Durante esta experiencia profesional, he combinado el espectáculo con algunas etapas como educadora de danza. Pasé tantos años dedicada al teatro, la televisión y el turismo, colaborando como directora, gratuitamente, en infinidad de eventos municipales con las alumnas de mi «Escola Carol Dansa» en Salou que duró desde 1994 hasta 2002. Las cartas de agradecimiento y felicitación de su Ayuntamiento, dejan constancia. En 2006 al volver de MNG Holding «Wow Hotels» en Turquía, estuve trabajando como coreógrafa y luego como Jefe de Animación para dos campings resorts de 1ª cat. en Salou. Esto se terminó por causas que explicaré en otro momento.
Pasé parte de 2007 y 2008 recuperándome de una lesión (la única baja laboral en mi trayectoria) del tendón de Aquiles, coja y con depresión. En 2009, me decidí a dar clases fuera del ámbito académico. Tengo por norma no acudir a los colegas desde que aprendiera que es raro que te den trabajo. Yo lo he ofrecido a otros compañeros, pero en la vida artística hay escasa reciprocidad.
Tuve la suerte de que el entonces concejal del Ayuntamiento de Cambrils, señor Klein, me recibiera y orientara hacia las entidades adecuadas. Una vez me presenté a las personas responsables de institutos y colegios, centros cívicos, asociaciones culturales y de vecinos, fue muy bien. Explico esta anécdota, conversando con las presidentas de dos entidades de Vilafortuny que me preguntaron: Con tu currículo… ¿estás segura de que quieres trabajar aquí?
Respondí que sí, en aquel momento era lo que quería hacer, alejarme de los focos. En mi caso, los niños de una asociación merecían la misma oportunidad, que los alumnos de enseñanza privada. Esa oportunidad contempla que a veces, en ambos casos, se quedan recibos pendientes por cobrar y los niños continúan ajenos a esos problemas.
Vayamos por partes.
Dentro del negocio de las escuelas de danza, está mal visto que alguien de clases en AMPAS escolares, centros cívicos, parroquial, etc. La mayoría considera esta práctica una “competencia desleal” aunque algunas de estas titulares de centros, como yo lo fui en Salou, han ejercido en algún momento en tales lugares. Se fomenta la idea errónea de que no se pagan impuestos. No es verdad, los impuestos se nos cobran por el simple hecho de vivir y proporcionalmente al consumo y los ingresos. Claro que, por este mismo motivo de la libertad en el terreno cultural y asociativo, no hay filtro y pasan personas no preparadas. Debo decir que durante muchos años mantuve unas relaciones muy cordiales con algunas profesoras de la provincia de Tarragona, incluso me enviaron a sus alumnas mayores de edad por si querían trabajar en mis ballets para el turismo. Yo también las había invitado a actuar en los festivales DANSA-LOU organizados para la Concejalía de Cultura de Salou, entre finales de los 90 y principios de los 2000 cuando aún tenía mi escuela y por tanto era “aceptada”, por tener un local.
Vamos que si tienes local eres profesional a considerar y si llevas toda la vida como profesional pero sin local, ¿vales menos?
Poner un precio «popular» de 15€ o 20€ al mes, para sacar a los niños de la calle (ahora sería hacerles levantar la cara de la pantalla del móvil), darles un objetivo cultural con muchos valores para disfrutar en comunidad e introducirlos en el baile hobby por 2 horas a la semana, no es una actividad “lucrativa ni fraudulenta”. Esto queda claro, explícitamente, en todas mis colaboraciones. No todas las familias podían pagar 60€ o más por asistir a un centro privado, añadiendo los gastos de los trajes de los festivales, los viajes de las competiciones que empezaban a estar de moda y no sigo. La práctica de la danza privada es cara. No todos los alumnos quieren hacer ciclos formativos con la obligación de aprender varios estilos.
Así como tuvimos la oportunidad de hacer muchas cosas para todos los ciudadanos de Cambrils desde 2009 hasta 2014, comprobada mi implicación con las entidades y las familias que confiaron en mí, con resultados visibles y representaciones solidarias, recibí a través de mi web una petición de información de parte de una señora de L’Ampolla.
Esta solicitaba recomendaciones, de alguna monitora, que no podía darle pues por mi actividad «no estrictamente académica» y después de más de 20 años como profesional, estaba bastante incomunicada. Respondí a la señora de L’Ampolla que solamente podía darle mis propias referencias, si le interesaba y quedamos en conocernos. Ella habló con el Mosén que participaba directamente con la “Associació Cultural Sant Jordi” y le dio vía libre para acoger a una veintena de niñas y niños en su local. Yo, había tenido buenas experiencias tanto en la Associació de Venïns de Sant Martí como con la Associació Cultural i Recreativa La Palmera, en Barcelona, todo tenía que ir bien como en Cambrils.
Ella, inesperadamente, pasó de ser la promotora de esa actividad a intimar como amiga: me habló de la historia de su familia, de sus proyectos, que cantaba en el coro local, me llevó a su casa. Incluso propuso invitarnos a mi marido y a mí a ir de vacaciones a Marrakech… a sus propiedades inmobiliarias. Con cuenta gotas, fue incluyendo, en sus confidencias, los problemas del mercado inmobiliario que gestionaban tanto ella como su marido. Que viajaba a Barcelona a recoger comida caducada de un hospital para traerla a L’Ampolla… ya que era una persona muy comprometida con la solidaridad en su pueblo. Una gran mujer, que luchaba a diario de acuerdo a sus valores. Y un día, con lágrimas, me contó por teléfono que sufría el corte de electricidad en su chalet. Ante la emergencia, le ofrecí, “tal cual”, sin santificación alguna, mi aporte económico de aquel mes para restablecerla (ya os digo que no habría bastado). Los hijos, eso era grave, no podían pasar ni un solo día en invierno, sin calefacción ni nevera. Al final se arregló sin mi participación.
Todo iba bien excepto por dos razones.
La primera es que yo adoraba a aquellas criaturas, pero algunos eran difíciles de manejar. Creaban desorden, algunos niños hasta se pegaban, tenía que separarlos. Era imposible concentrarse. Nunca me había sucedido. Mi misión en una clase general, no era educarlos ni detenerme a solventar tantos problemas añadidos, era eso o no bailar. Aquellos críos, lo mismo me abrazaban pidiéndome perdón y diciendo que me querían o me hacían llorar de impotencia por tanto alboroto. Acusé un gran nivel de estrés y pasé muchísimo frío en la estación, de noche, esperando el tren de vuelta a Cambrils, con mi mochila cargando el equipo musical de altavoz portátil para el iPod.
Yo no imparto disciplina, me niego. Detesto esa palabra en el arte. Enseño a amarse a sí mismo, la danza y la escena en unos términos de compañerismo y respeto. Sin gastos superfluos y en beneficio de la mayoría. Aquella señora, llegó a decirme que dominar a los niños debía ser un reto. A los 40 pasados, ya no tenía nada que demostrar y menos enfrentarme a retos que no me aportaban nada, esos continuos malos tragos. De tal manera, que tuve que hablar con otra madre en su bar y decirle que, no siendo partidaria del castigo, no veía otra manera de detener la situación. Restringir el acceso y valorar la responsabilidad de que su hija, como otros alumnos, adoptara el firme compromiso de portarse bien si quería volver a clase.
La segunda razón es que una tarde, se presentaron algunos responsables de la «Associació Cultural Sant Jordi», creo recordar que allí tenían el «Esplai» o centro de actividades infantiles dependiente de la Iglesia. Aquellas personas, estuvieron observando el desarrollo de la clase, que funcionaba perfectamente, con todos los críos entusiasmados. Daba gusto. Noté muchas suspicacias, mi intuición no me engaña. Efectivamente, alguien malicioso de la “bendita parroquia cristiana”, al día siguiente, puso pegas y quiso ver «lucro» donde había, solamente, un dinero merecido y ajustado a mi actividad, que no era “tributable” a efectos legales tal y como se entiende la obligación de pasar por el fisco con las ganancias anuales. Yo no llegaba a esos requisitos. El precio era simbólico, teniendo en cuenta las casi 5 horas diarias que me suponía aquella actividad. Pagábamos la luz que usábamos. Los viajes en tren ya costaban 100€ mensuales. Nunca quise saber nada de manejar aquel dinero.
No era cuestión de dinero, eran celos por el éxito de la actividad que, por supuesto hacía sombra al «Esplai», su dominio, en su pueblo.
Entonces, le quitaron la llave del local a aquella señora que había hecho el esfuerzo de «culturizar la zona». Nos trasladamos a otro local cerrado, oscuro y frio. Después al centro cívico municipal, a una sala pequeña. Eso sumado a mis ausencias por un par de cólicos de riñón, un herpes en la espalda, una cirugía de emergencia del perro (que no iba a dejar solo en casa) y un corte de tráfico del tren sin poder llegar, derivó en que esa señora me enviase un escueto mensaje de voz diciéndome que se desentendía del asunto. Le respondí muy disgustada; tú me llevaste allí, las cosas se hablan y se toman decisiones ¿y los niños, qué va a pasar con ellos? Así, por teléfono, sin margen de acción, acabó una relación que pretendimos dichosa, peor que las separaciones por whatsapp.
2009 fue un año complicado. Mi padre acababa de fallecer. Rescatamos y adoptamos una podenca abandonada en el campo durante la nevada de San Esteban. Ya estábamos en mitad del curso en 2010. En un intento por recuperar la posibilidad de volver a reunir a aquellos niños y niñas, llegué a llamar a una madre que trabajaba en el Club Náutico y supe por su propia versión, bastante fría y sin esperar a escuchar mis conclusiones, lo que imaginaba; los niños estaban desilusionados porque creían que los había abandonado. Que era, yo, la única responsable.
Reuní las fuerzas para llamar al Mosén y decirle, con las cuentas tan simples como claras, que de ninguna manera hubo lucro. Me había visto envuelta en una situación caótica llena de malentendidos y sospechas infundadas. El Mosén me respondió que lo comprendía y me dio las gracias por la sinceridad… pero no tuvo ningún gesto para ayudar a reunir aquel grupo infantil, tan valioso, los más perjudicados. Esto no es una casualidad; en los años 90, ningún párroco de las dos iglesias de Salou quiso cambiar los días y horas de catequesis cuando coincidían con las clases de mis alumnas de danza.
Como se defiende en la película «Footloose», os recuerdo estas palabras del ECLESIASTÉS 3:1-14:
Hay un tiempo para matar y un tiempo para curar; un tiempo para destruir y un tiempo para construir. Hay un tiempo para llorar y un tiempo para reír; un tiempo para hacer duelo y un tiempo para bailar. Hay un tiempo para arrojar piedras y un tiempo para recogerlas; un tiempo para abrazarse y un tiempo para separarse.
Gala «Per amor a l’art», Sant Jordi, Casal Municipal de la Gent Gran, Cambrils

Gala del Mercat de Nadal, Freesia, Salou

Seguí con mis clases en varios centros de Cambrils: IES Ramon Berenguer IV; CEIP Marinada; Associació Cultural de Vilafortuny; Associació de Veïns Nou Cambrils, a la par que preparaba el futuro ballet show de “Les girls”, con algunas alumnas destacadas del IES Ramon Berenguer IV y del IES Mar de la Frau (donde también dí algunas clases) llegando a la televisión y a la famosa “Sala Apolo” en Barcelona, en dos años, con el cantante y compañero Ferrán Sinatra, finalista de “Tu sí que vales”, en Tele5. Por mucho que alguna persona escéptica, me dijera en un ensayo delante de ”Les girls”, que no conseguiríamos nada. Al menosprecio se le responde con hechos, es una constante en mi existencia. También hicimos varios shows solidarios para entidades de Cambrils y Salou además de participar en la «Nit d’Artistes» en el Parc del Pinaret. No tengo información, todavía, de que un grupo de bailarinas residentes de Cambrils haya participado profesionalmente en diversos espectáculos de Barcelona. La única razón de que “Les girls” no continuasen, es que mis queridas chicas han tomado rumbos muy diversos pues todas tenían otros objetivos.
Aquel importante e inusual proyecto educativo en L’Ampolla, con aquellos niños, todos alumnos de «Escola Mediterrani», que tanto prometían en talento y felicidad (si los padres me hubieran ayudado un poco más a mantener el orden necesario), se destruyó. Acostumbrada a «solucionar problemas» de gran envergadura desde muy joven, era absurdo que, sin contar conmigo, no se llegara a un acuerdo totalmente benéfico. Luego, con el tiempo, comprendí que tanto aquella señora como yo, conocimos desafortunadamente otro caso de misoneísmo. Personas tan diferentes al entorno, que rara vez son aceptadas. Personas que suman y tienen más amplitud de miras. La vieja historia de los innovadores y motivadores que no se conforman con lo establecido.
Quise «rescatar» dos o tres de aquellas adolescentes para integrarlas en el grupo de Nou Cambrils, una era la hija mayor de ella, pero sus padres no las dejaban viajar solas en el tren ni las podían llevar. Lo que más me dolió y todavía hoy me causa tristeza, por mucho que la empuje hacia el fondo del alma, es que no pude despedirme de aquellos niños que rondaban entre los 10 y 14 años y que hoy son adultos. Esa es una de las razones de que no haya vuelto allí y me pierda sus fantásticos atardeceres como los que contemplé desde los ventanales del local de la “Associació Cultural Sant Jordi”. Una verdadera lástima.
En ese momento mi síndrome de Mary Poppins, comenzado en Barcelona en 1979, menguó un poco. Por distintos motivos personales, necesitaba aminorar. Cuando dejé de dar clases en 2014, les dije a “mis niñas” de la Associació de Veïns Nou Cambrils, que eran mis penúltimas alumnas. Sofía, lloraba desconsolada.
Tengo en mi haber, la felicidad de más de 500 menores y adolescentes a lo largo de mi tarea educativa, motivadora e incluso orientativa, desde Sant Martí en Barcelona hasta Cambrils, pasando por la etapa privada en Salou y finalmente en L ‘Ampolla. Eso no cotiza para la jubilación pero contribuye a mi paz, mi convicción y a mantener vivos algunos de los mejores recuerdos de su infancia. Carol, ha habido hasta en la sopa, con ilusiones y con realización para todos. Yo quiero a mis alumnos y bailarines. A todos en cada etapa de mi vida.
A veces, solo a veces, creo que viene el viento del Este y va a llevarme con mi bolsa, mi iPod y mis zapatos de baile otra vez. Nunca se sabe. He de estar allí donde me corresponde, donde soy necesaria o necesito estar, es lo mismo, la extraordinaria coincidencia que todo lo hace posible con música y danza. Ha valido la pena, lo hemos disfrutado juntos y sabíamos que un día nos alejaríamos. Todos estamos de paso. Pero abandonaros, mis mayores cómplices y grandes compañeras de viaje, nunca.
Niñas y niños, tremendos, maravillosos de L’Ampolla, os quería. Os llevo en el corazón. Espero que estéis todos bien, seáis felices y capaces de guardar un buen recuerdo de nuestros bailes con “Felicità, tà tà” de Raffaella Carrà.
AQUÍ TENÉIS MI ACTIVIDAD COMO EDUCADORA DE DANZA. Con escuela y sin ella.
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