Hace unos años apareció el termino “mujeres reales”. Era una estratagema publicitaria que no tenía nada de diversificación altruista. Me explico: Mujeres reales somos todas.
En cada época, los cánones estéticos han dictado (de dictadura) unas medidas. De repente, ser guapa, alta y delgada como una modelo, era irreal.
Yo, que como bailarina he perdido un trabajo por dos kilos de más, sé muy bien lo que es el temer a la báscula. Y estar gorda. No, no eres más simpática, o buena persona con sobrepeso.
Nunca he sido delgada, de talla general en el grupo donde he convivido, ni falta que me ha hecho. Pero estar gorda a los 40, me causó perjuicio en las relaciones laborales expresamente como profesora de danza y coreógrafa, pues todo me costaba más, me cansaba y empeoró mi imagen profesional. Tuve que escuchar, de parte de un agente artístico de Tarragona: “qué lástima, una mujer de tan buen ver”. El novio de la madre de una alumna me dijo en plena calle; ¿cómo va a ser buena profesora de danza si no es delgada? Incluso, teniendo recursos y un alto nivel de entrenamiento para encarar la vida complicada e inestable de artista, me sentí un poco insegura. ¿Porqué? por los demás, esos, cuya opinión no nos importa pero que siembran odios, calumnias y mentiras por igual.
Como la incipiente gordura se juntó con el anticipo de ese misterio biológico que solamente compartimos con cuatro especies animales, la menopausia, también empeoró mi autoestima notablemente, a pesar de que no afectó para nada a mi inteligencia y a la natural empatía que profeso a las personas aunque no sea cariñosa ni empalagosa. Dejé de comprarme ropa con la ilusión de que iba a perder algo que mi cuerpo se negaba a dejar ir: el lastre, los cojinetes acolchados para que no me dolieran más las caídas emocionales, mis defensas de grasa para seguir pensando y a la vez amortiguar más golpes de la vida. Cuando has estado bailando 6-8 horas diarias… y aminoras el desgaste… tu cuerpo va a reclamar lo que le quitaste en cuanto te descuides, va a atesorar energía creyendo que se lo vas a quitar otra vez. Te vas a sentir mal, enferma, eso es lo que me pasó.
Mujeres reales son las altas y bajas. Las flacas y corpulentas. Las que han sufrido una mastectomía. Quienes van en silla de ruedas. Las bulímicas y las anoréxicas. Las amas de casa y las emancipadas laboralmente. Las madres y las no madres. Las maduras y las jóvenes. Las feas y las guapas. Las que viven la menopausia sin ayuda terapéutica, porque “es natural” aunque a algunas nos haya destrozado la vida, cuando biológicamente no necesitábamos ser abuelas para ayudar a las hijas como madres jóvenes con su prole, la principal razón de esta putada genética. No soy abuela, a mí no me tocaba perder esas hormonas.
Ese enunciado tan hipócrita «mujeres reales», sirve para vender un desodorante, compresas y moda. Es mejor subirse a su carro, quiero decir está mejor visto. Más tolerante. Más beneficioso económicamente. Más de sociedad justa. Otro dictado (de dictadura) más del tiempo que nos ha tocado vivir.
Pasé de un sobrepeso a un “debajo de mi peso” correspondiente por estatura y edad, por varias razones; la primera y más drástica se produjo por problemas digestivos no específicos sin causa orgánica y muchas urgencias. La segunda por cálculos biliares muy dolorosos, compartiendo un tratamiento de ortodoncia y la tercera porque a mi cuerpo le dio la gana de nivelarse con el peso que me corresponde por salud y no por estética, de manera que a los 61 años llegué a tener los 25 kilos menos, igual que a los 31 años.
No hice dieta. No hice ejercicio. Y, ser más delgada, recuperar parte de mi físico con el cual me he ganado la vida siendo bailarina “porque me lo podía permitir”, exhibiéndome como las modelos, actrices y vedettes, tampoco me hizo más feliz. Estaba demacrada, débil y triste. Así que poco a poco he subido 10 kilos más, para soportar el día a día sin agotamiento de energía. Lo siento, la mía no es verde ni renovable.
En definitiva, de estar “buena” a estar “de buen año” hay un paso. De ser mujer real, con barriga que detesté y detesto, a madura con todo el pelo blanco hay otro paso. En esas estamos, decidiendo que todo es diverso y en ello radica la belleza.
Yo hago videos de avatares, una vida fantástica en el metaverso permite elegir la apariencia, es una cuestión artística, puedo dar rienda suelta a mi creatividad. Las personas detrás de todos esos avatares en 3D eligen su aspecto. Pero algunas de las personas que conozco en redes y que no van de ese palo, postean con un avatar, en realidad un “dibujo inanimado”; que “oiga” ninguno es gordo (por mucho que esté normalizado cuando sabemos que por salud corresponden unos volúmenes y tallas) casi ninguno calvo…más que los fielmente adictos al rasurado antes que al peluquín y rara es la mujer que se muestra con el pelo tan canoso como yo. A mi me da igual. Me importa la calidad personal (y los dientes que no estén torcidos lo reconozco), aunque está claro que sea por la proporción áurea o por el martillo mundano de lo establecido, lo bello atrae más.
La prueba la tenéis en First Dates y en las webs de ligoteo. Todos buscan y exigen cierta belleza y la “no gordura” cuando algunos ni son guapos ni delgados… la tonificación (aparte del mantra insoportable del senderismo que ya es un rollito dentro de otro rollo) ciertos deportes para demostrarse no se el qué y huyen del sofá como de la peste. Y viajar, eso sí, viajar. Ese autobombo del «empotrador» y de la «calentorra manifiesta», me hacen reír, ¡olé! menudos valores del amor para proclamar a las nueve de la noche. Ahí me tienen haciendo un trabajo de campo, para saber que yo; «ni gustaría a nadie ni nadie me gustaría a mí» en First Dates.
Eso es lo que se lleva, tanto como estar gordo con el riesgo del colesterol y los problemas cardíacos, el derecho al abuso del tardeo veraniego y la obligación procesional, eucarística, de consumir la hamburguesa doble (que siempre está de oferta por una razón u otra) en la gran superficie. Pues nada…. hay que vender gel de baño, lubricante vaginal y ropa 3XL como rosquillas para que la gorda ( que se siente fea y está enfurruñada) que llevamos dentro no se ofenda por ser ignorada.
Lo pasé tan mal siendo gorda que me quedó esa secuela de no querer serlo nunca más y si subo dos kilos, vuelvo a bajarlos. Una experiencia personal: solamente eliminando el pan de la comida y la cena, las magdalenas, galletas o bollería del desayuno y la merienda se van cinco o seis quilos solos… y se notan. No paso hambre. No hago dieta. Consumo almuerzos de camionero, los sábados, con mi marido que me ha enseñado a disfrutar los simples momentos de la vida normal. Prefiero quitarme ese pan adicional que quemar la gula en el gimnasio al que no pienso ir porque después de toda una vida de sacrificios de caprichos del estilo “esto no se come” y “esto no lo puedo hacer” para conservar mi puesto como artista, resulta que ahora si puedo. Sin mentiras. Sin redenciones marianas. Si me paso un día, recorto al siguiente, sin fustigarme.
El cuerpo va cambiando, lo que no es saludable es conformarse mentalmente al deterioro. Después de liberarme de la coloración del cabello por las canas, es posible que me vea más mayor pero no soy más vieja ni desfasada, con colores imposibles que no hacen ni moderna ni joven.
Todos dicen: “cuídate”, ya no tengo claro si es un buen deseo o una advertencia sibilina. En realidad, detrás de cada selfie molón habita esa soberbia totalmente comprensible de “yo sí puedo” que cualquier bailarina, modelo, actriz, vedette y MILF o Cougar conocemos tan bien. Ahí subyace el mensaje de los grandes culos y de los grandes muslos latinos que imperan en la industria musical; Tú quédate con la diversidad y la mujer real… y paga más por las tallas grandes. Que yo sé que estoy buena… que soy “follable”, eso es lo que sucede en esta galería de las vanidades, con la excusa del empoderamiento femenino.
Quien lo niegue puede contarme otro cuento. Nunca me ha interesado despertar ese deseo especial en un hombre o una mujer (y lo he hecho) desde el escenario. Bailaba en bikini y en topless (ya sé que se puede escribir solamente con una «s» como vedette con una «t») sin ningún problema porque era lo que se llevaba. Era una comercial de la fantasía, trabajando duro y decentemente en unas condiciones que harían gritar de furia a cualquier sindicalista. Lo íntimo, mi sagrado continente ganaba más que un hombre bailarín (no tenía que pedir igualdad) pero mi contenido, no ha “facturado” nunca.
Esa trayectoria como artista, no la hubiera tenido nunca para demostrar que podía coreografiar, organizar, crear y dirigir, siendo flaca, baja o gorda. En el espectáculo también mandaban unas medidas. Pero real, lo que se dice real, lo soy.
¿Estás a gusto?, quédate. No lo estás…. pues, date un golpe de Estado y cambia el gobierno de tu cuerpo, porque en definitiva has de gustarte a ti misma. Si no sucede así nada va bien y todo se sube a la cabeza, ahí comienzan los peligros; autoestima… no aceptación ajena… dificultades añadidas.
Mujeres reales, somos todas. Si alguna vez fuimos bonitas y así nos sentimos, no vamos a hacer penitencia por ello, con más castigos añadidos a la femineidad, cuando ha llegado este tiempo de que para ser políticamente correcto “hay que alabar y justificar la gordura como diversidad”. Conmigo no contéis, palabra de ex gorda y no tengo «gordofobia», no se me exalten los cabreados por todo.
Toda la vida he conocido a personas de distintas tallas y os lo digo: de puertas para fuera el discurso será el de la inclusión pero en la confianza de los círculos cerrados, se resume a que ”gordos, feos, bajos y bolleras” siguen dando tema y burla variada. Con alguien hay que meterse además de con las putas, los maricones y los “siete machos” que mandan en el espectáculo.
Vivimos en una época de videoclips musicales que siguen denostando a la mujer, mucho, mucho más ahora que en los tiempos de la revista, donde todas éramos desde coristas a vedettes, unas diosas. Este es el tiempo donde se hipersexualiza y exhibe a menores con bailes y letras de canciones inapropiadas, propias de chulos con cadena de oro en un garito cutre, con tal de obtener «likes».
A mí no me avergüenzan mis tetas de los 26 años, ni en la playa ni por exigencias del guion. Pura creación de la naturaleza. No me avergüenza una feminista resabiada; ni un salido cateto que no entiende que se mira pero no se toca, ni la opinión de un colega de «si son o no son de su gusto», teniendo en cuenta que solamente podrá soñar con ellas…. Ni la mujer que se ha atrevido a comentar un vídeo mío de TV3, insultándome en nombre de su religión. ¿Qué hacías mirando lo que te está prohibido? La guarra eres tú, que cuestionas mi decencia por el cuerpo y no por el alma.
Como no tengo dioses, una culpa que me ahorro. Soy occidental, suerte la mía. No me someto al patriarcado, ni a nadie, nunca y menos todavía hago caso a la frase tipo remedio casero: «por tu bien». Y las mujeres, criticando, las peores. Parece mentira que haya sobrevivido a todo esto, con celulitis ocasional por las dichosas hormonas que tantos festines, como hembra, me han proporcionado.
Detesto hablar de comida y no soporto a la gente que te cuenta que se zampó tres platos y postre con todo lujo de detalle, en un mundo que se muere de hambre mientras los basureros traseros de los establecimientos de alimentación rebosan sobras. Detesto la estupidez del pago de tratamientos y dietas de lujo mientras basta con ser moderado; 100 gramos de menos al día son 6 kilos menos al año. Las calorías sí que se cuentan, señora mayonesa ligera, eso también es cuidar el planeta.
Ahora, también te digo; si tienes que darte un atracón… pues te lo das, tu cuerpo te pide caprichos como los antojos de las embarazadas cuando le falta un nutriente.
¿Por qué decir gordo suena tan despectivo? ¿por qué nos ha dolido tanto a la mayoría?
Repito, no soy abuela y no soy gorda, quiero que me devuelvan mi regla, mi “podermujerío”. Ya que finalmente, esos listos de las agencias de publicidad que manipulan (a algunos más que a otros) han entendido que la sangre es roja y no azul, como la de las princesas y los extraterrestres.
Yo era, desde los 18 hasta los 39 años esa mujer que ahora está de moda, que tiene de todo y bien puesto, solo que como siempre me ha pasado en muchos aspectos iba por delante unos años. Y una cosa, tengo la foto de 1991: Soy más alta que Ursula Andess y no tengo nada que envidiarle a la chica Bond. Toma ya baño de ego y alimentada con producto catalán, le pese a quien le pese.
Esta entrada de blog, se la dedico a aquellas que tanto me criticaron por ser «diferente», sin tener ni puta idea de lo que me estaba pasando de joven, mientras soñaban que bailarían y no hicieron nada, nada más que plegarse a su propia incapacidad de invención del futuro, a su entorno «castrador» (si es que se puede aplicar ese término para anular a una mujer) mientras yo hice todo lo que quise y además lo conseguí, sin deber nada a nadie.
Oh, no, no, no es rencor es justicia. Es serenidad, pues solamente cuando lo comprendes lo puedes dejar ir. Palabra de ex gorda.
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