Emilio Laguna 40 años después.

Posiblemente, esta sea una de las entradas de blog más emocionales que pueda escribir. He estado más de dos años llamando a la puerta de AISGE para conseguir encontrar al grandísimo actor Emilio Laguna.  AISGE, tiene una barrera de seguridad que no supera ni el CSID y si me pongo en plan peliculera ni la “Casa Blanca” la del gobierno de EEUU, no la de las “señoritas de moral distraída”, de Barcelona.  

No hubo manera, “su política” de privacidad les impide hacer de intermediarios. Ya ves tú, para enviarle mi libro donde hablo bien de él a sus espaldas y para que quede constancia en las bibliotecas que me importan… ya sabéis mi lema; “quienes y no cuantos” o la elección que prevalece: “importante, popular o viral”, todo no puede ser.

También llamé a la puerta de las radios locales y algunos ayuntamientos de la provincia de Valladolid. Incluso una amiga cantante, hizo un par de llamadas a residencias creyendo, como yo, que podría estar en una. Al final, ha sido gracias a dos grupos de teatro en Facebook, y a pesar de obtener un teléfono de Madrid (ya inexistente) donde un compañero artista a quien no conocía personalmente me puso en la pista correcta. Tal pista, me llevó a otro actor y desde allí todo fue rodado.

Emilio ha recibido mi libro. Le ha hecho feliz. Y a mí.

Cometí la torpeza de anotar mal mi número de teléfono y su cuidadora (un encanto) no me localizaba pero aún así, esta semana me llegó vía Messenger un mensaje que ha desencadenado un torrente de emociones que se alargan más que Duracell, tanto es así que prácticamente me estoy alimentando de ellas como del aire que respiro para dar gracias a la vida  pues hace 40 años conocí a Emilio Laguna, al único actor que humana y artísticamente (sin comparar a los demás compañeros tan estupendos, válidos y maravillosos) dejó en mi ese sentimiento de cariño y gratitud; camerino vecino a camerino, una mirada entrando en la otra mirada, sin dejar misterios del alma.

Me dejó esa memoria intacta que hoy, otra vez le rinde homenaje. Huella no, huella dejan los neumáticos, las patitas de los animalitos, las pisadas sobre el suelo fregado y los criminales.

Hace tiempo que no me permitía ese baño de emociones que me recuerdan que estoy viva y no es por represión, es porque no pasaba nada. Casi nunca pasa nada si no lo provoco yo, sobre todo en la profesión y un poco también en las relaciones personales o sentimentales. Y mira que soy accesible.

Como no quiero pecar de fantástica y no me llamo Antoñita, pongo el ejemplo de esos WhatsApp tan míos que algunas veces no reciben ni respuesta de cortesía: “espero que estés bien, ya me dirás”. Carita, corazón y besito (emoticonos). Esto, lo de interesarme por personas que aprecio, también lo iré dejando, como a Barcelona, como al teatro musical… como a los amigos difuntos con todo el dolor que imprimen sin querer… pero la memoria seguirá independiente y mientras pueda dejaré constancia no por mí, por todas esas sensaciones, seres humanos y personajes, que han colmado mi existencia.

No soporto las suposiciones y mucho menos la especulación, conducen ambas a engaño y a muy malas interpretaciones que a menudo desembocan en líos absurdos. No estamos para bolas de cristal, queremos todo claro, cierto y ya. Vivimos en la inmediatez, y qué cosas: un presidente de un país puede comunicarse por un tuit, pero ¡cómo ha costado poder comunicar con un ser querido y nunca olvidado, llamado Emilio Laguna!

Y para tozuda yo.

Decía la gran divulgadora de verdades históricas Nieves Concostrina en “La Ventana” de la SER, que hay “espermatozoides y espermatozudos”, pues serán esos últimos los que nos han traído hasta aquí. Anda que a algunos nos ha faltado tiempo y ganas para desmontar toda clase de teorías sobre el destino y adherirnos a aquello que dijo Julio Cortázar, «Tenemos que obligar a la realidad a que responda a nuestros sueños, hay que seguir soñando hasta abolir la falsa frontera entre lo ilusorio y lo tangible, hasta realizarnos y descubrirnos que el paraíso estaba ahí, a la vuelta de todas las esquinas».

Ayer, finalmente, y puesto que no soy nada (pero nada) de video llamadas, pude hablar durante un minuto y medio con Emilio Laguna. Da igual que hayan pasado esos 40 años desde que nos conociéramos con “Una reina peligrosa”, Antología de la Revista y con la película “Las alegres chicas de Colsada”, todo realizado en el viejo Apolo de Barcelona. Ya sabéis, el actual Apolo ya no es mi teatro, se cimenta sobre los restos de una época gloriosa llena de luces y sombras, donde muchos artistas tuvimos un pasado, presente y futuro dignos, a pesar de todo.

Da igual el tiempo transcurrido desde aquellos viajes en autocar cruzando el país, trabajando en aquellos teatros con urinarios nauseabundos, tres pisos de escaleras de madera carcomidas y un público llano completando exitosamente la platea. Da igual la pedrería fría sobre el pecho. La malla de rejilla escondida dentro del biquini de forma metódica y profesional bajo amenaza de multa. Las cortinas y telones polvorientos rozando la piel. No siento nostalgia, miro atrás para escribir y retratar esas escenas como Anais Nin, “saboreando la vida dos veces, en el momento y en retrospectiva».

He vivido, y Emilio, como he querido a sabiendas que los momentos duros eran el peaje obligatorio para llegar a disfrutar merecidamente de los buenos. No hay historia sin conflicto.

Mientras hablaba con él y nos decíamos un sencillo “te quiero”, los dos con nuestros cabellos blancos y nuestras mentes bien puestas y certeras, todo se puso en su lugar otra vez, al igual que los copos de nieve, las gotas de lluvia y la hojarasca de los árboles que no caen en el lugar equivocado, como en el relato real y vívido totalmente actual de mi libro.

Emilio “encasillado, demasiado, como mariquita en la escena”, un grandísimo actor, era y es un hombre que se ha vestido por los pies, persona cabal que hizo de la interpretación el salvavidas propio. Si de una cosa estoy segura es de que a ese salvavidas, ese “motto” existencial tan íntimo y auténtico, se agarran unos cuantos por el camino mientras la corriente sea contraria, les fallen las fuerzas o hasta que aprenden a nadar y luchar por lo que quieren. Recuerdo perfectamente sus buenas piernas en mallas negras con botas, esas dos columnas que sostenían una presencia rotunda como pocas he conocido sobre un escenario en toda la vida y expresamente en la corte de “Sobonia”, del imperio de Matías. Luis Cuenca (autor del guion) mandaba en la empresa, pero Emilio, con gesto y voz, jugaba con una ventaja sin igual llegando a adueñarse de las situaciones. Eran «bellezas distintas», pero Emilio fue y seguirá siendo «mi actor de cabecera» único modelo de todo lo que el género y más allá de él, representa.

Recuerdo cada risa regalada fuera de escena. Cada frase. Cada vivencia, agradable e imprescindible para sobrevivir en la Revista.

A título personal, lo que no cuento en el libro, es que un día se me ocurrió decir que tenía dos peces en una pecera en mi apartamento de Gran Vía, y Emilio me lanzó una orden que no consejo: “los peces en casa dan mala suerte, deshazte de ellos”. Superstición o no, no dudé en obedecerlo, hoy me rio, si lo decía Emilio sería por algo. Pobrecitos peces.

Nunca he manejado una olla a presión en la cocina, y es por aquella ocasión en que Emilio tuvo un accidente con una de esas máquinas diabólicas estando en el Apolo.  Puede parecer exagerado pero me impresionó mucho ese disgusto suyo, creo que fue la única vez que lo vi serio. Y seguramente, lo estaría más veces, aguantando la compostura que nunca le vi perder y teniendo que negociar sus condiciones de trabajo.

Inmersa en la vorágine de la gira, cuando el microclima se desvirtúa y el ego se suelta la faja,  cuando haces nuevas “enemigas” pero descubres que sí hay compañeras que valen la pena, Emilio, un día malo y farragoso, me recordó tajantemente pero con elegancia, la que siempre tuvo, que “yo era una señora”. Tenía solamente 23 años y no era una señora, era la hija de un marinero y una modista que solamente sabía de la vida humilde basada en la honestidad. El teatro se nutre también de frivolidad, me costó mucho aprenderla. Después de un inicio en el “maravilloso mundo del ballet de barrio” plagado de manías, ninguneo, injusticias y envidias, me resistía a amargarme y a pelearme por una posición en el saludo final, por un traje con más brillos o para andar mosqueada todo el día levantando las trampas de traiciones pueriles y manoseos silenciados expresamente por la cúpula de la empresa Colsada.

Hago un streap-tease publicando estas fotografías, perdidos como estábamos por esos pueblos de España, recién bajados del autocar, haciendo tiempo para poder entrar en el hostal (visto uno vistos todos) pasadas las 12 del mediodía. Emilio con tanto énfasis que traspasa las fotos me argumentaba cualquier cosa de la que se pueda hablar con coherencia, después de toda una noche de viaje mal durmiendo y yo lo escuchaba embelesada. Atención a las sandalias de playa con calcetines; que los taconazos de 9 centímetros no perdonan y el descanso cómodo se impone, tanto si miran como si no. Total, el anorak blanco (en agosto) y las sandalias eran mi “pijama de viaje” para tantas noches y días con el cuerpo encajonado en el asiento, mirando la carretera y el cielo, sin una sola luz sospechosa de procedencia de otros mundos… Si ya sabemos que esos, los misteriosos, están en este.  

Emilio Laguna y Carolina Figueras 1984 gira Colsada.
Emilio Laguna y Carolina Figueras 1984 gira Colsada.

Me escribiste en un autógrafo: “La vida es corta pero ancha, te deseo suerte”.

La suerte la trabajé cada día dándole todo a esta profesión que tu bien sabes es un amante, tirano, caprichoso y nunca del todo satisfecho. Y ayer me lo volviste a decir en otro segundo mensaje escrito que guardaré como tesoro, lo que tú eres; Un tesoro nacional.

Autógrafo dedicado de Emilio Laguna 1983

Fuiste el primer maestro en la vida del teatro que tuve y el primer actor que adoré, desde las 5 de la tarde hasta la 1 de la noche en dos funciones diarias. Eso es mucho viniendo de mí, que entonces no era tan extrovertida pero sí decidida y activa. Además el engatuse y el deslumbre nunca me han hecho efecto, sé lo que admiro y lo que amo al igual que conozco los motivos de aquello que critico. Esta declaración es tanto o más importante que el reconocimiento del primer amor, ese perdido o dolido que cura y encallece el corazón para seguir confiando y amando.

Somos unos privilegiados y como Emilio bien dice, citando a Jardiel Poncela: “la sexta raza”.

Gracias a I. Peña;  J.A. Montijano;  L. Claver; P. Rueda; N. Esquius; E. Infante y L. Martín, por las ganas de ayudar y a los dos artistas C.B. y J.C.N., que han hecho posible el encuentro.

Y a Patricia, la cuidadora de Emilio, mensajera impagable para este encuentro que explica una razón más de plenitud, confianza y amor en la vida.

Clic en este enlace de texto al: Programa de radio «LA GATERA» con Raquel Bazo y Javier Llanos, en Canal Extremadura, realizado en Julio de 2021, donde hablo de Emilio Laguna, la estructura de la obra en la Revista y la gira por España.

Enlace a otra entrada de este blog, fragmento original en mi libro: El gran Emilio Laguna.

Por cierto, cuando AISGE me respondió la última vez, con la misma frialdad y educación de antes, que no tenía acceso por su entidad, les respondí esto: “tantas personas buscando a sus seres queridos fallecidos en cunetas y yo que busco a un amigo vivo no consigo ayuda”. Injusto y absurdo.

Las normas y los protocolos están hechos para saltárselos, por lo menos por bien de una persona tan extraordinaria como Emilio. Soy transgresora y contestataria… pero me queda ese lado conservador de la sabiduría popular de “no más peces en casa”… “no silbar en el teatro”, “no hablar entre cajas” y no salir a escena con agujeros en las mallas”… eso parece que también se ha perdido.

Puesto que AISGE me ha obligado a superarme con el trabajo infatigable de mis “espermatozudos”, en la búsqueda en el laberinto social de los “atajos” para conseguir lo que quiero (y amo) sin hacer daño, os dejo abajo dos enlaces imperdibles, que le han dedicado. Buenos trabajos que garantizan su conocimiento, hay que reconocerlo.

Lo dicho; Emilio es un tesoro nacional.

ENTREVISTA en texto y estupendas fotografías de AISGE, «clic en la foto».

DOCUMENTAL en vídeo de AISGE.


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Publicado por Carolina Figueras Pijuán

Directora artística. Coreógrafa & Creadora. Educadora. Experta senior. Autora del libro 'Memorias de una corista'.

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