Fragmento del capítulo 05 Revisitando Colsada.
La alegre y merecida mención al gran actor Emilio Laguna.
Entre bastidores, gozábamos lo increíble con los duelos dialécticos. A las morcillas habituales de Cuenca, se sumaba el talento innato del gran Emilio. Minutos hilarantes. Irrepetibles. Ninguno de los dos cedía ante el ingenio del otro. Luis se las sabía todas. Emilio recogía y se llevaba el momento sobresaliente de Luis, a su terreno, con una maestría sin igual. Tenía unos brotes interpretativos y cómicos espectaculares, también en su camerino y en el autocar. Asistí a esas actuaciones espontáneas, su forma de fascinar, disfrutando muchísimo. En un alarde de gesto y picardía impresionante, sabiéndose adorado por sus compañeros, Emilio imitaba la actitud de las originales chicas alegres de la España franquista.
Se decía que, independientemente, de su talento artístico, tiples, vicetiples, modelos y soubrettes, entre tantas acepciones, algunas fueron captadas por Colsada por su belleza y lozanía. Algo así como “¿Tú bailas? ¿Tienes buenas piernas? ¿Quieres ser artista? ¿Sabes cantar?”. Mujeres hábiles, que no tenían reparo en seducir a los hombres, haciendo carantoñas e insinuaciones visibles durante el número que estaban interpretando de pueblo en pueblo. Aquella estrategia suponía buena alimentación y algún regalo valioso para lucir o empeñar en días de escasez, capaces de tirarse de los cabellos y romperse los trajes, si una osaba cruzar la línea de los pretendientes de otra. Para todas las féminas del reparto, no sólo las chicas alegres, era ineludible lucir impecables y seductoras cuando llegaban a “la plaza”, maquilladas y con su mejor vestido, haciendo de reclamo para crear expectación y con el revuelo atraer el interés de los lugareños, una forma más de vender entradas.
Nosotros, nos bajábamos del autocar, con la cara de sueño, despeinados, sin saber dónde estábamos, totalmente indiferentes a quién nos miraba. Destrozados y con las maletas por colocar, lo importante era conseguir un poco de descanso y una ducha en el hotel. Si llegábamos antes de las doce, nos quedábamos desparramados en la recepción. Algunos quejándose, unos apurando uno de tantos cafés y almuerzos en bares cercanos, otros dando la nota, haciendo demostraciones de pied a la main, y otros estiramientos en los sillones. No era precisamente una promoción para la ganancia en la taquilla, eso ya se había perdido. Colsada, siempre que quería, daba la orden de no viajar por la autopista. A veces llegábamos a la siguiente ciudad con el tiempo justo de dejar las maletas en el hotel y empezar la primera función. En más de una ocasión, en esa temporada y posteriores, nos amotinamos haciendo una colecta entre algunos actores y bailarines para pagar el peaje, conminando al conductor a coger el dinero, cambiar la ruta y darnos un respiro de cuatro o cinco horas de descanso. Por muy bohemio o profesional que fueras, tenías un límite.

Emilio Laguna fue el catalizador, el gran agitador, la alegría de aquella trouppe. También estaría agotado de su pasión escénica y, sin embargo, derrochaba vitalidad. Cuando nos tocaban aquellos tramos de carreteras nacionales y algún que otro vericueto comarcal, Emilio se transfiguraba en cicerone, azafata de vuelo y personaje disparatado en sus interpretaciones de juglar on the road. Micro en mano, nos relataba las peculiaridades de cada lugar, como al pasar zumbando por Trapa, sus chocolates y la historia de los monjes trapenses. Los primeros asientos eran el palco para actores y bailarines españoles; los extranjeros, en el fondo, durmiendo o evadiéndose con el walkman, ajenos al gracejo sin par de aquella enciclopedia viviente y a nuestro rico paisaje. Luego dirían que conocieron España, sí, del hotel al teatro, como yo la primera vez. No sabían poner el dedo en el mapa, fuera de Madrid, Toledo y El Valle de los Caídos, excursiones culturales obligadas.
Aquel extraordinario ser humano hacía llevadero el incierto y azaroso camino de cómicos, coristas, empresarios, técnicos, vedettes, titiriteros y feriantes, kilómetro a kilómetro, día a día, seguramente, bajo alguna protección divina a la que no dedicamos un altar. Emilio, el cómico, generoso en su segundo puesto, siendo un legítimo primero, por tablas y talento, brillaba fuera de categorías y posiciones en el reparto. Hombre-espectáculo por antonomasia, con cultura, filosofía y porte, con mucha clase, de señor licenciado en Derecho. Guardo fotos en camerinos y en medio de plazas de pueblo, tras doce horas de viaje, sin una queja, que sólo yo comprendo. Para mí, el mejor. Para el teatro y el cine de España, un lujo como persona y artista.
Enlace a otra entrada de este blog: EMILIO LAGUNA, 40 AÑOS DESPUÉS.
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