La preceptiva pérdida de aquella virginidad

Cosas que me dejé en el tintero #05

Era verano. La gente llevaba aquellos collares fluorescentes tan de feria de atracciones de Montjuic que luego se tenian que conservar en el congelador de casa. Se paseaban todos, en busca de asiento. El aire olía a tormenta, ese revoltijo de iones entusiasmados, a sándwich de jamón y queso, a Coca-Cola, cerveza y a mucho verde. Estaba en el Grec de Montjuic e iba a presenciar Antaviana representada por Dagoll-Dagom.

Yo iba vestida de blanco, con una camiseta que me había bordado con algunos abalorios; lentejuelas y granito le llamaban. Mi acompañante, otra mujer, levantaba la nariz con aires de superioridad comportándose como si estuviera en el Liceo y llegó a incomodarme un poco, pues no entendía tanta pose en un medio popular.

Cuando ya se había iniciado la función, la tormenta se sintió obligada a participar y comenzó a llover. Se suspendió la representación y buscamos cobijo pero fue inútil ya que nos empapamos completamente. Ese fue mi primer encuentro con Dagoll-Dagom en una fresca noche de verano. No nos devolvieron el dinero, ni hubo compensación para posterior ocasión.

En aquel tiempo estaba impactada por la puesta en escena de Lindsay Kemp, de hecho fui siguiendo la estela de sus obras desde Barcelona hasta Zaragoza, donde Kemp tuvo la amabilidad de invitarme al teatro Principal en la Navidad de 1982 y darme su número de teléfono por si quería acercarme posteriormente a un ensayo o audición.

Entonces, a mí todo aquello me venía no grande pero sí lejos, no era tan atrevida como para imaginarme alternando en aquel ambiente con la soltura que adquirí en la revista, precisamente porque lo mío era bailar y no el texto… y menos cantar.

Se da la circunstancia de que estando en Madrid en 1984 con “Un reino para Tania”, parte de su compañía también vivía en los Apartamentos Tribunal como yo, aunque no coincidimos o mejor dicho, no hice nada por dejarme ver.

 

FAME. Foto en Cavas Park, Sant Sadurní. 1982

De aquellos principios ochenteros, recuerdo especialmente una salida a la discoteca Studio Ono, en el barrio gótico, con la sastra Pilar Parra, mi madre que también cosía y trabajaba con ella para “Crazy Horse” (Cugat Palace) con un grupo de bailarines totalmente desbocados a los que quería parecerme por lo menos en el desparpajo. Yo, virgen en todos los sentidos, los observaba diciéndome que su vida tenía que ser apasionante y me apetecía pasar a su bando. Entre ellos estaban Paul, Rubén E.P.D. y Graciela.

Más tarde coincidí con algunos de ellos trabajando y, naturalmente ni me recordaban ni yo tuve voluntad de ser reconocida. Había pasado por un gran cambio tanto físico como mental, digamos que mudé mi piel que se quedó al igual que mi alma, dispersa en jirones y, a la vez, resurgiendo en algunos lugares entre Sant Martí (mi barrio), la sala Canal de Valencia, el Tiffany’s de Bilbao, el Aída de Zaragoza y el Apolo de Barcelona…

Uno de aquellos bailarines con quien compartí escenario precisamente en el Arnau, después de haberlo visto muchas veces en el teatro Español y en Muntaner-4 y que estaba emparejado con una bailarina-cantante muy popular en El Paralelo, una tarde antes de la función de “Siempre contigo” me soltó; Ah… yo te conozco… si, te conozco… y ¿sabes?, has cambiado mucho pero no puedo parar de imaginarme como debes ser cuando tienes un orgasmo…

Me quedé callada, y volví al camerino. Cualquier encanto anterior, pues era guapo y atlético, se desvaneció con aquel comentario que me pareció entonces y ahora soez. Lo he visto en Facebook hace tiempo y he preferido ignorarlo. La red social no sirve para todo, ni para olvidar chabacanería innecesaria y mucho menos para hacer como que no pasó nada cuando sí pasó. Hay quien se ofende cuando no acepto “añadir”, pero es que yo no soy como Roberto Carlos y no “quiero tener un millón de amigos”. Punto y aparte: falsos. Ni aunque tratáramos hace 40 años o sean seres anónimos, no dejamos de ser absolutos desconocidos, tenemos más diferencias que puntos en común. Solamente nos falta la máscara que Oscar Wilde proponía usar para que digamos la verdad. Gente a quienes mi vida no debe importarles ni tienen porqué conocer más de lo que expongo como autora de unas memorias, pero no como particular. Algunas veces pido “ser añadida” porque me interesa un artista o una amistad común pero tampoco pasa nada si no te aceptan en el Club.

Encuentro a faltar la magia del descubrimiento del teatro como con Lindsay Kemp, esa virginidad que me hacía candidata a todo y a nada por una cuestión de azar, levemente forzada por esas ganas que siempre me han llevado a “empujar y pasar los límites sin pedir permiso”.

Ahora se me presenta otro reto personal, y no es tanto el logro final como el camino de aprendizaje y superación, por placer más que por necesidad económica. Es la única manera de no envejecer con amargura, ya que serena, sumisa y aburrida no voy a serlo nunca. Creer que tengo más que hacer y con la pasión de siempre, aunque sin la energía de aquella chica setentera que pensaba que jamás dejaría de ir a bailar a la disco. Lo hice de golpe, como quien se cansa de un juguete, en 1993 con Snap y “Rhythm is a dancer” en Pachá de La Pineda, Vila-Seca. Llevaba un vestido negro de corte skater de licra, cazadora roja, botines y lápiz de labios rojo Chanel sobre piel extremadamente pálida con una larga y bamboleante cola de caballo morena. Dije: Fin, ya no me gusta la disco.

Y no volví más.

Aún me pregunto ¿qué ha pasado?, ¿adónde se fue la vida mientras la usaba? Y cómo es posible que haya cambiado tanto. Es un concepto de prioridad y se acompaña de viabilidad, unas proporciones marcadas pero nunca predestinadas. No os llaméis a engaño, nostalgia ninguna. Falta de alicientes, puede.

Los amigos enferman, los amigos se mueren, tú misma pasas momentos de pánico, desconcierto y dudas. Mides cada esfuerzo y lo que te va a costar el camino de vuelta. De repente, un espacio/tiempo muy elástico e incluso subjetivo te da esa bofetada, (de patadas en el culo ya recibiste unas cuantas) y han pasado esos años que creímos que iban a permanecer intactos.

No, los impedimentos no nos hacen más fuertes, nos arrinconan, pero tenemos el orgullo de crecernos con las dificultades pues es lo que toca. Lo decía mi madre ante una quimio disparada directamente al hígado entrando por una gran vaso sanguíneo desde la ingle: «es lo que toca». No era resignación, era comprensión, era quitarse importancia para no preocuparnos y fue así hasta el ultimo aliento de su existencia. Si ella supiera lo presente que está cada día, creo que no se habría ido. En el gen nos viene el desafío y la persistencia, cada cual a su manera.

Por eso acaricio la idea de los viajeros del tiempo, por saber lo que no va a concederme con este cuerpo y esta mente. Bueno, y por dar su justo valor a un mundo analógico puede que caduco pero añorado de cosas simples. Desconfío plenamente de que los grandes avances tecnológicos nos hagan mejores personas, de la cantinela de que todo sea por nuestro bien y de que nos solucionen lo que siempre nos ha importado individual y colectivamente; la propia cuestión humana.

Lo de «fuerza de causa mayor» ya no convence mucho. Solamente una vez en la vida he cobrado por no actuar, se puso a llover, en 1995 en las fiestas de una ciudad del extrarradio de Barcelona. Volviendo a Antaviana y a Pere Calders… ¿qué cuento nos contaría ahora? y Dagoll-Dagom tanto como el Grec, ¿nos devolverían el dinero si la lluvia obligase a suspender la función? a tiempo están de invitarme, aunque sea para quedar bien.

La virginidad la perdí físicamente una noche lluviosa y nada romántica en la calle del Rosal con un hombre veinte años mayor que yo. Y tanto que era preceptiva perderla.


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Publicado por Carolina Figueras Pijuán

Directora artística. Coreógrafa & Creadora. Educadora. Experta senior. Autora del libro 'Memorias de una corista'.

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