Lo mío con Fred

Después me acerqué a la calle Mártires, directa a la tienda de música R3, donde, tras rebuscar, encontré un doble casete de Frank Sinatra, el cantante de la tarta strudel y con cuyas canciones podía pasarme horas bailando, llevada por el swing, protagonizando escenas glamurosas con un largo vestido imaginario como los de Ginger Rogers. Lo había hecho desde niña, bailar con Fred Astaire cuando no miraba nadie, entonces, con más razón pues ya tenía tablas. De hecho, yo era una de las miles que habían sufrido el conocido “síndrome Astaire”, según se había estudiado en Estados Unidos, por el efecto que el artista causaba en las mujeres de toda clase y condición.

A este fragmento del capítulo 4 “Ciudad solitaria”, le corresponde una versión ampliada de la directora.

Mi fascinación por Fred nace con la televisión, en blanco y negro. No habría querido ser bailarina sin los musicales de finales de los años 60 y de los 70. Películas que reflejaban un estilo de vida totalmente distinto al que me tocó creciendo en Sant Martí. Coristas, cientos de ellas. Glamour y vestidos maravillosos. Canciones pegadizas. El swing. Y Fred, cuyas partenaires eran adorables, divertidas y elegantes ¿quién no querría bailar y cantar con un hombre tan galante y carismático?

En mi familia hubo afición al cine pero no al teatro, eso es descubrimiento mío, en concreto debutando como narradora de “El flautista de Hamelin”, con mi clase del Centre d’estudis Montseny en el “Centre Moral i Cultural” de Poble Nou, antes de instaurarse la E.G.B. y como bailarina de ballet en el “Casino de l’Aliança”, también de Poble Nou a los 12 años. Si en el Centre Moral i Cultural todo fue rápido y poco disfrutado, aunque se mantiene en mi mente ese micrófono puesto a mi altura, el escenario y los niños evolucionando de aquí para allá, en el Casino de l’Aliança todo se refresca a cámara lenta. Las escaleras hasta los camerinos pequeños; los trajes colgados; los palcos donde nos sentábamos a mirar a las compañeras; los ensayos, el olor de la madera y el debut.

Como he explicado alguna vez, escuchando a reputados personajes,  la tradición de bailar ballet en los países del Este, especialmente Rusia, surge de la mera ambición infantil. Llevan a las niñas, no importa de qué condición social, al teatro y quedan extasiadas ante la contemplación del éxito hecho tutú y ese maravilloso objeto de deseo y tortura; las zapatillas de punta. A esas niñas, les preguntan si quieren ser primeras bailarinas sin que sepan lo que de verdad esconde esa vocación. Ese mundo de cuento con ramos de flores, aplausos y reverencias. La dureza de los severos profesores que castigan y perdonan la vida a los principiantes sometiéndoles a un trabajo físico extenuante y hambre, en nombre de la disciplina y de la fama… todo eso atrapa. Es su objetivo. La exclusividad de ser elegida.

Bien mirado, la cuestión es elevarse, destacar del resto; sea “sur la pointe” con una tragedia romántica al uso o con los taconazos de 9 centímetros de la corista más exuberante y frívola.

A mi ya me iba bien, para empezar, ser corista, no tenia ambición de prima ballerina porque ya sabía que no iba a dedicarme al ballet clásico sobre los 16 años. Había bailado en los bolos de fiesta mayor de los pueblos con Ricardo Ardévol y en el Club Amigó. Ya me habían cautivado los encantos del Ballet Zoom con don Lurio y Raffaella Carrà, la moda del ballet moderno. No necesitaba más sacrificio, castigos estúpidos y desproporcionados por cualquier cosa, ni la aprobación ajena para decidirme a bailar profesionalmente. No tenía con quien compartir ese tesón ya que nadie de mi entorno se había aventurado.

Sola, como adulta, seguía entusiasmada con la imagen idílica que me proporcionó Fred Astaire (Gene Kelly también pero sin comparación) en un momento de máxima inspiración para aquella niña que yo había sido: ni pandillera follonera, ni centro de atención, ni destacable en nada más que las redacciones y la imaginación. Pero eso, lo de Fred, no podía ser. Lo más cercano a ese modelo de vida de artistas, era el espectáculo de variedades y la revista que me causaba mucha curiosidad pues, queráis creerlo o no, me creía capaz de encajar en un coro de veinte chicas. De encontrar mi sitio.

El síndrome Astaire, me dejó ese regusto amargo de, habiendo bailado con varios chicos en los espectáculos, no poder hacerlo con un hombre que me gustara, con quien sintiera algo parecido a lo que transmitía en la pantalla. Vamos, enamorarme bailando, idealizado seguramente. Nunca sucedió.

La impresión más grande, en el sentido de la emoción, fue mi primer baile social en una verbena de Sant Pere en Cambrils en el antiguo y derruido Pósit (qué lástima lo que han levantado allí), con mi padre y entonces mi cabeza le llegaba por encima de la cintura. Tampoco pude aprender swing, no se enseñaba. Ahora sí. En los espectáculos me he disfrazado de tantos personajes, también había que interpretar no solamente bailar, que llegado el carnaval no tenía ningún aliciente.

A principios de 1983 conocí a Ángel Amar. En realidad nos había presentado Elsa Montserrat, en 1982 en la Cúpula Venus durante el espectáculo de Christa Leem, resultó como si fuera otra primera vez. A medida me contó cosas de Estados Unidos, de Inglaterra, de Venezuela y de todos los países de Oriente Medio donde había trabajado, me di cuenta de que podía estar actuando como bailarina pero que todavía me quedaba mucho que aprender, esas historias con tanta experiencia y empaque no corrían entre camerinos. Batallitas, como las que contamos entre risas y el famoso hit de cada encuentro «¿Te acuerdas?», muchas. No hay conciertos nostálgicos para los artistas de music hall de los 70 y de los 80, como mucho alguna cena de las incansables «molineras» que son el pegamento de la memoria del Paralelo.

Todo esto viene a cuento porque durante su estancia en la televisión de Venezuela con Reny Ottolina, Ángel trabajó con un coreógrafo asistente de Hermes Pan, el coreógrafo personal de Fred Astaire. Cuando uno dice coreógrafo personal, está hablando del cómplice absoluto de la estrella, quien cuida y comparte el resultado final de una puesta en escena en el cine, y Fred especialmente no dejaba nada al azar ni una simple toma pasaba sin su revisión y la vigilancia de Hermes, por ejemplo: no quería planos parciales y menos de sus pies.

No poseo nada de valor, nada. No me gustan las joyas ni la ostentación. Jamás he ambicionado bienes materiales, he sido consecuente con mis humildes raíces. La sola idea de comprometerme para toda la vida con una casa, atarme a un territorio y una comunidad viendo pasar la vida con las mismas personas y paisajes no me ha seducido, al contrario, huyo. Tarde o temprano desaparezco del vecindario, hay algo más que me llama. Puede que sea el “gen de la exploración”, en serio. Soy nómada, me cansaré del presente otra vez. Esto no casa con lo establecido que me parece aburrido. Es lo que hay.

Atesoré discos de musicales de Broadway que van camino a casa de un amigo que los disfrutará más que yo. Me conformo con el portátil, por la facilidad creativa, teniendo en cuenta que lo que me importa sea escrito o material gráfico ha de tener su copia de seguridad y otra copia por si acaso. Es un rollo, asegurarse de que todo permanece. Mis álbumes de fotos y de prensa, como artista y educadora, permanecen en la primera fila de la donación a algunas entidades, como he hecho ya con algo de material teatral para el MAE del Institut del Teatre.

Hace un tiempo, Ángel me regaló un cronómetro. Este era un obsequio significativo del coreógrafo que tuvo en Venezuela y perteneció a Hermes Pan. Así que algo vinculado a Fred Astaire llegó a mis manos de la forma más fantástica que jamás hubiera imaginado. No es de plata, no tiene ninguna inscripción, pero estuvo ensayando y bailando en el mismo espacio y tiempo, con Fred Astaire. El mensaje de este cronómetro, prácticamente sin valor económico pero sí emocional, es bien claro: vivimos el presente, trabajamos por el futuro pero contamos hacia atrás. Nos faltan unas horas para un examen. Queda tanto para un parto. Embarque, aterrizajes. Las pruebas médicas con toda la incertidumbre que arrastran. ¿Papá cuando llegamos, falta mucho? El estreno será en tres días. Tu contrato vence, a buscarte la vida otra vez. La hipoteca del banco, como los austeros maestros soviéticos tampoco perdona. La premura, la lentitud… la vida que pasa.

Cifras, signos de vida. Tiempo que nos da una perspectiva, que no cura nada ni pone a nadie en su sitio. Solamente cuando ha pasado, parece que comprendemos mejor y entonces “ hubiéramos hecho”… «y, si de otra forma»… no nos lo pone fácil cuando está todo por hacer y es prácticamente posible que ese inabarcable “todo”; pueda realizarse.

Bailo con mi marido en los pasillos del super, lo adoro y me divierte. Yo soy de esas mujeres que necesita que su hombre sea más alto que ella. Será una excentricidad, o no.

Parece una locura, pero cuando ví la maravillosa película “Pennies from heaven”, con la escena que imita “Let’s face the music and dance” interpretada por Steve Martin y la mega diva Bernadette Peters, supe que en todos esos años de exploración personal, estuve bailando con Fred, mi único compañero de viaje. Quien más me conoce, una vez fallecida mi preciosa madre. Delante del espejo del armario del dormitorio de mis padres en la calle Cantabria; enfrentándome al inmisericorde, exigente y sádico cristal de la academia escuchando solamente voces de reproche y humillación; en los camerinos viejos poniendo caras riéndome sola; cuestionándome las decisiones en las pensiones miserables; disfrutando la tontería en los hoteles de 4 estrellas; asumiendo los estrenos gloriosos con ducha de cava y echando un pulso en los ensayos más farragosos; en las separaciones; en los enamoramientos consumados (pocos) y con mis bailarines y alumnas para gran disfrute. Hasta que un día, como responsable e ilusionada ya lo era desde niña, no se me ocurre la razón, dejé de hacerlo.

El logo de mi «marca», es desde hace muchos años, una silueta de Fred Astaire.

Si no es mucho pedirle a la vida y atendiendo a esa verdad publicitaria de que no tenemos sueños baratos, me falta volver a disfrazarme e interpretar ese rol deseado: ponerme un vestido largo y vaporoso con unos zapatos bonitos, para mantener esa ensoñación un poco más. No es lo mismo con tejanos, ni con bikini de paillette, no, no. Detener el tiempo en algún lugar, con mi recuperado Fred Astaire, cada vez que lo veo en una película. Donde pueda saber y sentir definitivamente qué era eso, bendición o maldición, que estuvo motivándome a bailar con muchas personas, de paso. Tan preocupada por las llamadas de teléfono y los contratos, cuando lo que tocaba era bailar como si no mirase nadie y hacer muchas más locuras de las que hice. En mi mundo profesional, capaz de compartir cualquier alegría, disfrutando de ese privilegio con tantos compañeros queridos y sin embargo sintiéndome tremendamente sola sin ese perfecto partenaire que tanto deseé encontrar para por lo menos una vez, solos con la música y un par de cenitales en un teatro vacío, bailar la única fantasía que no he podido cumplir.

Puede que este sea el último síntoma del síndrome Astaire.

A veces, lo tienes todo tan al alcance de la mano que por eso es imposible tenerlo. Y si lo tienes, algo se te lleva a cambio y normalmente es más importante. Mi gratitud es infinita por todo el placer mental y la compañía que esa imagen feliz me ha proporcionado. Solamente me queda meterme dentro de uno de esos viejos televisores de los años 70 y decir; ¡que os den! A la seriedad; a la disciplina; al “tú no puedes”; al “eso no es un trabajo”… al soniquete de “la mujer artista es una puta”, a los palos en las ruedas, al camino de piedras innecesarias con tacones de 9 centímetros y a los impedimentos que superé porque no creo en el determinismo pero sí en la determinación.  He ido a lugares, he amado y vivido intensamente, con, en y del espectáculo con toda la pasión, sin represión, sin sumisión y he realizado más que lo que podía imaginar. Lets face the music and dance!

No son cabezazos contra la pared por mantenerte en tus trece y luchar, eso te lo dice quien se ha rendido. No lo hagas porque lo dicen los demás, toma tus decisiones con tus entrañas, no se equivocan, son tu segundo cerebro.

Lo mío con Fred no se ha acabado y sé exactamente el día que sucederá.

Dicen que es «ley de vida» pero justamente eso, de vida y de ley no tiene nada. Cuanto más sabemos menos tiempo tenemos para aplicar la experiencia vital. La vida es un bol de cerezas, y las cogí todas hasta el empacho.


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Publicado por Carolina Figueras Pijuán

Directora artística. Coreógrafa & Creadora. Educadora. Experta senior. Autora del libro 'Memorias de una corista'.

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