa & Creadora. Educadora. Experta senior. Autora del libro 'Memorias de una corista'.

Deja un comentario